Llegan los musiúes // Notas de historia empresarial venezolana

Una de las primeras consecuencias de las políticas de liberalización económica de 1810 y 1811 fue la llegada de comerciantes ingleses y sobre todo norteamericanos. En realidad, algunos ya habían comenzado a hacerlo antes, pero con la apertura de la economía venezolana al mundo –un aspecto central de la independencia que no siempre se toma lo suficientemente en cuenta– su número aumentará de forma acelerada, hasta crear a una nueva burguesía: la del musiú, comerciante, por lo general en un puerto, dedicado a la exportación de productos venezolanos, a la importación de mercancías y a funciones financieras, como el préstamo.  Los musiúes constituyeron el núcleo de una burguesía que dinamizó y modernizó la economía, generó nuevos lazos con nuevos mercados y sentó las bases de empresas que en ocasiones han durado hasta hoy. Esto no significa que fueron los únicos actores, pero sí tuvieron una importancia lo suficientemente grande como para dedicarles la última entrega de esta serie.

Negreros y harineros norteamericanos

Esta  historia comienza con las guerras de la Revolución Francesa. España, como casi todas las monarquías europeas, primero fue a la guerra contra Francia, pero una vez que es derrotada, firma la Paz de Basilea en 1795 y pasa a ser su aliada.  Esto tuvo grandes consecuencias para Venezuela.  La primera es que la parte española de Santo Domingo es cedida a Francia, pero como la parte francesa en realidad estaba controlada por la rebelión de los ex esclavos y otras personas de color, millares de dominicanos emigraron, muchos de ellos a Venezuela.  Del mismo modo, por pasar a manos francesas el arzobispado de Santo Domingo, se creó el de Caracas.  Pero más importante aún es que, al convertirse en aliada de Francia, España pasaba también a ser enemigo de Gran Bretaña, que continuó la guerra contra la república francesa.  Eso hizo que Venezuela entrara dentro de la política británica de ocupar todo el Caribe para defender sus intereses y, especialmente, evitar réplicas de rebeliones de esclavos como la de Haití.  Las costas venezolanas fueron bloqueadas, Trinidad fue ocupada en 1797, para quedarse en manos inglesas un siglo y medio; y varios puntos del Oriente del país sufrieron ataques de la Royal Navy, que en ocasiones resultaron simples incursiones de pillaje, pero en los que comenzaron a entrenarse en la guerra algunos jóvenes milicianos, como Juan Bautista Arismendi.  La economía se vio seriamente afectada al prácticamente paralizarse el comercio de exportación e importación, lo que es otra variable que no suele considerarse a la hora de entender la decisión de la elite de declarar la independencia, especialmente de la oriental.

Es ese momento de desesperación, con las rutas casi cortadas con España, con los ingleses ocupando todo a nuestro alrededor  –Trinidad, Berbice, y muy pronto Curazao, Santa Lucía y Guadalupe– que las autoridades voltean hacia el único país neutral con el que había opciones para comerciar: Estados Unidos.  Los comerciantes norteamericanos ya estaban sacando provecho de esta situación, vendiéndole a todos los bandos, y en Venezuela hallaron un mercado ávido de dos de sus mercancías: harina de trigo y esclavos.  Como el cacao no parecía interesarles especialmente, al menos no como tradicionalmente se interesaban los mexicanos y los españoles, los norteamericanos se centraron en otro producto local: el tabaco.  Vender harinas y esclavos, y comprar cacao, se convirtió así en un negocio enorme, en el que se armó una gran trama de intereses políticos y económicos.

El sistema fue el siguiente: las autoridades entraban en contacto con ciertos comerciantes, a quienes les daban un trato privilegiado para introducir sus mercancías (y no es improbable que a cambio de eso, recibieran algún beneficio).  Uno de estos comerciantes privilegiados fue William Davis Robinson, de Filadelfia, tal vez el primero de los grandes hombres de negocio norteamericanos que hallamos en nuestra historia. Muy cercano al Intendente Esteban Fernández de León (hermano del Marqués de Casa León). Robinson vendió nada menos que 626 esclavos en La Guaira entre 1799 y 1804. Esto implicaba un negocio de más de ciento ochenta mil pesos, si calculamos que cada esclavo podría costar alrededor de trecientos pesos.  Tan bien le fue con este negocio, que llegó a soñar con recibir un asiento (monopolio) como el que tuvo a principios de siglo la Compañía de los Mares del Sur, pero algo tan rentable llamó la atención de los diplomáticos españoles en Estados Unidos, que consideraron que eran ellos, y no los funcionarios de Caracas, los que debían otorgar los privilegios, desatándose una verdadera lucha que al final afectó a Robinson, más allá de que Fernández de León logró mantener el control de las operaciones.

