
Carlos García (43 años) acaba de regresar a Mérida, la ciudad andina que gobernó durante cuatro años la década pasada tras ganar las elecciones municipales como candidato de la Mesa de la Unidad Democrática. Dirigente entonces de la centrista Primero Justicia (PJ) y sexto alcalde más votado del país, se vio obligado a huir de Venezuela en 2017, perseguido por el chavismo, que le condenó a 15 meses de cárcel por negarse a reprimir las protestas antigubernamentales.
Tras cuatro años en Colombia, García, alcalde de gestión intachable, continuó su exilio junto a su familia en EEUU. En enero celebró con alborozo, como tantos millones de compatriotas, la captura de Nicolás Maduro, pero 20 días después era él el encarcelado, pese a estar inmerso en un proceso de asilo.
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¿Cómo le ha recibido Mérida a su regreso?
Me he reencontrado con mi familia y con muchos amigos, mucha gente que valora la lucha política y social que he mantenido a pesar de los años que estuve en el exilio. Nunca dejé de trabajar, mantuve una agenda activa de apoyo a la Universidad de Los Andes, por sus profesores, por los centros de salud. En EEUU logré crear una red solidaria para mi ciudad con programas de apoyo social. Esa es mi vocación.
Pese a ser un dirigente popular y protagonizar un caso mediático, usted acabó en una mazmorra de Trump. ¿Qué sucedió?
El 23 de enero me presenté en Ohio a las oficinas de Migración para una cita que tenía por mi proceso de asilo político y ahí me detuvieron. Yo tenía mis papeles, mi seguro social, mi permiso de trabajo vigente, mi licencia de conducir y estaba al día con mis impuestos. Muchas personas en la misma condición han sido detenidas, te obligan a llevar desde la cárcel el proceso de defensa.
Su propia familia denunció las condiciones pésimas de su encarcelamiento.
Fue terrible, las condiciones eran deplorables. Una situación traumática. La cárcel de Hamilton es un recinto federal de máxima seguridad que el estado de Ohio le renta a la Administración Trump, con una parte destinada para migrantes y la otra para delincuentes sentenciados, con las mismas reglas para ambos, muy rigurosas.
Uno pasa solamente tres horas libre para poder caminar. Las otras 21 horas transcurren en una celda pequeñita de 3×2, sin acceso al sol, sin aire libre. El trato es denigrante. Te ponen el uniforme y te mezclan en los mismos pabellones con delincuentes que están en proceso con delitos graves como robo o tráfico de drogas. Yo justamente huí de Venezuela para evitar llegar a una cárcel del régimen, pero terminé en una cárcel en EEUU.
Quién se lo iba a decir a usted, que incluso fue invitado hace años a EEUU para participar en un programa gubernamental.
Tuve una invitación del Departamento de Estado para un programa de líderes de América Latina, junto a David Smolansky (también alcalde, huyó de Venezuela en parecidas circunstancias para no ser encarcelado y en la actualidad es uno de los portavoces de María Corina Machado). Es un programa que busca que líderes del futuro tengan una relación amigable con EEUU.
El 3 de enero capturaron a Maduro y días después, era usted el encarcelado.
Exactamente, así es. Eso pensaba en mi celda, en las ironías de la vida: 20 días antes estaba feliz celebrando que habían capturado a Maduro y casi tres semanas después estaba yo también en una posición similar, preso, uniformado y sin ningún tipo de información del avance del tema político de Venezuela.
Su pulso con la Administración Trump duró ocho meses, hasta que decidió regresar finalmente a su país.
Sí, estuve primero cuatro meses peleando mi asilo y peleando mi libertad en EEUU, pero las condiciones eran tan deplorables, tan difíciles, que preferí que me deportaran. Me había enfermado hasta tal punto que perdí 22 kilos en esos meses, me hospitalizaron dos veces.
