¿Qué es ser un liberal?
Nicolás Martínez
Pocas palabras han gobernado tanto el imaginario político de Occidente como la palabra liberal. Y pocas han sido más sistemáticamente malentendidas. En América Latina designa a quien defiende el libre mercado; en Estados Unidos, al progresista; en Europa, al centrista. Esta confusión no es accidental, sino que tiene que ver con que bajo un mismo nombre conviven tradiciones filosóficas distintas, a veces contradictorias, unidas apenas por un núcleo común que vale la pena desarrollar.
Ser liberal, en sentido estricto, no es suscribir una política económica ni votar por un partido específico. Es asumir una cierta lectura del individuo, de la libertad y de los límites legítimos del poder. Es una apuesta filosófica que nació con la modernidad y que, de maneras que no siempre reconocemos, sigue estructurando el mundo en que vivimos.
El liberalismo como tradición intelectual surge en el siglo XVII, en el contexto de las guerras de religión europeas y las primeras revoluciones burguesas. Su pregunta fundacional es simple: ¿qué autoriza al poder político a mandar? La respuesta medieval había sido la voluntad de Dios y la jerarquía natural del orden. La respuesta liberal va a ser el consentimiento de los individuos.
John Locke es el padre fundador. En sus Dos tratados sobre el gobierno civil (1689), argumenta que los seres humanos nacen libres e iguales, dotados de derechos naturales (vida, libertad y propiedad) que no derivan de ningún soberano sino de su propia naturaleza racional. El gobierno no es un orden dado por Dios, sino un contrato, una delegación provisional de poder que los individuos realizan para proteger sus derechos, y que pueden revocar si el gobierno los traiciona.
Ahora bien, si el individuo es anterior al Estado, si sus derechos no dependen de la comunidad sino que la preceden, entonces el poder político tiene límites estructurales que ninguna mayoría puede legítimamente traspasar. Nace así el constitucionalismo liberal, es decir, la idea de que el gobierno debe estar encadenado por una ley fundamental que proteja al individuo frente al poder, incluso el poder democrático.
Por su parte, Kant radicaliza el fundamento ético con la idea de que el ser humano es fin en sí mismo, nunca medio. Tratar a una persona como instrumento, aunque sea para el bien común, es negarle su dignidad racional. De aquí surge la inviolabilidad de los derechos individuales frente a cualquier proyecto colectivo, por bien intencionado que sea.
John Stuart Mill, en Sobre la libertad (1859), argumenta que el único fin que autoriza a la sociedad a ejercer poder sobre un individuo es prevenir el daño a otros. Mill advierte además que la tiranía no es solo la del Estado, sino que también la presión social y la costumbre pueden ser igualmente opresivas. La libertad de expresión no es un derecho abstracto, sino la condición misma del progreso del conocimiento. En este sentido, una sociedad que silencia la disidencia, oprime al disidente y se priva del único mecanismo por el que la verdad avanza.
Isaiah Berlin, en Dos conceptos de libertad (1958), ofrece en el siglo XX la distinción más influyente en la tensión interna del concepto. La libertad negativa (la ausencia de interferencia) es el eje del liberalismo clásico, es decir, que el Estado no debe obstaculizar al individuo. La libertad positiva (la capacidad real de autogobernarse) es el eje del liberalismo social, donde el hambre y la ignorancia también encadenan.
De esta distinción nacen dos proyectos distintos: el del Estado mínimo y el del Estado de bienestar, ambos reivindicando el mismo nombre de liberalismo.
La gran renovación filosófica llega con John Rawls y su Teoría de la justicia (1971). Parte de una pregunta: ¿qué principios de justicia elegiría una persona racional si no supiera cuál es su posición en la sociedad? Bajo este “velo de ignorancia”, sin saber si nacerá rico o pobre, talentoso o no, en una familia privilegiada o marginal, ¿qué reglas del juego elegiría?
La respuesta de Rawls tiene dos partes. Primero, todos elegiríamos garantizar libertades básicas iguales para todos. Segundo, aceptaríamos desigualdades económicas solo si benefician a los miembros más desaventajados de la sociedad. El liberalismo en este sentido, según Rawls, no tiene que elegir entre libertad e igualdad.
El liberalismo ha sido cuestionado desde varias vertientes filosóficas. El comunitarismo —Sandel, Taylor, MacIntyre— objeta que el “yo desvinculado” del liberalismo es una ficción; es decir, somos seres constituidos por comunidades y tradiciones que no elegimos.
El republicanismo cívico añade que la libertad real no es ausencia de interferencia sino ausencia de dominación. En otras palabras: puedo no ser interferido por mi amo y aun así no ser libre, porque mi libertad depende de su buena voluntad.
Y la crítica poscolonial señala que el liberalismo histórico de Locke y Mill fue perfectamente compatible con la esclavitud y el colonialismo. En este sentido, su universalidad proclamada era, en la práctica, la hegemonía de una civilización particular.
Hoy el liberalismo enfrenta además la paradoja interna del neoliberalismo, su versión económica triunfante desde los años ochenta que, al debilitar el tejido social en nombre del mercado, disuelve las condiciones culturales que hacen posible el liberalismo mismo.
Ser liberal, entonces, ¿qué significa hoy?
Significa sostener la exigencia de que el poder debe justificarse ante quienes lo padecen; que ninguna verdad (religiosa, científica, histórica) autoriza a suprimir la libertad del que disiente; y que el individuo tiene una dignidad que ninguna colectividad puede sacrificar impunemente en nombre del bien común: exigencias que la historia ha demostrado difíciles de realizar, pero cuya alternativa sigue siendo más peligrosa que sus contradicciones internas. ■

















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