De un modo u otro, Estados Unidos exportó, o en todo casos sus comerciantes vendieron, la exorbitante cifra de 2.343 esclavos a Venezuela entre 1799 y 1804[1]. Si estos esclavos venían de plantaciones estadounidenses, constituyeron la primera ola migratoria norteamericana a Venezuela.  La cifra, además, demuestra varias cosas: por ejemplo, que es mentira que la esclavitud estaba en decadencia antes de la independencia; que también es mentira eso de que Venezuela era una “provincia pobre”; y que para aquel momento, en cuanto mercado esclavista, Venezuela era más importante que Cuba, tal como habían diseñado los funcionarios españoles, como Francisco Saavedra, que ensayaron en ella lo que décadas después implementaron en las Antillas.   Otra variable que no suele decirse, es que los venezolanos de 1811 declararon la independencia precisamente por la bonanza que vivían y que, comprensiblemente, consideraron podía mejorar si sacaban del medio a Madrid o los diplomáticos de Madrid en Filadelfia.

En 1809 cuando la Junta Central trató de limitar el comercio con los comerciantes extranjeros en los puertos de San Agustín (Florida), San Juan de Puerto Rico, La Habana, La Guaira y Maracaibo, las autoridades de Venezuela simplemente hicieron caso omiso. Fue la época en la que comenzó su ascenso uno de los grandes hombres de negocio de la época de la independencia, Gerardo Patrullo (c.1770-¿?), un comerciante vasco de La Guaira, que rápidamente entró en contacto con hombres de negocio de Nueva Inglaterra y Nueva York para importar mercancías.  Patrullo se convertirá en una figura financiera clave tanto de los gobiernos de Miranda como de Monteverde.  En 1815 obtuvo uno de los mejores negocios posibles en aquel momento: abastecedor del Ejército Expedicionario de Costafirme.  Después de Carabobo, no obstante, sus bienes fueron confiscados y, presumiblemente, salió al exilio.

Pero el camino abierto por Fernández León y Patrullo con los comerciantes norteamericanos había quedado irremisiblemente abierto.   Sólo en 1809 el comercio de La Guaira con EEUU fue de un millón doscientos mil pesos[2].   Cuando después del 19 de abril de 1810 se abrieron completamente los puertos e incluso se enviaron dos emisarios a Estados Unidos –Telésforo Orea, un comerciante canario, y Juan Vicente Bolívar, hermano de Simón- los hombres de negocio norteamericanos dieron un paso más, y comenzaron a establecerse en Venezuela.  Tales fueron los casos de Philip De Peyster, Gilbert Shotwell, Timothy Phelps y Samuel Helms[iii].  Tan buenas fueron las relaciones, que el Congreso de Estados Unidos promovió lo que hoy llamaríamos ayuda humanitaria para auxiliar a los venezolanos afectados por el terremoto del 26 de marzo de 1812: cincuenta mil pesos en harina, maíz y arroz[iv].  Pero la república colapsó en 1812.  El nuevo gobierno realista encabezado por Domingo Monteverde entre las primeras cosas que hizo fue confiscar las mercancías (incluyendo la donación para los afectados por el terremoto) y expulsó a los comerciantes norteamericanos.  ¿Es extraño que Monteverde perteneciera a una familia con negocios en Venezuela, asociada a la exportación de harina desde España? ¿Puede asombrarnos que, según parece, los harineros españoles lo hayan apoyado en su Reconquista, como la llamó?

