
En medio de la ola de acuerdos que se está produciendo alrededor de la golpeada industria energética de Venezuela, comienza a surgir una nueva generación de magnates petroleros.
Por Bloomberg
Algunos son conocidos, como la gigante petrolera estadounidense Chevron Corp., que acaparó la atención este miércoles con un nuevo acuerdo por 7.000 millones de dólares. Otros, en cambio, son muy diferentes a los protagonistas del pasado.
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Venezuela fue alguna vez uno de los mayores proveedores de crudo del mundo. Décadas de dominio de las grandes compañías petroleras estadounidenses y europeas comenzaron a resquebrajarse con la nacionalización de la industria. Posteriormente, ese dominio prácticamente desapareció durante los gobiernos de los presidentes socialistas Hugo Chávez y Nicolás Maduro.
La captura y salida del poder de Maduro a manos de las fuerzas estadounidenses en enero marcó un reinicio. Ahora, el presidente Donald Trump busca reactivar la producción mediante capital privado, en lugar de utilizar el dinero de los contribuyentes estadounidenses.
Mientras algunos grandes productores consolidados han optado por mantenerse al margen, otros inversionistas, con mayor tolerancia al riesgo, están entrando en escena.
Algunos de los nombres que han surgido hasta ahora cuentan con una amplia experiencia, como la empresa privada Hunt Oil Co., de Texas, y la multimillonaria familia Gilinski, de Colombia.
Chevron, el único productor petrolero estadounidense que mantuvo sus operaciones durante los años de Chávez y Maduro, acaba de cerrar un acuerdo que duplicará su producción en el país, mediante la incorporación de dos gigantescos campos petroleros en la Faja del Orinoco.
Pero otros tienen poca experiencia en el sector petrolero —como los hermanos brasileños Batista, multimillonarios— o ninguna en absoluto. Bloomberg informó el martes que Fred Ehrsam, cofundador de Coinbase, busca tomar el control de al menos tres campos petroleros venezolanos.
También está Alejandro Betancourt, un controvertido magnate venezolano con intereses en diversos sectores, quien logró desenvolverse hábilmente durante los gobiernos de Chávez y Maduro hasta convertirse en el principal operador de la administración Trump sobre el terreno.
El Gobierno de Estados Unidos acordó adquirir una participación directa en North American Blue Energy Partners, la empresa de Betancourt, que asegura producir actualmente alrededor de 200.000 barriles de petróleo diarios.
La nueva compañía tiene como objetivo alcanzar una producción de 1 millón de barriles diarios, casi igualando toda la producción nacional actual de Venezuela. Sin embargo, no está claro cómo se financiaría una expansión de semejante magnitud.
El perfil de algunos de estos aspirantes a magnates petroleros revela dos características de la manera en que Trump está manejando la situación.
Primero, algunos de los beneficiados en la carrera por el petróleo venezolano tienen conexiones personales con la administración Trump.
Segundo, el presidente estadounidense está impaciente. Con las elecciones de medio mandato acercándose y los elevados precios de los combustibles convirtiéndose en un problema político, quiere resultados de inmediato.
Los llamados wildcatters —empresarios e inversionistas dispuestos a asumir grandes riesgos en la exploración petrolera— y otros actores similares suelen moverse con mayor rapidez que las grandes compañías petroleras tradicionales.
Queda por ver si podrán cumplir las promesas que han hecho.
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