
Lo más excitante que había programado en la Casa Blanca el 11 de septiembre de 2001 —un día “soleado, agradable”, ponía en la portada de The Washington Post— era una barbacoa con congresistas republicanos. Con el jefe, el presidente George W. Bush, de viaje en Florida para participar en un acto sobre educación infantil, el ambiente era relajado entre el personal. Tanto, que el escritor de discursos Pete Wehner pensó “conscientemente” a eso de las 7.30 que empezaba “una de las jornadas más aburridas” de una presidencia que había echado a andar ocho meses antes.
A las 8.46, el guion cambió dramáticamente cuando un avión de pasajeros con cinco secuestradores a bordo se estrelló contra una de las Torres Gemelas. 17 minutos después, otro impactó en la segunda. Para entonces, Estados Unidos ya había descubierto su vulnerabilidad y el mundo cambiado para siempre. El “siglo americano” dio paso aquel día, “la jornada más oscura”, a un tiempo nuevo, de contornos aún impredecibles 25 años después.
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Un proyecto de historia oral del Centro Miller de la Universidad de Virginia en Charlottesville permite asomarse a través de 80 entrevistas con miembros de aquella Administración (la de Bush 43, por diferenciarla de la de George Bush padre, Bush 41) a lo que sucedió en la Casa Blanca y en otros escenarios clave durante esas horas. Se trata de un archivo de miles de páginas (alojadas en la web del centro), que el historiador presidencial Russell Riley, un caballero de exquisitos modales sureños, empezó en 2009 y que ha condensado en las 600 páginas del libro Inside the George W. Bush White House (dentro de la Casa Blanca de George W. Bush, sin traducción al español), recién publicado por Oxford University Press.
El resultado es valioso, apunta el historiador en el prólogo, porque se cifra en “siglos, más que en décadas” el tiempo que pasará hasta que los Archivos Nacionales procesen la información de esa presidencia. También, porque la Administración de Bush supo blindarse especialmente a las filtraciones.
La parte del 11-S suma unas 30 páginas solo sobre ese día; un centenar si se cuentan los antecedentes y lo que vino después, una guerra contra el terrorismo aún en marcha, con Guantánamo como el gran símbolo de una herida abierta. Su lectura ofrece una ventana al estupor y el desconcierto con los que Bush y los suyos recibieron las terribles noticias. Además de los dos aviones de las Torres Gemelas, los secuestradores de Al Qaeda estrellaron otro contra el Pentágono y una cuarta aeronave acabó estampada contra un campo cualquiera de Pensilvania después de que los pasajeros abortaran una misión suicida que iba directa contra el Capitolio o quién sabe si la Casa Blanca. Después, también, de que el vicepresidente, Dick Cheney, diera “con mucha calma”, recuerda en el libro el portavoz Ari Fleischer, la orden de “derribar con lo que hiciera falta” el vuelo de United Airlines.
En total, 2.977 personas murieron en los atentados.
El relato también se detiene en la improvisación con la que los líderes de la primera potencia mundial actuaron el 11-S. Llama especialmente la atención el estado del “búnker” al que trasladaron a Cheney y a la entonces Consejera de Seguridad Nacional, Condoleezza Rice, a la que los entrevistados se refieren con cierto desdén como Condi. “El lugar era tan anticuado y rudimentario que había preocupación sobre la falta de oxígeno allí abajo si había demasiada gente. Pedimos que se marcharan algunas personas cuya presencia no era esencial para la operación”, cuenta Josh Bolten, que acabaría siendo jefe de Gabinete. Mientras, añade, “unas cuantas almas valientes se quedaron en la desprotegida Sala de Crisis” del complejo, la famosa Situation Room. Esas personas mantuvieron “las comunicaciones abiertas”.
El presidente pasó las primeras horas a bordo del Air Force One (AF1), que solo tenía combustible para llegar a Washington, y tuvo que parar a repostar en Luisiana en su camino hacia una base militar en Nebraska, que a Fleischer le pareció “sacada de la película Juegos de Guerra”. “Nunca lo olvidaré. Al llegar, aparcamos junto al avión del Juicio Final [Doomsday Plane]” del presidente, recuerda el portavoz en referencia a una aeronave del Ejército diseñada para la eventualidad de una emergencia tan grave como un ataque nuclear.
Lo primero que hizo Bush al abordar el AF1 en Florida fue preguntar: “¿Están mi mujer y mis hijas a salvo?”. (La primera dama, Laura Bush, estaba ese día en el Capitolio, y fue trasladada al búnker). Después, cuando aún estaba vivo el rumor de que el avión presidencial era el siguiente objetivo y “las comunicaciones con el exterior eran pésimas y se cortaban a cada rato”, le dijo a Rumsfeld, con ese talento genuinamente americano de hablar como en las películas: “Estamos en guerra, chicos, nos pagan por esto”. Tras los ataques, tanto el búnker como el avión presidencial fueron sometidos a importantes mejoras tecnológicas.