La orden de deportación fue para Ecuador, por lo que se retrasó aún más el proceso, ya que Ecuador no me aceptaba. Fui a otra audiencia judicial para solicitar que me deportaran a mi país para que fuera más rápido. Tenía un compañero de Nicaragua con una situación similar a la mía y llevaba un año y tres meses en espera, por lo que decidí asumir el riesgo. Evidentemente había un riesgo con mi regreso a Venezuela, ya que la orden de mi captura estaba vigente.
Usted aterrizó en Venezuela el último día de septiembre sin saber cuál sería el trato del Gobierno de Delcy Rodríguez. ¿Qué ocurrió exactamente?
Los deportados fuimos recibidos por funcionarios del SEBIN (policía política), DGCIM (Contrainteligencia Militar), CICPC (policía judicial) y de la Guardia Nacional. Nos revisaron en el sistema uno a uno y vi cómo se llevaban detenido a un militar que había desertado.
A mí me dejaron esperando un par de horas consultando, presumo, qué decisión tomar. Me interrogaron, incluso me preguntaron qué venía a hacer en Venezuela. Y al final me soltaron.
¿De quién cree que fue la decisión final?
Entiendo que son lineamientos para permitir el regreso de líderes políticos. Hace unas semanas, Gustavo Marcano, alcalde que estaba en una condición exactamente igual a la mía, regresó en un vuelo comercial y no tuvo inconvenientes.
¿Y qué Venezuela se ha encontrado?
Comprobé de nuevo el contraste que siempre ha existido entre Caracas y el interior del país. En la capital no hay apagones, solo bajones de luz, pero ya en Valencia hay apagones prácticamente de cuatro horas en dos bloques. Y esa misma realidad, pues me la he encontrado en Mérida, donde quitan la luz ocho o 10 horas.
Las encuestas hablan de malestar entre los venezolanos…
Yo siento que el venezolano tiene optimismo hacia el futuro a pesar de que hayan pasado nueve meses desde la captura de Maduro. Pero evidentemente siente desesperación porque la crisis económica y social de los servicios públicos cada vez es más grave.
Y entiende que la única vía para lograr ese cambio es a través de una elección presidencial. Ya no hay tanto miedo como lo había anteriormente, lo que provoca un pueblo más movilizado, dispuesto a levantar la voz.
¿Milita todavía en Primero Justicia?
Actualmente estoy sin militancia partidista. En PJ mantengo grandes amigos. Y por supuesto que soy un militante de la causa por la democracia y la libertad. Apoyo el liderazgo de María Corina Machado, que sigue estando sólido en el país.
En el proceso negociador con el chavismo 3.0 impuesto por Washington participan antiguos compañeros suyos de PJ. ¿Tiene esperanza en que se llegue a la transición democrática?
Confío en los avances conseguidos a nivel de las negociaciones, aunque no sean en los tiempos que el venezolano de a pie quisiera. Uno apostaría para que eso fuera más rápido, pero tengo confianza y creo que la presión ciudadana contribuirá a darle mayor celeridad al proceso y a abrir las puertas a las elecciones.
¿Cuál es su opinión respecto a la Administración Trump?
Como venezolano le agradezco lo que hizo en enero capturando a Maduro, con todo lo que se ha desencadenado, que de alguna manera ha devuelto la esperanza a nuestro pueblo. Pero evidentemente no me ha gustado el trato hacia el liderazgo de María Corina, que no ha sido respetable. Y de cierta forma también está la contradicción de darle prioridad a todo el tema económico, petrolero y comercial, dejando en un segundo plano el tema político.
Uno entiende perfectamente que EEUU tiene sus intereses y Venezuela seguramente va a ser un aliado en el futuro. Pero que no se le dé importancia a temas como la liberación plena de los presos políticos o al cronograma electoral es algo que crítico, con lo que no estoy de acuerdo.
También rechazo lo que están viviendo los venezolanos en EEUU, la incertidumbre constante, es triste. Aún tengo allá familiares, amigos y muchos viven con temor. Se limitan prácticamente a trabajar y viven con una paranoia constante. Salimos del país por temor al régimen y en EEUU nos encontramos con la misma persecución. Es una paradoja difícil de digerir.
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