John Boulton. Autor desconocido

El surgimiento de las casas comerciales

Con todo, no sería un norteamericano sino inglés, el primero de los comerciantes musiúes en hacerse muy importante en Venezuela: John Alderson (c.1785-d.1846).  Desde Trinidad llegó a La Guaira en 1811 y participa en el negocio de la importación de trigo desde Baltimore.  Debiendo salir en 1812, retornó en 1814, cuando Bolívar gobernaba Caracas, para volver a marcharse al caer nuevamente la república.  En 1817 está de al lado del Libertador en Angostura, ahora con un cargo similar al de Patrullo, pero en el bando patriota: abastecedor del Ejército.  Eso debió decidirlo a establecerse en Venezuela cuando la república triunfó.  En 1824 arrendó en los alrededores de Caracas una hacienda a la que, según se cuenta, bautizó “Belmount”, en homenaje a su hija Isabel: el mote de Bel, como la llamaba cariñosamente.   Los caraqueños decidieron traducir el nombre a su modo, llamándola “Bello Monte”, como aún se conoce a la urbanización modernista de mediados del siglo XX que se erige en aquello espacios.  En ella hizo algo trascendental: produjo por primera vez ron en Venezuela[5].  Bello Monte será una importante hacienda de caña de azúcar hasta su urbanización.  A inicios del siglo XX había una marca “Ron Bellomonte”, probablemente producido en la zona.  No hay indicios que permitan relacionar esta marca con la producción de Alderson, aunque sí es probable que en la zona no dejara nunca de producirse ron por un siglo.

Al igual que Alderson, en la década de 1820 llegaron muchos más europeos y norteamericanos atraídos por la apertura del mercado que propició Colombia. Las repúblicas independientes eran un mercado por conquistar, en el que vieron oportunidades muchas casas comerciales europeos, que mandaron agentes a explorarlo; o muchos comerciantes o sus empleados que ya estaban en el Caribe y decidían independizarse.  También lo hicieron inmigrantes que llegaron por cuenta propia a probar fortuna –son los años en los que Europa es la gran fuente de emigrantes por el mundo- o encontrarse con familiares.

Muy pronto algunos vienen ya contratados por inmigrantes ya establecidos, o son traídos para contraer matrimonios.  Estos musiúes, que llamaban la atención por sus acentos, por su aspecto (eran, por ejemplo, muy rubios y se ponían muy rojos por el sol) o incluso, en algunos casos, por no ser católicos, lo que no dejó de generar escándolo, serán la base de colonias que con los años se harán muy importantes –alemanes en Maracaibo y Puerto Cabello, holandeses sefarditas en Coro, ingleses en La Guaira, corsos en Carúpano– y sentarán las bases de una burguesía nueva, muy importante a finales de siglo e inicios del XX.  Valga acá una larga cita de la historiadora Catalina Banko, una de las mayores expertas en el tema:

Progresivamente, en la medida que se logra la pacificación de Venezuela, la ciudad de Caracas y el puerto de La Guaira se convierten nuevamente en el centro económico del país y en foco para los comerciantes extranjeros, tanto para los que anteriormente  habían actuado en Angostura, como para los recién llegados del exterior, quienes instalan sus casas mercantiles en los puntos mencionados.  Entre los comerciantes que se establecen en Caracas y en La Guaira en el transcurso de la década de los veinte destacamos a los siguientes:

Británicos: William Ackers, John Alderson, William Anderson, James Egan, Charles Hurry, William C. Jones, Henry Josep Lord, Elías Mocatta, Miguel y Lorenzo O’Callagham, George Ward, etc.

Alemanes: Georg Gramlich, Carlos Förste, Juan Haycken, Federico Brandt, Christian F. Overmann, Gottlob B. Sprotto, Johann F. Strohm, A, Tedtsen, Gustavo Julio Vollmer, etc.

Norteamericanos: John Dallett, Samuel Forsyth, John M. Foster, Robert K. Lowry, Edourd W. Robinson, H. Toler, Juan A. Warrignton, etc.

Franceses: Francisco X. Fleury, J.R. Lafitté, Pedro F. Mathieu, Mateo Pascal, etc.

Holandeses: Samuel Hoheb, Aaron Méndez Monsanto, Henry G. Schimmel, etc.

Daneses: David H. Julien, Leopold Meister, etc.

