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Son necesarios cambios democráticos drásticos. Por Luis Fuenmayor Toro

Venezuela está en una situación muy grave y muy difícil de enfrentar y resolver, por lo menos en el corto y mediano plazo. Hay dos aspectos claros y relevantes de esa situación: uno, el que se refiere a la crisis político social interna, que se ha venido desarrollando durante todo este siglo, producto de decisiones nefastas de nuestros gobernantes en todos los órdenes de la vida nacional, agravadas muy seriamente por directrices y conductas, incluso peores, de quienes los enfrentaron a muerte prácticamente desde el inicio; dos, la situación de tutelaje y vasallaje creada por la invasión militar violenta de EEUU, el 3 de enero pasado, con grave daño a la independencia y soberanía de la nación, heridas casi de muerte por el invasor extranjero. Ambos elementos están indisolublemente ligados, aunque no sean percibidos de esta manera por la mayoría de la gente, ni por la dirección gubernamental actual, ni las distintas fuerzas opositoras.

En el país se está actuando políticamente, como si la invasión y la injerencia del gobierno de Trump no hubieran ocurrido, como si se tratara de una contingencia al margen de los cambios políticos que se desean y se exigen. Pareciera, que se puede llegar a una salida total de la crisis, sin tener ni siquiera que hablar ni discutir sobre la dependencia económico militar a la que estamos sometidos. Hay quienes piensan que, si se logra una salida política institucional, que pacifique al país y mejore sus condiciones, aparezcan las famosas inversiones y se cambien el TSJ y el CNE, ya está hecha toda la tarea que el país requiere en este momento. Sin dudas, hay una cierta dosis de esquizofrenia en este parecer, que ve sólo la mitad de la película. Esa conducta es entendible en la mayoría de los empresarios, pues para ellos lo importante son sus ganancias, y si estas aumentan y se mantienen, pues la situación se arregló, sin importar con quién, ni qué ocurra posteriormente.

Claro, también algunos grupos políticos opositores extremistas tienen esta misma apreciación, pues creen que pronto estarán en el poder y sólo les faltaría apresar a una serie de dirigentes del chavecismo, actuante y pasado, reprimir a quienes llaman alacranes y a quienes osen protestar, cobrar algunas deudas político personales y desear fervientemente, que el juicio de Maduro y Cilia termine en una condena a varias cadenas perpetuas. Pero éste no es el sentir de los ciudadanos comunes, ni de los trabajadores, aunque el odio y el fanatismo cultivado cuidadosamente durante todos estos años, haya hecho mella en sus cerebros, ayudado además por la indolencia de un gobierno ineficaz, demagogo, corrupto, autoritario y fanfarrón. Ciertamente, la nación requiere mucho más que un TSJ y CNE novísimos, pues aspira desarrollo, mejores condiciones de vida, justicia social y profundización de las libertades democráticas. Una reforma constitucional se ve como ineludible.

Sé perfectamente que la salida de todo el actual maremágnum es dificilísima, por lo que no voy a ser muy duro con quienes de alguna manera están tratando sinceramente de resolver los problemas, incluso si el tratamiento de los mismos se hace en medio de esa dosis de esquizofrenia señalada. Acertar en saber quiénes están más cerca de resolver nuestros problemas es arduo difícil, aunque sí es fácil saber quiénes no están ni siquiera cerca de ese camino. Maduro y Cilia habían alcanzado un grado tal de compromiso con lo actuado, que era imposible pensar que hubieran podido rectificar 180 grados. Era desdecirse de sí mismos, auto traicionarse. Otro tanto ocurre con el extremismo opositor violento. Están tan identificados con la violencia discursiva y práctica, el odio irredento, la actitud arrogante, la traición a la patria, que es imposible pensar que allí haya deseos de rectificación.

Pero, es necesario señalar que, si realmente se desea resolver la situación interna, hay que hacerlo como es debido y no superficialmente. Nada gana la nación si no se crean las condiciones, que impidan que el poder vuelva a colocarse por encima de la Constitución, las leyes, los derechos ciudadanos y la voluntad de la gente. Se gana poco sólo nombrando un TSJ y un CNE nuevos, incluso si llegaren a ser integrados por personas idóneas; no se avanza si persiste la reelección permanente de los cargos ejecutivos, si los procesos electorales siguen sin quorum de instalación que los valide, si no se establece la proporción de votos necesaria para declarar ganador a un candidato, si se mantiene el sistema electoral mayoritario, en desmedro de la representación proporcional ordenada por la constitución. El presidencialismo constitucional no debe continuar opacando la descentralización, hay que incorporar el derecho de votar en blanco y establecer la doble vuelta electoral.

El renacimiento de Venezuela sólo existirá si se va al fondo de los problemas; en ello deberían trabajar todos quienes tienen a la patria en su corazón.

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