“Bush no iba a ser un mandatario volcado en la política exterior. Llegó con tres o cuatro prioridades y todas eran domésticas. De la noche a la mañana, su agenda cambió”, explicó la semana pasada Riley a EL PAÍS en su despacho del Centro Miller que, con sede en una elegante misión virginiana, se dedica a documentar la presidencia desde mediados de los setenta, cuando se fundó para “restaurar la confianza en la institución tras el Watergate”. Han completado historias orales sobre Jimmy Carter, Ronald Reagan, Bush padre y Bill Clinton. Hay un proyecto más modesto en marcha sobre Barack Obama y planes de ocuparse de Joe Biden. El de Donald Trump está parado, porque una de las reglas del programa es que solo se arranca una vez el sujeto de estudio ha abandonado el cargo.
Otras normas obedecen al código deontológico que rige en el género periodístico de la historia oral. Las charlas suelen durar un día entero (o más), y en el Miller se llevan a cabo con la ayuda de otros expertos y la condición de que los que accedan a participar puedan revisar sus respuestas y eliminar cualquier arrepentimiento, lo que da al resultado un inevitable aroma de versión oficial. Es por ese motivo que la conversación mantenida con el vicepresidente Dick Cheney aún no ha visto la luz: el político murió murió en 2025, pero la familia aún está peinando el material, cuenta Riley. En el caso de Bush 43, este dio permiso a sus colaboradores, pero él no quiso ser parte.
Uno de los aspectos más interesantes del libro es la luz que arroja sobre la relación “difícil” entre Rumsfeld (1932-2021) y el entonces secretario de Estado, Colin Powell (1937-2021), que no se ahorran las críticas cruzadas. Y si en algo están de acuerdo ambos, y otros, es en echar a Rice (“era más joven e inexperta”, advierte Riley) la culpa de la falta de previsión que permitió el ataque del 11-S.
El general Michael Hayden, director de la Agencia de Seguridad Nacional, habla en su entrevista de cómo el director de la CIA, George Tenet, “andaba por ahí en el verano de 2001 diciendo: ‘Oigan, que vienen [los terroristas de Al Qaeda]”, para luego matizar que no se refería necesariamente a “aquí”. “La amenaza prevista era contra Estados Unidos, los estadounidenses o los intereses estadounidenses en el extranjero”, agrega Hayden.
“No creo que Condi tuviera ninguna reunión sobre [Al Qaeda]. Tuvimos reuniones sobre todo lo imaginable, excepto sobre eso”, según Rumsfeld. En realidad sí hubo “una sesión informativa centrada completamente en Al Qaeda”, cuenta Stephen Hadley, viceconsejero de Seguridad Nacional, y un tristemente famoso “informe diario presidencial” del 6 de agosto en el que se mencionó que Al Qaeda estaba “lista para atacar”.
John Berlinger, asesor jurídico, recuerda, por su parte, que aquel verano “se llegó a la conclusión de que no se podía diseñar una política” respecto al grupo terrorista “sin haber decidido antes una política para Afganistán. Que no podíamos decidir una política para Afganistán sin haber decidido una política para Pakistán. Y que no podíamos decidir una política para Pakistán sin haber decidido una política para la relación entre India y Pakistán”. Para el general George Casey, jefe del Estado Mayor del Ejército, el desaguisado resultante, tal vez el mayor fallo de inteligencia de la historia de Estados Unidos, “no fue tanto” eso “como una flagrante falta de imaginación”. “Simplemente, no pensamos que unos tipos salieran de sus cuevas y fueran capaces de infligir semejante daño”.
“Querían que matáramos a alguien”
Tras los ataques, hubo una célebre reunión en Camp David, que Rice recuerda así en su entrevista: “Desplegamos aquel mapa de Afganistán y a todos se no descompuso el rostro. ¿Por qué íbamos a ir a Afganistán? Es el lugar al que van a morir las grandes potencias”.
Pero fueron. “Trescientas millones de personas [por la población de Estados Unidos entonces] querían que matáramos a alguien”, dice con sangre fría Peter Pace, otro general.
La historia oral recoge además una conversación entre Rumsfeld y el general Richard Myers, del Estado Mayor Conjunto, en la que este le recuerda a aquel cómo describió las opciones militares posibles: “Bombardear, bombardear más y luego desplegar a unos pocos efectivos sobre el terreno para volar algo por los aires”. A lo que Rumsfeld le contestó: “El presidente nos lo dejó claro. No nos vamos a limitar a bombardear un pedazo de arena. (…) No haríamos lo que hizo Clinton: lanzar un par de misiles de crucero contra el desierto y volver a casa y procesar a Osama bin Laden en rebeldía”.
Ese camino que tomó la Administración de Bush excedió los contornos de sus dos mandatos. Fue su sucesor, Obama, el que logró asesinar a Bin Laden, y Biden, el presidente que puso fin en 2021 a veinte años de guerra en Afganistán con una caótica salida de las tropas, seis años y ocho meses después de que Obama mintiera al declarar a finales de 2014: “Nuestra misión de combate en Afganistán está terminando, y la guerra más larga de la historia estadounidense se acerca a un final responsable”.
