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El Nacional | Los venezolanos sacrifican necesidades esenciales para poder comer

Pese a que el informe El estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo (SOFI) de 2026, un documento elaborado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y otras agencias de la ONU, reportó que la prevalencia de subalimentación en Venezuela descendió de 17,6% a 5,9%, organizaciones como la Fundación Bengoa y el Observatorio Venezolano de la Salud advirtieron que esta reducción no refleja por sí sola las dificultades que atraviesa la población para acceder a una dieta suficiente y nutritiva. De hecho, una encuesta de Consultores 21 divulgada este mes registró que 56% de los hogares venezolanos enfrenta algún grado de inseguridad alimentaria, una condición que implica incertidumbre sobre si habrá comida para la cena, qué se podrá consumir al día siguiente o si alcanzarán los recursos para abastecerse durante la semana.

La brecha entre los indicadores se hizo evidente durante el Foro Mundial de la Alimentación de la FAO, realizado en Roma, donde la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, presentó el plan Venezuela Alimenta y defendió los avances del país en la lucha contra el hambre, pese a que organizaciones académicas y humanitarias denuncian deficiencias nutricionales, pérdida del poder adquisitivo y desigualdades territoriales que siguen comprometiendo el derecho a la alimentación.

Marianella Herrera Cuenca, investigadora del Centro de Estudios del Desarrollo de la Universidad Central de Venezuela (Cendes-UCV), integrante de la Fundación Bengoa y vinculada con el Observatorio Venezolano de la Salud (OVS), explicó que las diferentes cifras describen realidades que no son necesariamente incompatibles, pero que tampoco pueden interpretarse de la misma manera.

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Mientras que Consultores 21 mide la situación de los hogares frente a las dificultades para alimentarse, la FAO estima la prevalencia de la subalimentación mediante indicadores de disponibilidad y consumo aparente de alimentos, y la Fundación Bengoa, junto con otras organizaciones, examina dimensiones que van desde el acceso económico y la diversidad de la dieta hasta el estado nutricional de los niños y las condiciones en las que las familias consiguen comer.

“Cuando la gente logra alimentarse a duras penas, no significa que haya superado la inseguridad alimentaria”, indicó Herrera Cuenca. En muchos casos, añadió, las familias consiguen comprar algunos productos porque dejan de pagar medicamentos, sacrifican gastos educativos o postergan otras necesidades esenciales.

Esto quiere decir que si bien puede observarse una recuperación en determinados indicadores, esto no necesariamente se traduce en bienestar para toda la población. La disponibilidad de productos en los supermercados, la reducción de la subalimentación estimada estadísticamente o un incremento de los ingresos promedio no garantizan, por sí solos, que los hogares puedan adquirir una alimentación variada, saludable y suficiente.

Las cifras de la FAO y la realidad venezolana

Aunque el estudio de Consultores 21 representa una reducción de 11 puntos en la inseguridad alimentaria con respecto a mayo de 2025, cuando el indicador se ubicaba en 67%, el informe advirtió que la mejoría no equivale a una recuperación consolidada.

“La mejora es real, pero en ningún caso equivale a bienestar: los hogares pasan del déficit a la subsistencia, no a la holgura”, señala el estudio compartido por el diario El País de España.

El informe muestra que las dificultades no se limitan a las familias de menores ingresos. En los estratos pobres, que representan casi 60% de la población según la clasificación empleada por la firma, la inseguridad alimentaria alcanza 60%. En los sectores de clase media y media popular, que representan cerca de 30%, llega a 47%.

La encuesta calcula que 27% de los hogares tiene un nivel de seguridad alimentaria muy alto. Las regiones de Guayana, oriente, centro-occidente y los llanos figuran entre las más afectadas.

Alimentarse a costa de otras necesidades no es bienestar

Herrera explicó que el problema no consiste en negar que exista comida en los establecimientos comerciales, sino en distinguir entre la presencia de alimentos y la posibilidad de adquirirlos.

“Venezuela no está en una situación como la que teníamos hace una década, donde ibas a los automercados y no encontrabas comida. Tú ahorita vas a los automercados y hay comida. Ahora el problema es de acceso”, señaló.

El consumo aparente no revela si los alimentos llegan de manera equitativa a los hogares, si se desperdician, si se deterioran durante el transporte o si terminan concentrados en determinados grupos sociales. Herrera puso como ejemplo que si 10 personas están en una reunión y hay 10 chocolates, el cálculo podría asumir que cada una consume uno; sin embargo, esa distribución no está garantizada. Una persona podría quedarse con varios, otros podrían dañarse y alguien podría no recibir ninguno.

Por eso, advirtió, el indicador de la subalimentación debe analizarse dentro de un conjunto más amplio de datos. “Tienes que poner en contexto y no guiarte y decir: ‘Ay, mira, Venezuela está maravillosamente bien porque nada más tiene un porcentaje de subalimentación de 5%”.

La investigadora recordó que, cuando la FAO reconoció en 2013 los avances venezolanos hacia las metas internacionales de reducción del hambre, distintas organizaciones académicas también compartieron en esa oportunidad cuestionamientos sobre la manera de interpretar los resultados. Parte de esa discusión quedó documentada en una publicación de Anales Venezolanos de Nutrición.

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