Genoveses: Alberto, Francisco y Juan Zérega, etc.[6]

Los musiús, se convirtieron en bisagras entre la economía local y el mercado global, fundaron empresas de importación y exportación son conocidas por la historiografía como casas comerciales. En 1821, un valenciano (de la Valencia venezolana, porque también hay venezolanos en este grupo), es electo munícipe en Caracas, Juan Nepomuceno Chaves. En la reorganización del municipio después de su incorporación a Colombia, este comerciante treintañero, que se las había arreglado para enriquecerse durante la guerra, descuella como una figura prometedora.  Pronto tendrá una de las fortunas más grandes del país, convirtiéndose en un financiero y filántropo famoso.  En 1824 se establece en Coro un curazoleño, David Hoheb.  Es, para más señas, judío.  Pero como la república está aceptando inmigrantes protestantes, hay también un clima de tolerancia para los judíos. Desde siempre hubo relaciones comerciales con los judíos de Curazao, pero ahora podían ser abiertas, legales.  Pronto se une otro judío, Jospeh Curiel.   Será el inicio de una de las comunidades hebreas más importantes del Caribe, con una enorme influencia en la vida venezolana[7]. Ese mismo 1824 desembarca en La Guaira Robert Stephenson, nada menos que el hijo de George Stephenson, el inventor de las locomotoras.  Venía con su título de ingeniero y muchos planes por poner en práctica el nuevo invento en la Gran Colombia.

En 1826 arribó a La Guaira un joven de Lancashire, John Boulton.  Su tío tenía negocios en Cartagena, y seguramente por él se enteró que en otro puerto grancolombiano había oportunidades, que  decidió aprovechar.  Ese año ya fleta un buque en Estados Unidos para importar harina (como veremos, entonces uno de los grandes productos a comercializar) y otras mercancías desde Estados Unidos.  La casa Boulton se convertirá en la más importante de Venezuela durante el siglo XIX.  En el mismo 1826 llega otro joven, este hamburgués, el ya nombrado Gustav Julius Vollmer.  También esperaba aprovechar el comercio que se abría con la nueva república independiente, y en el que su Hamburgo natal pronto adquiriría un rol protagónico.  Sin embargo, la vida lo puso en la ruta de plantador de caña y, en breve, productor célebre de licor. En 1829 llegó a Angostura otro comerciante alemán, Georg Blohm, que abrirá una casa comercial que aún hoy es uno de los grandes conglomerados empresariales de Venezuela.

No obstante a escala global, la farmacia que el Dr. Johann Gottlieb Benjamin Siegert (1796-1870) estableció en Angostura en por la misma época, tendrá mucho mayor impacto: en 1824 comenzó a preparar un brebaje para los mareados de la navegación por el Orinoco que sus descendientes lograrían convertir en una marca mundialmente famosa, el Amargo de Angostura[8].  Es un caso –es verdad, extremo- de cómo esta nueva clase de comerciantes rápidamente asumieron el liderazgo de las nuevas reglas del juego en la sociedad venezolana. No obstante, por lo rica e importante de esta historia, merece su desarrollo en un texto propio. La próxima serie abrirá con él.

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Notas:

[1] Un estudio clásico sobre el tema: Isidoro Aizenberg, La comunidad judía de Coro 1824-1900, Caracas, s/n, 1983

[2] Edward P. Pompeian, Sustaining Empire.  Venezuela´s trade with the United States during the Age of Revolutions 1797-1828, Baltimore, Johns Hopkins University Press, 2022, p. 88

[3] Ibídem, p. 163

[4] Ibd., p. 173

[5] Ibd., p. 182

[6] José Ángel Rodríguez, La historia de la caña. Azúcares, aguardientes y rones en Venezuela, Caracas, Alfadil, 2005, p. 65

[7] Catalina Banko, El capital comercial en La Guaira y Caracas (1821-1848), Caracas, Academia Nacional de la Historia, 1990, pp. 47-48

[8]Véase: Rolf Walter, Los alemanes en Venezuela, Caracas, Asociación Cultural Humboldt, 1985; y la web del Angostura Bitters: (Consultada el 1° de noviembre de 2018).

Fuente