Latinoamérica, la irrelevancia en la ONU, por Armando Martini

Los líderes latinoamericanos que pronuncian sus discursos anuales en la Asamblea General de las Naciones Unidas a menudo se pierden en la vastedad del edificio

@ArmandoMartini

En un ajetreado rincón de Manhattan, Nueva York, cada año, una amalgama de líderes latinoamericanos se reúne en la Asamblea General de las Naciones Unidas para pronunciar discursos, que a menudo, se pierden en la vastedad del edificio. Es difícil no preguntarse si el mundo realmente está prestando atención a lo que dicen. El tiempo que deben esperar antes de que se haga el mínimo silencio para que puedan pronunciar sus arengas parece interminable, y la asistencia diplomática se limita a la cortesía formal y protocolaria.

Los líderes de América Latina han caído en la rutina de repetir, año tras año, sus alegatos contra el imperialismo, la retórica comunista-socialista, la crisis climática y la contaminación generada por los productos vitales para sus economías: petróleo y carbón. Además, sin olvidar loas al régimen tiránico cubano, que se aferra al poder, mientras culpan a las sanciones de su crisis interna y cuyos ciudadanos, paradójicamente, emigran en busca de oportunidades y libertades que su propio país les niega.

Ir a pararse tras el podio verde es ya una inutilidad, especialmente bajo la dirección de las siempre infructuosas autoridades mundiales que suelen malgastar tiempo escuchando a fracasados.

En esta maraña repetitiva y alocuciones fastidiosas, es comprensible que los diplomáticos y líderes mundiales encuentren la ocasión propicia para el intercambio de educaciones y cortesías, más que para la toma de decisiones cruciales. Salvo excepciones como el embajador de Estados Unidos, a un paso de Washington, o los representantes de Rusia, que aún intentan infundir miedo como en la Guerra Fría, y China, que emerge como potencia; el interés luce limitado.

Desde una perspectiva pragmática, es necesario preguntarse si estas disertaciones tienen algún impacto real en planteamientos decisorios y consideraciones globales. La Casa Blanca y el Departamento de Estado, el Kremlin frente a la Plaza Roja y el complejo Zhongnanhai en China, son los verdaderos centros de poder. Lo que se dice en otros palacios y ciudades es, en última instancia, irrelevante. Quizás en algo, atraiga la atención del No. 10 de Downing Street, por la astucia inglesa o en el Elíseo debido a la antipatía francesa, pero en su mayoría, las peroratas de América Latina caen en oídos sordos.

Los interesados oídos de Cuba 

Sin embargo, existe una dinámica interesante en juego en la Asamblea General: la atención que presta la delegación cubana a la venezolana. Cuba, cuyos pícaros sátrapas maquillan y disfrazan la realidad de su país durante décadas, sigue con interés los movimientos de Venezuela. Esta última, bajo el liderazgo de Chávez y su sucesor, ha logrado convertirse en una especie de colonia con éxito, a diferencia de otros intentos.

Cuba siempre miente y nadie le cree, pero está pendiente de lo que hace y dice Venezuela. Es la única invasión cubana que ha tenido éxito tras la remota de Angola. Aquí hubo una militar anterior, pero demócratas como Betancourt y Leoni, así como valientes militares y policías que con sus vidas defendieron la soberanía, acabaron con la pretensión. La verdadera hazaña no ha sido derramar sangre, sino persuadir a figuras como Chávez, y a su camarilla de bandidos corruptos e inútiles, de que el camino hacia la riqueza y el comunismo consiste en robar con fachada ideológica. Estrategia que ha permitido a la élite gobernante cubana mantenerse en el poder y consolidar su influencia en la región.

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En última instancia, lo que realmente importa son las decisiones del Consejo de Seguridad. Órgano que tiene el poder de tomar medidas que afecten al mundo. Escuchar los regaños necios e insolentes de comediantes dirigentes es una pérdida de tiempo, a menos que se esté interesado en visitar el histórico Hotel Roosevelt, que en su día albergó diplomáticos y acomodados, pero que hoy sirve de asilo temporal para migrantes. Triste ironía que refleja las realidades cambiantes del mundo y la creciente desigualdad que persiste en América Latina y más allá.

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