
Desde hace cinco días, la madre de Wilber Garcés Pérez, Flor Pérez, ha tenido la tensión arterial alta y dolores de cabeza de saber que su hijo está detenido, todavía con la bala en la espalda que le disparó un agente migratorio el domingo. Al mismo tiempo, busca explicaciones que darle a su nieto de siete años, que insiste en que quiere hablar con su padre.
“Mis pensamientos, mis oraciones, mi corazón, mi alma, todo está con él”, dice a EL PAÍS Flor Pérez en un mensaje de voz. “Estoy orando para que salga de ahí y me lo operen, que es lo que a mí me importa más en este momento”, comenta ella desde la ciudad de Barquisimeto, a cinco horas al oeste de Caracas, la capital de Venezuela, donde se encuentra visitando al hijo de Wilber.
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“Quiere sentirse cerca de su hijo al estar con su nieto”, cuenta la hermana de la señora Flor, Jacqueline Pérez.
El domingo 20 de septiembre, después de ser perseguido por agentes migratorios en Austin, Wilber llamó a su mamá por video. Ya había recibido el disparo de un agente de inmigración mientras iba de camino a entregar un pedido de la aplicación DoorDash. Lo recuerda angustiado, con dolor: “Esto me ha afectado enormemente”.
Desde ese día, Wilber, de 28 años, ha estado en un centro de procesamiento del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) al sur de Texas, en la desolada ciudad de Pearsall.
Desde ese día, ella no ha podido hablar directamente con su hijo. Se entera de las noticias por la abogada de inmigración, Kate Lincoln Goldfinch, que lo representa, o por la pareja de Wilber.
Proveedor de su hijo
Jacqueline Pérez asegura que su sobrino Wilber Rafael es tranquilo, que “nunca se ha metido en problemas”; que mientras estuvo en Venezuela, solo se dedicó a estudiar y trabajar para apoyar a su padre con los gastos de la casa.
“Le iba bien en sus estudios, no tenía que hacer mucho esfuerzo”, cuenta. Su gran pasión, dice, eran el béisbol y el fútbol. “Siempre ha sido apasionado de los deportes. Era exagerado. Se lastimaba para meter un gol, se raspaba las piernas, y yo le decía que si creía que iba a un mundial”.
Wilber fue parte de un equipo de fútbol en su pueblo natal, Yaritagua, una ciudad en el Estado de Yaracuy. Pero tuvo que retirarse cuando la crisis política y económica del país comenzó a vaciar los bolsillos de los venezolanos. Para ese tiempo, antes de 2014, cuando emigró a Estados Unidos, también tuvo que dejar sus estudios en un instituto de formación en carreras administrativas.
Su único hijo, de siete años, también lo recuerda con admiración. En un mensaje de voz enviado por WhatsApp a EL PAÍS, su abuela Flor le preguntó: “¿Quién es el hombre a quien tú más amas en este mundo?”. Y él respondió, sin dudar: “A mi papá”.
Flor Pérez dice que desde el domingo, el niño ha pedido cada noche llamar a su padre, como es habitual. Ella ha tenido que decirle que está ocupado, que no puede hablar por ahora. La noche del martes, el niño insistió en mandarle un audio a su padre para tocarle una canción con la flauta que la abuela le había regalado.
Vivir en Estados Unidos le permitió a Wilber tener un mejor salario que en Venezuela. Para el padre, esto es primordial: quiere darle mejores condiciones a su hijo, que sufre un trastorno neuromuscular de nacimiento que le dificulta el caminar. Por eso ese domingo hacía una entrega de DoorDash, porque su hijo requiere terapias físicas costosas para poder mejorar su movilidad. Y en efecto, dice la tía, ha mejorado.
La abogada Lincoln ha explicado que Wilber fue admitido en Estados Unidos por autoridades migratorias en 2024. Pidió asilo. Su caso se complicó porque la corte le envió una notificación para una audiencia a su antigua dirección de domicilio, pese a que él había notificado de su mudanza. Al no asistir a la cita, el juez ordenó su deportación en ausencia. El ICE aseguró que esa orden lo convirtió en objetivo de la agencia y que por eso lo detienen.
“Días de infarto”
La familia de Wilber no puede creer lo que vive. Su tía Jacqueline Pérez asegura que desde el domingo “han sido días de infarto”. Ella dejó de leer y escuchar noticias sobre el caso y ahora solo busca lo que diga la abogada Lincoln. Cuando ve los videos de la detención y la respuesta de las autoridades, llora: “Es muy doloroso ver lo que le están haciendo. Tenemos el pecado de ser venezolanos”.
Desde el domingo, Wilber ha sido evaluado por tres médicos. La primera revisión fue justo después del operativo de su detención el domingo, cuando recibió el disparo. Su abogada, Kate Lincoln Goldfinch, denunció que fue dado de alta en menos de cuatro horas, para ser trasladado al centro de detención del ICE.
En esa ocasión, la bala no fue removida de su espalda, aunque los médicos le habían dicho a Wilber que lo prepararían para una cirugía. En esa visita también supo que el proyectil había fracturado su clavícula y que se había alojado en la parte alta de la espalda, cerca de su columna vertebral.
La segunda visita al médico fue el lunes por la noche: el congresista texano Joaquín Castro dijo entonces que estaba perdiendo la movilidad del lado izquierdo de su cuerpo y que había sido trasladado a un hospital bajo extremo dolor. En ese momento, tampoco se le retiró la bala y fue devuelto a medianoche al centro de Pearsall.
La tercera visita de Wilber a un médico especialista fue el miércoles. Coincidió con la visita del congresista de Austin, Greg Casar, al centro del ICE en Pearsall. El médico le confirmó que requería una cirugía para extraerle la bala “o la movilidad de su brazo podría verse afectada de por vida”, dijo este jueves en un correo la oficina de la abogada Lincoln. Sigue teniendo un dolor intenso pese a estar recibiendo analgésicos.
El Departamento de Seguridad Nacional (DHS) respondió en un comunicado en su cuenta de X a Casar que “los procedimientos médicos son competencia exclusiva del hospital” y que la agencia federal “no dio ni dará instrucciones al personal hospitalario sobre cómo realizar su trabajo”.
Para Jacqueline Pérez, el trato de los agentes hacia Wilber Garcés y sus respuestas le dan la sensación de que en Estados Unidos “si eres migrante, no tienes derechos”. Desde Venezuela, Flor Pérez asegura que solo les queda confiar en Dios, porque “él todo lo puede”.
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