Hipocresía política

La hipocresía como práctica política es un fenómeno que se ha dado a lo largo de la historia, pero que se ha acentuado en la actualidad, cuando vemos líderes políticos que hablan ante el mundo sobre valores y libertades ciudadanos y en la práctica son perennes violadores de los derechos humanos, y muchos de ellos artífices de la instauración de regímenes totalitarios. Este tipo de conducta genera una profunda desconfianza y desilusión en la ciudadanía, que se siente engañada y traicionada por sus representantes.

La hipocresía política se puede definir como la incongruencia entre lo que se dice y lo que se hace, o entre lo que se predica y lo que se practica. Es una forma de mentira, de falsedad, de simulación, que busca ocultar las verdaderas intenciones o acciones de los políticos.

Lo lamentable de esta situación o este mal enquistado en el accionar del liderazgo en la Región, es que el pueblo no aprende a ver a ese lobo disfrazado de abuelita y sucumbe ante un discurso hipócrita que desdice mucho de lo que es un verdadero líder.

La hipocresía política alinea su artillería de mentiras hacia su necesidad de ganar votos o apoyo popular, mediante el uso de discursos demagógicos, populistas o emotivos, que apelan a los sentimientos o necesidades de la gente, pero que no se corresponden con la realidad o con las políticas que se implementan. Y ahí están nuestros líderes evadiendo sus responsabilidades o culpas, mediante el uso de excusas, justificaciones o negaciones, que buscan desviar la atención o eludir las consecuencias de los actos u omisiones en su accionar político a través de un discurso vacío de sentido y nacionalismo, pero maquillado con falacias basadas en lo que la gente quiere escuchar, y que comienzan con las palabras claves: inclusión, desarrollo sustentable, visibilización ciudadana, justicia social, entre otras.

Manipular o engañar a la opinión pública, mediante el uso de propaganda, censura o desinformación, que buscan crear una imagen falsa o distorsionada de los políticos o de sus adversarios, es la tarea, y la hacen tan bien que llevan al matadero a sus ovejas sin que se escuche un solo beee beee.

Nuestros líderes del continente, y no quiere referirme a ninguno en específico, porque resulta que la historia es la misma en Cuba, Nicaragua, Venezuela, Colombia, Chile, Brasil… ponen en marcha no un plan Marshal para recuperar sus naciones de la pobreza, sino que contrariamente hacen malabares para ocultar o encubrir actos ilícitos o corruptos, mediante el uso de la impunidad, la censura o complicidad, que solo buscan proteger sus intereses o beneficios personales o grupales.

La hipocresía política tiene graves consecuencias para la sociedad, ya que debilita la democracia y el estado de derecho, al socavar la confianza y la participación ciudadana, al violar los principios y las normas constitucionales, al generar impunidad y corrupción, al limitar las libertades y los derechos humanos.

El deterioro que ocasiona en la convivencia y en el mantenimiento de la paz social, es terrible al generar polarización y confrontación entre los sectores sociales, al fomentar la intolerancia y la violencia política, al provocar desigualdad y exclusión social, aunque en medio de su hipocresía sostengan que su fin no es la destrucción sino la solución a través de un cambio, en fin, la hipocresía.

Sin importar el pueblo, solo ellos, impiden el desarrollo y el progreso en sus naciones, al obstaculizar la gestión pública y la rendición de cuentas, al desperdiciar los recursos públicos y privados, al frenar la innovación y la competitividad, dándose a la tarea de ideologizar la gestión pública.

La hipocresía política es un problema ético y moral que requiere una respuesta colectiva e individual. Por un lado, se necesita una mayor vigilancia y control social sobre los políticos y sus acciones, mediante el ejercicio del voto consciente e informado, la exigencia de transparencia y rendición de cuentas, la denuncia y sanción de las irregularidades o delitos. Por otro lado, se necesita una mayor educación y formación ciudadana sobre los valores democráticos y cívicos, mediante el fomento de una cultura política participativa e inclusiva, el respeto a la diversidad y al pluralismo, el compromiso con el bien común.

La ciudadanía tiene necesariamente que informarse y educarse sobre los temas políticos, sociales y económicos que afectan al país y al mundo, mediante el acceso a fuentes diversas y confiables de información, el análisis crítico y reflexivo de los hechos, el intercambio de opiniones y experiencias con otras personas. De igual forma es perentorio participar activamente en los procesos electorales, políticos y sociales, ejerciendo un voto consciente, apoyando partidos o movimientos políticos que representen sus intereses y valores, como también organizando o integrándose a grupos o redes sociales que promuevan causas o proyectos de interés colectivo.

