Es sábado de quincena al mediodía en la playa Bahía Marina, en La Guaira. Un amigo le sonríe al otro mientras se bajan de la moto y exclama: “¡No es mamadera de gallo, esta vaina es un desierto!” Lo que en otro momento sería el día más turístico del mes ahora es desolador. De alguna forma, aquella normalidad intenta regresar a esta playa: la licorería de enfrente está repleta de hombres y mujeres bebiendo cerveza en la acera, como cada fin de semana caluroso en el Caribe. En esa misma esquina, unos negocios de comida atraen clientes; en la otra, en un bodegón con aire acondicionado y televisores encendidos suena música de salsa. Las ruinas del doble terremoto están cerca, pero ya no huelen lo suficiente como para espantar la normalidad.
Lo extraño es que, a unos pasos, cuando comienza la orilla de la playa, todo es silencio. El lugar que simboliza la felicidad del caraqueño, el refugio de los malos días, los recuerdos familiares, hoy está vacío. Desde el doblete sísmico del 24 de junio, el caraqueño ha tenido miedo de volver. Las casi 70 playas que se llenaban cada fin de semana lucen desoladas, con sus toldos caídos por la tragedia y, unas pocas, con escombros cerca de sus orillas. Pero los guaireños necesitan reactivar su economía. Tienen casi dos meses sin trabajar, sin vivir del turismo y sin poder volver a una parte de sus rutinas por orden estatal.
“Está prohibido el uso de los balneario y esto se hace obedeciendo a la razón. En una zona donde murió tanta gente, yo no veo una actividad turística en el corto plazo, es irracional”, dijo el gobernador José Alejandro Terán el 11 de agosto, en respuesta a dos declaraciones que se hicieron virales: las de Daniela Cabello, ministra de Turismo e hija de Diosdado Cabello, quien publicó un video donde pide reabrir y reactivar el turismo desde las playas de Chuspa; y las de Celsa Malavé, presidenta de la Federación de Trabajadores Playeros del Estado La Guaira, en la misma línea: “Nosotros tenemos buena voluntad. Las mismas personas que estamos en las playas somos los que hemos estado trabajando para mejorar nuestros servicios, porque nosotros vivimos del turismo. Y si tú me trancas La Guaira, ¿de qué vive la mujer que hace las empanadas, el sancocho, los paradores, los tolderos, los mesoneros? Somos casi 5.000 personas que estamos desempleadas”, explica.

“¡Llegó la ayuda humanitaria!”, dice Eddy Muñoz riéndose cuando ve a una familia de turistas con la que había pactado cocinar una parrilla a escondidas, en su kiosco. “En otros lados de La Guaira están vendiendo pescado y toda la vaina de pinga”, se queja. “Nos pasaron un comunicado que dice que no podemos abrir porque estamos en conmoción. ¿Y con qué comes tú? ¿Con conmoción? Yo no puedo dejar de ganarme un billete de 20 o 30 dólares por eso. Los que me salvan son los que vienen y son como familia mía. Vienen, hacemos una comidita, yo les doy su comidita y ellos me dan mi vainita”, explica.
En el Paseo de Macuto la situación es un poco diferente, porque los negocios no están exactamente en la arena y eso les da una licencia “tácita” para poder abrir. El tema es que la gente casi no va. “¿Para qué voy a presentarme si solo venden como tres empanadas al día?”, dice Oscar Barre. “Mejor compro pescado fresco, lo empaco al vacío en mi casa, y lo voy a vender en Caracas”, comenta. Barre este mes y medio ha sido mesonero, mototaxista y pescador. “Pero uno salía a mototaxear y lo que terminaba dando era pura cola [dar viajes gratis]. La gente no tiene para pagar y por mucho que quieras ayudar al guaireño, los precios de La Guaira no te dan para comprarle aquí al de la bodega. Yo voy a Caracas, vendo el pescado y bajo con algo de mercado de vuelta para mi casa y me sale más barato”, explica.
Karen Cisneros procesa el pescado que se vende en la playa de Macuto. “Yo vivía aquí cerquita y quedé sin casa. Ahora duermo en la cocina de los pescadores con mi hijo, que tiene una condición [una discapacidad]”, dice. Durante un mes estuvieron sin pescar y, en redes, se rumoreó que los peces podrían estar contaminados y por eso no vendían. “Que si la playa está contaminada, que si viene un tsunami, que no sé qué. Pero es más por la tragedia que no había pesca. Los pescadores están tristes, mami. Ni ganas de salir tenían. Perdieron a mucha gente”, narra.

