El actor silencioso por Juan Carlos Fernández
Miren, vamos a decir esto sin rodeos. Todo el mundo habla de transición, de mesa, de Asamblea del 2015, de quién negocia con quién. Y nadie, óiganlo bien, nadie está hablando de la nevera vacía.
Washington ya puso fecha para sentar a Jorge Rodríguez y a Dinorah Figuera. María Corina sigue insistiendo en que su mandato está vigente. Y hasta Rosales y Capriles, que hace nada la tenían prácticamente descartada, ahora le tienden la mano buscando reunificarse. Bueno, mientras todo eso pasa arriba, en la altura del poder, aquí abajo la última encuesta de Delphos suelta un dato que a mí, se los confieso, me deja frío: ochenta y siete coma seis por ciento de los venezolanos quiere que esto cambie. Y esa no es una cifra de simpatía política, es una cifra de gente que ya no aguanta más. Y sin embargo, si uno repasa el discurso de todos los que están sentados o van a sentarse en esa mesa, hay un silencio que a mí particularmente me incomoda: ninguno le está hablando a esa gente en el idioma en que ella vive su urgencia.
El pleito de quién tiene la razón
Machado habla de mandato, de reconstrucción institucional. Rosales y Capriles hablan de que no se puede excluir a nadie de la negociación. Washington habla de reinstitucionalización, de reconciliación, de esas palabras largas que a uno, honestamente, lo dejan igualito. Y está bien, son discursos necesarios, no digo que no. Pero fíjense en lo que tienen todos en común: miran hacia arriba, hacia el que reparte legitimidad. Ninguno mira hacia abajo, hacia el que hace la cola del gas, hacia el que cobra un sueldo que no le alcanza ni para la primera quincena.
Y aquí está la ironía que a mí, como periodista, más me pica: la única que aparece todos los días hablando de hospitales, de reconstrucción, de subsidio, es Delcy Rodríguez. Que sea gestión de verdad o puro maquillaje, eso se lo dejo a ustedes. Pero mientras la oposición completa se pelea por ver quién tiene más legitimidad histórica, el chavismo pragmático se queda, casi de gratis, con el terreno de «yo sí te hablo de lo tuyo».
Cuando el único voto que cuenta no es el tuyo
Y aquí hay una explicación, y no es que a Machado, a Rosales o a Capriles no les importe la gente, no es eso. Es que ellos están compitiendo por el visto bueno de un solo elector, que se llama Estados Unidos, no por el voto de veintiún millones de venezolanos. Y cuando el que decide quién se sienta en la mesa es un gobierno extranjero, uno termina hablando el idioma que ese gobierno entiende, instituciones, transición, garantías. No el idioma que resuelve la cola del gas, se los aseguro.
Ahí está el caso de Machado con Trump, que para mí es el ejemplo más claro de todo esto. Le entregó su medalla del Nobel, lo elogió en público, le pidió que interviniera, y el mismo hombre al que ella le hizo esa reverencia salió después diciendo que «no tiene el apoyo ni el respeto» para gobernar Venezuela. Y cuando quiso volver al país tras el terremoto de junio, ni el permiso de aterrizaje en Curazao le dieron, porque Washington ya había dejado saber que no respaldaba ese regreso. Jugar solamente para una audiencia de afuera tiene un precio, y ese precio se termina pagando también con la gente de adentro, que es la que un día va a tener que votar.
La pregunta que de verdad debería quitarnos el sueño
Si todo esto, como parece, termina en una elección, la pregunta no es quién gana la mesa de agosto. La pregunta es quién, para ese momento, habrá aprendido a hablarle primero al venezolano de a pie de lo que de verdad le duele. Porque mientras la clase política opositora sigue discutiendo legitimidad, protagonismo y quién se sienta dónde, hay un actor que todavía no ha abierto la boca en esta negociación, y es justamente el que al final lo va a decidir todo con su voto. Ese silencio, más que cualquier portazo simbólico a una corte internacional o cualquier reacomodo de generales, es el verdadero dato político de esta semana.













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