Randolph Bourne, pacifista de armas (no) tomar

 

«Bourne fue la figura mítica, imprescindible, de mi generación»

                        Lewis Mumford

«Bourne, en unos ensayos de extraordinaria lucidez, advirtió contra los intelectuales que afirman que nuestra guerra es intachable y que lo que se persigue con pasión es el bien»

                        Noam Chomsky

Este librito es una bomba de alto calibre contra la guerra contra los intelectuales que en los momentos clave se unen al rebaño que canta el karaoke del poder, de los poderes; siendo además una potente dardo contra ese monstruo frío entre los monstruos fríos, el Estado, como dijese Friedrich Nietszche.

Randolph Bourne (Bloomfield, Nueva Jersey, 1886 – Nueva York, 1918) era un ser que iba contracorriente, que no se callaba a pesar de las amenazas y de los intentos de marginarle del coro de los elegidos; la parrhesía, el coraje de decir la verdad propio de los griegos, era lo suyo. Tras sus estudios, que había de compaginar con diversos trabajos para costeárselos, en los que siguió las clases del filósofo John Dewey, liberal de izquierdas, suponiendo una honda influencia en aquellos tiempos. Dos circunstancias jugaron un papel de importancia en su trayectoria: por una parte, el comienzo de la primera guerra mundial, y por otra, su cada vez mayor tendencia a ponerse del lado de los de abajo, de los oprimidos y explotados. En lo que hace a lo primero, su oposición a la participación de sus país en la guerra fue firme y desentonó con respecto a la postura de muchos de los intelectuales que habían sido amigos y compañeros de lucha, lo que supuso que las páginas de algunas de las revistas de izquierdas en las que participaba habitualmente, le cerraron las puertas a cal y canto. El silencio, se organizó en torno a él, y los insultos también, en aquellos años en que no apoyar la intervención bélica era considerado una traición, y un posicionamiento de parte del enemigo, Alemania. Respecto a lo segundo nombrado, él mismo señalaba su malformación, debido a un forceps mal aplicado en los momentos de su nacimiento, como causa de la cada vez mayor comprensión con respecto a quienes en mayor medida padecían la imposiciones del poder, y de la sociedad. De su aspecto dice John Dos Passos, en el Prefacio de libro: «Ese hombrecillo que parecía un gorrión, / pequeño trozo de carne envuelto en una capa negra, / siempre enfermo y dolorido, / puso una piedra en su honda / y golpeó a Goliat en mitad de la frente. / La guerra -escribió- es la salud del Estado». Precisamente sobre el tema de la incapacidad escribió algún texto pionero. Su muerte fue causada por una epidemia de gripe provocada por la guerra a la que se había opuesto con todas sus fuerzas; paradójico final que me trae al recuerdo la muerte de Tales de Mileto, quien tras toda su vida señalando el agua como fundamento, arjé, de lo existente, murió a causa de la hidropesía. [Antes de seguir, no quisiera dejar de lado el gran interés de cara a la presentación del autor y su obra que suponen los textos preliminares: la Nota a la edición de Salvador Cobo, editor, traductor y responsable de las notas; el prólogo, A por la tercera, de Rafael Poch-de-Feliu, además de prefacio ya mentado. Textos que sirven para presentar al autor, como queda dicho, además de situar estos textos de principios del siglo pasado, como absolutamente pertinentes en lo que hace a la guerra en curso y al ejercicio de domesticación ciudadana, prietas las filas, que supuso el tratamiento del Covid].

Estoy hablando del libro editado por Salmón: «La guerra es la salud del Estado», que reúne un par de textos de Bourne: La guerra y los intelectuales de 1917, y El Estado de 1918. Bourne fue de los pocos intelectuales que se opuso a la guerra, cuando la mayoría seguía a los tambores y las banderas, definiendo el Estado como aparato cuyo medio ideal es la guerra, ya que la llamada a la unión sagrada porque, según se dice, la patria está en peligro, tiene una indudable capacidad de enganche. Bajo las bellas proclamas, de la lucha por el bien y contra el mal –maniqueísmo que es una constante en todos los enfrentamientos que se han dado, hasta la misma actualidad de guerra interpuesta de las grandes potencias en el escenario del país ucranio-, un enfrentamiento de buenos y malos. La guerra como instrumento para extender sus garras más allá de sus fronteras, a la vez que la situación se torna propicia para luchar contra quienes se salen de las filas ordenadas del rebaño, para lo cual se recurre a leyes de excepción, convirtiendo los recortes y limitaciones de libertad en algo necesario para salvar la patria. En este primer trabajo, el pacifista denuncia las variables posturas de los intelectuales, que dejan de lado las banderas que siempre han alzado: la del pacifismo y la del internacionalismo, para unirse con los sectores más reaccionarios y seguir tras sus pendones guerreros en los que se proclama la libertad, de mercado, y la democracia de la gente bien.

En lo que hace a su visión del Estado, sus intuiciones son francamente relevantes al adelantarse a los análisis acerca de las sociedades disciplinarias de control, que tratan de poner en marcha, ya está puesto, un sistema biopolítico que someta a los ciudadanos, hasta en sus propios cuerpos como en estos últimos años han teorizado, en la senda de Michel Foucault, los Giorgio Agamben o Roberto Esposito. La industria bélica, de armamentos, es una sostén esencial en el funcionamiento de la maquinaria estatal. Con absoluto cinismo, del malo, no del propio de los seguidores de Diógenes de Sinope, proclaman aquello de si vis pacem para bellum, que es la excusa perfecta para invertir sumas, sin fondo, a estos negocios que en la actualidad, con los crecientes avances tecnológicos y científicos (lo nuclear, el uso de drones…y la búsqueda, robo, de materias primas en diferentes países), exigen mayor control policial en labores de control y vigilancia suma, que se aplican igualmente para matar más y para controlar las fronteras, y la entrada de malhechores (?), cuando de estos ya hay en el interior en cantidades amplias.

Randolph Bourne muestra una capacidad innegable a la hora de señalar la imbricación entre ambos polos como queda plasmado en este libro: la guerra y el Estado, como las necesarias caras de una moneda, lo que hace que los ensayos presentados, aun habiendo sido publicados a principios del siglo pasado, siguen conservando su actualidad y potencia, con la única diferencia del mayor desarrollo en las técnicas de domesticación redes y medios de (in)comunicación mediante, que se acompañan con dispositivos de seducción: todos emprendedores de sí mismos que dice el coreano-germano Byung-Chul Han, o aquello que dijese Noam Chomsky, y hablo de memoria, en un libro de entrevistas editado hace años, por Gedisa: si existiese un dictador fascista que fuese racional, elegiría el modelo norteamericano, un policía en cada cabeza.

Por Iñaki Urdanibia para Kaosenlared

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