El duelo también les afectó el bolsillo. Hace un par de semanas que se activaron y empezó la temporada de pargo. Los comerciantes dicen que ahora sí tienen que salir obligatoriamente entre 15 y 20 peñeros [botes pesqueros artesanales] diarios por zona, y además han bajado los precios de los pescados para poder vender.
Desde el kiosco de Eddy se divisa una pareja que va llegando a la playa, un policía de Mérida que está cubriendo algunos turnos en los refugios y está en sus horas de descanso, una familia de Petare con tres hijos que celebran el cierre de año escolar, unos amigos que se reencontraron en la playa después del luto y un grupo de al menos 20 rescatistas que, luego de trabajar dentro de los escombros, van con sus cascos a refrescarse en el mar azul cristal. Es poca gente para una playa en sábado. Pero es mucha para la desolación de otros días.
Varios de esos viajeros llegaron en el autobús que tiene como paradas las playas que, casualmente, son las más afectadas por el doble terremoto y hacen imposible que un turista pueda llegar sin ver la dimensión del desastre. “Ha sido muy duro”, dice Héctor Pulido desde su puesto de conductor. “Murieron tres choferes, dos fiscales y dos peluches [los encargados de la venta de boletos] en las OPP de Caribe [complejos de viviendas públicas] ”, explica. Antes del terremoto hacían seis viajes diarios y ahora cuatro, y su sueldo depende del número de pasajeros. “Durante los primeros 15 días hicimos labor social. No se cobró un pasaje a nadie para que pudieran ir a buscar a sus familiares allá abajo y los de allá abajo vinieran a buscar ayudas aquí”, cuenta.

Durante los últimos días, se han publicado distintas cifras sobre el futuro de los comerciantes en La Guaira. Según la Cámara de Comercio, el 75% de los comerciantes solo tienen capacidad para mantener su nómina durante los primeros tres meses de la emergencia y el 90% de esos comercios que no estuvieron afectados ya retomaron sus actividades en la zona. Sin embargo, cuesta conseguir un negocio abierto en lugares como, por ejemplo, Playa Verde. “Los que no han abierto es porque están afectados y hay que repararlos, los saquearon o se murieron”, dice una empanadera de la zona. “Ahora este es el tránsito normal por aquí”, explica, refiriéndose a las vías libres y los pocos transeúntes. “¿6.000 muertos dónde, si aquí las calles están solas porque todo el mundo se murió? Esto es tres veces peor que la tragedia”, expresa Karen, recordando el deslave del año 99. “La afectación no solo fue material. Fue humana y mental y no se puede hablar de normalidad porque emocionalmente hay un colapso”, afirma Eduardo Quintana, presidente de la Cámara de Comercio de La Guaira.
Según el gobernador Terán, sí hay un plan para apoyar a los prestadores de servicio con un subsidio, mientras se pueden adecuar y abrir de nuevo los negocios, pero Eddy, el dueño del kiosco de Bahía Marina, desconfía: “Ya la Cámara de Turismo pasó. Supuestamente nos van a dar una ayuda mensual por seis meses y, al parecer, no la han dado porque no les cuadran las cuentas. Pero coño, imagínate, mejor que arreglen y abran, y así cada quien se defiende. ¿Cuál ayuda? La ayuda es que la gente venga”, exige.
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La entrada La Guaira se abraza al regreso del turismo para salir del colapso económico se publicó primero en AlbertoNews – Periodismo sin censura.













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