El 11-S también marca el momento, según el historiador, en el que Bush “toma las riendas” de su Casa Blanca. “La gente suele decir: ‘Oh, Cheney era el presidente’. Y puede que al principio tuviera cierta ventaja por su veteranía [ya formó parte de la Administración de Richard Nixon], pero esa no es la impresión que da al hablar con sus colaboradores. Y todo cambia con el ataque a las Torres Gemelas”, advierte Riley, que añade que su visión sobre Bush cambió con este proyecto.
Como parte de una reevaluación de un legado ciertamente polémico a la luz de lo que vino después (Trump, sobre el que Bush mantiene un obstinado silencio), el libro del historiador fue recibido el fin de semana pasado por The Wall Street Journal con una reseña entusiasta, porque ofrece “una perspectiva insólita sobre una de las Administraciones más incomprendidas de la historia reciente”.
Entre lo que no se sabía de un día que fue desmenuzado por la Comisión del 11-S del Congreso, destacan relatos como el de Dan Bartlett, asesor presidencial, que recuerda a una empleada que “fue la única que perdió el control a bordo del AF1″. “Tuvimos que mantenerla alejada del presidente”, dice en su entrevista. Unas páginas después, Bartlett cuenta que un médico distribuyó en el avión botes de pastillas, dado que no sabían lo que les esperaba en la Casa Blanca y ante la posibilidad de un ataque con un “componente químico o biológico”. El asesor estaba concentrado en escribir el discurso que daría después Bush −en el que dijo: “los ataques terroristas pueden sacudir los cimientos de nuestros edificios más grandes, pero no pueden los de Estados Unidos”− y se tomó sin querer el bote entero “como un imbécil”. Pensó : “Me acabo de matar a bordo del AF1”. Pero no se lo dijo a nadie.
Los asesores de Bush describen un ambiente de psicosis en la Casa Blanca en las semanas siguientes al ataque, en las que se sucedieron una campaña de envío de cartas con ántrax y un francotirador en el área de Washington. Eric Edelman, asesor adjunto de seguridad nacional del vicepresidente recuerda “un periodo, entre octubre y noviembre de 2001”, en el que le “aterraba ir a trabajar”. “Sabíamos que a Al Qaeda le gustaba volver a atacar objetivos anteriores. (…) Cabía la posibilidad de que volvieran a intentarlo”, dice, antes de advertir que “con la perspectiva”, “resulta muy fácil decir que todo aquello fue una reacción exagerada y quizá fue contraproducente que nos inundaran con informes de amenazas”.
Torturas y acoso
“Todo aquello” es la base de Guantánamo, la guerra en Afganistán, la invasión de Irak, las torturas, el acoso a las comunidades musulmanas de Estados Unidos, la fundación del Departamento de Seguridad Nacional que ahora Trump emplea para aterrorizar a los inmigrantes, las detenciones ilegales o los incontables errores judiciales. No abundan los mea culpa en la historia oral de la presidencia de Bush, y sí justificaciones como las del entonces primer ministro británico Tony Blair. “Lo más importante que hay que entender sobre el presidente Bush”, declara Blair en su entrevista, “es que estaba decidido a que esto no volviera a ocurrir jamás. Esa era su premisa fundamental: no debía suceder de nuevo”.
“Si hubiéramos contado con una buena base de datos y sabido exactamente en qué consistía Al Qaeda, cuáles eran sus capacidades y cosas por el estilo, algunas de estas medidas [posteriores al 11-S] no habrían sido necesarias”, se excusa en el libro Robert Gates, que acabaría siendo secretario de Defensa.
Riley, el historiador, cree que “la mayoría de la gente dentro de la Administración sentía que Afganistán era, en palabras de Richard Haass, una guerra necesaria. Que ningún presidente podría haber sido fiel a su juramento de preservar, proteger y defender la Constitución sin ir tras Bin Laden”. Caso distinto es, añade, la invasión de Irak, que protagoniza una de las partes más interesantes del libro y termina con la decisión de aumentar en 2006 las tropas sobre el terreno.
Para entonces, aquel presidente timorato en asuntos exteriores del principio del relato ya había mutado, dice Riley, en alguien “consciente del peso de la historia”, que toma decisiones “desoyendo todas las recomendaciones de sus asesores militares”.
De la lectura de los testimonios de sus aliados queda la impresión de que si aquel 11 de septiembre “soleado, agradable” en el que lo más excitante que estaba planeado era una barbacoa fue el momento en el que realmente empezaron los ocho años de su presidencia, esta quedó herida de muerte a partir de 2006.
Dos años después, Riley se sentó por primer vez con el influyente subjefe de Gabinete, Karl Rove, y con Mark Langdale, presidente de la Fundación George W. Bush, para convencerlos de la conveniencia de iniciar su proyecto de entrevistas, que ahora sirve para iluminar el “día más oscuro” de la historia reciente de Estados Unidos.
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