Urge repito, fiscalizar y controlar la gestión pública y política, mediante el seguimiento y evaluación de las acciones y resultados de los gobernantes y representantes políticos, la exigencia de transparencia y rendición de cuentas, la denuncia y sanción de las irregularidades o delitos cometidos por los políticos, además de defender y promover los derechos humanos, la democracia y el estado de derecho, mediante el respeto a las normas y principios constitucionales, la protección de las libertades y garantías ciudadanas, la resistencia pacífica y legal ante las violaciones o amenazas a los derechos humanos.

Está claro que esa frase que rueda por ahí y que reza, que “en el mundo lo que se siembra es injusticia”, está más vigente que nunca, y lo más doloroso es que esos políticos cuya estrategia es solo la manipulación de conciencias para poder mantenerse o ganar poder, siguiendo el manual  exitoso del buen manejo de la hipocresía política; la repiten como si supieran su verdadero significado, olvidando que esa frase traduce las muchas acciones injustas que se cometen en el mundo, y que afectan negativamente a las personas y a la sociedad.

La frase que cito la escuche del presidente colombiano Gustavo Petro frente a una aburrida audiencia de la Asamblea General de las Naciones Unidas, realizada esta semana, pero pese a que pareció decirlas de forma sentida, no olvidemos que el mismo está enfrentando actos de corrupción desde la mismas concesión de su aspiración presidencial al recibir financiamiento dudoso para su campaña, acaba además de restituir en un cargo mejor  a quien meses antes, en medio de un escándalo político que salpicó, como diría Shakira, hasta su embajador en Venezuela, Armando Benedetti, quien fue removido del cargo, a su asistente Laura Sanabria, cuando aún no responde al pueblo colombiano, por qué maneja altas sumas de dinero en su casa, y la que para los buenos entendedores, proviene del mismo despacho del presidente Petro. El presidente Petro usa la metáfora de la siembra, para señalar que las acciones injustas son como semillas que se plantan en el mundo, y que producen frutos o consecuencias negativas, como la violencia, la pobreza, la desigualdad, la opresión, el éxodo masivo de ciudadanos hacia el Norte a través de sus fronteras, el calentamiento global, etc, pero como dicen por ahí el que tiene rabo de paja no se arrima a la candela, al menos que este embestido de lo que ya sabemos, de un fuerte chaleco de hipocresía política.

Por mi parte llevaría esa frase al contexto bíblico, cuando en el libro de Gálatas, capítulo 6, versículo 7, se dice: “No os engañéis; Dios no puede ser burlado: pues todo lo que el hombre sembrare, eso también segará”. Esto significa que Dios juzgará a las personas según sus obras, y que recibirán lo que merecen por lo que han hecho. Así, quien siembra injusticia cosechará injusticia, pero quien siembra justicia cosechará justicia, y aunque esta frase también tenga una connotación crítica o denunciante, al expresar el descontento o la indignación por las situaciones de injusticia que se viven en el mundo, no creo en el interlocutor que las profesa (Petro), porque precisamente no creo justo el manejo de la paz en Colombia, así como tampoco en esa carita sentida, que no se diferencia en nada a la del presidente Hugo Chávez con su olor a azufre desde el podio de orador ante la ONU, para luego terminar pidiendo al Santo Cristo de la Grita que le diera vida para seguir “jodiendo” al pueblo venezolano, cuando no supo ver que lo que estaba instaurando o sembrando en Venezuela no era ningún socialismo del siglo XXI sino el más cruento totalitarismo criollo con visos de dictadura democrática, como ya es costumbre en el hemisferio, y que se da porque esa hipocresía cumple su fin, engañar, mentir con la ayuda del hambre y las necesidades de los pueblos sin techo, de los Nadie, de los más vulnerables o como decía Facundo Cabral, de los nacidos al revés; para ostentar un poder que practica la injusticia por medio de la justicia, el abuso por medio del nepotismo y la violencia en nombre de la paz .

Sin embargo, esta frase no debe dejar de pronunciarse y sobre todo por aquellas personas o grupos que sufren o luchan contra la injusticia, como los movimientos sociales, los defensores de los derechos humanos, los activistas políticos, etc. La frase puede ser un llamado a la reflexión o a la acción, para cambiar las condiciones del mundo y sembrar justicia en lugar de injusticia.

Por último, queridos lectores no olvidemos que es la democracia no el totalitarismo la que permitirá darle luz a esta oscuridad que está viviendo el mundo y en especial los pueblos que viven bajo la bota opresora de los dictadores.

Fuente: El Regional del Zulia