Opinión

Lissette Gónzalez: “No te queda más remedio que ver cómo sobrevives”

En un acto de valor, pero también de serenidad y profunda reflexión, Lissette González* ha escrito un libro cuyo título es “Mi padre el aviador” (Editorial Dahbar). Se trata de la detención de Rodolfo González en el Helicoide. De la perversión de un sistema de justicia que en el pasado se ensañaba contra la población carcelaria y ahora añade a los presos políticos. El poder se encarga de señalar quién va preso y bajo qué cargos. Del retraso procesal, de la falta de fiscales que investiguen, de la suspensión de las audiencias y de la falta de garantías, se encarga la administración de justicia.

En ese laberinto, Lissette González acompañó a su padre, quien se quitó la vida. ¿Su último momento de libertad? ¿O el acto supremo de rebelarse? Y, sin embargo, Lissette ha descartado el resentimiento, o la venganza, como fórmula para superar una pérdida tan difícil de sobrellevar. La defensa de los Derechos Humanos, la búsqueda de justicia, no repetición y reparación a las víctimas es la meta que la mantiene en pie, comprometida con una salida pacífica, electoral y constitucional al conflicto político que nos mantiene en crisis permanente durante 25 años.

¿En qué momento pensó que tenía que escribir este libro?

No hay una fecha exacta, pero estando mi papá en la cárcel; pensé: esto tengo que contarlo. Esa inquietud estuvo allí durante mucho tiempo. ¿Cuándo? Cuando me jubile, cuando tenga tiempo, porque la vida laboral es muy exigente. La oportunidad surgió con la pandemia. No tenía que llevar a los muchachos al colegio, no tenía que dar clase, ni perder horas en el tránsito de Caracas. Además, me anoté en un taller de escritura y eso me sirvió para adentrarme en el proceso creativo. Me animé y empecé a escribir.

Si me pidieran que hiciera un retrato hablado con las claves que hay en tu libro, no podría dibujarlo. Su figura no está definida del todo. Es elusiva. Quizás borrosa.

Tenía un dilema, pensaba dedicarle un capítulo solo a la figura de mi padre. Me parecía necesario presentar al personaje, no solamente la parte referida a la detención y su muerte. Había mucha información, pero mi pregunta era ¿Realmente esto interesa? Tampoco me gustó como estaba quedando. Finalmente, lo borré y tomé la decisión de conectar su vida a los días que pasó en prisión. Hay una suerte de flash back entre elementos de su vida y la rutina de la cárcel. Ciertamente, no quedó una figura definida de él y la que había escrito la tiré a la basura.

Lo que sí noté fue lo más parecido a un reclamo, una especie de inconformidad. No fue un buen esposo, descuidado con el dinero y quizás ausente en algunos momentos.

Efectivamente, hay un reclamo. Pero yo creo que esa descripción de mi papá: fiestero, mujeriego… es muy característica de su generación. Sus amigos eran todos igualitos. Salvo uno, que salía con su esposa o se quedaba en casa. Era el bicho raro de la camada. Sí, hay una aproximación cultural, generacional, de lo que mi papá era. Vivir en familia no es fácil. Creo que eso nos pasa a todos. Pero hay algo que yo valoro muchísimo. Mi papá fue muy respetuoso de las decisiones que yo tomé. Y eso no ocurría con varios de mis amigos. Uno quería estudiar música, no lo dejaron. Otro quería estudiar Letras y terminó en Derecho. A mí, en mi casa, nadie me dijo: No puedes estudiar sociología, no puedes irte a hacer un posgrado. Eso no pasó.

Abordas un momento político, el año 2014, al que no llegamos por casualidad. ¿La visión que tenías sobre la tragedia que estamos viviendo ya era diferente a la que tenía tu papá?

Sí, esas diferencias las podemos rastrear incluso, a comienzos de 2002. La duda que yo tenía era sobre la eficacia política que podía tener el hecho, por ejemplo, de montar un campamento militar en la Plaza Altamira. O hacer una huelga de hambre frente al PNUD. En términos de conseguir objetivos, ¿Qué logras con ese tipo de acciones? Creo que ninguno, como de hecho ocurrió. Quizás la tarea central de los partidos políticos debió ser llamar a los nuevos votantes a inscribirse en el Registro Electoral y organizarnos —contar con los testigos de mesa— para ir a votar, porque había que ganar la Asamblea. Se ganó, pero los resultados nos sorprendieron a todos. Diez años más tarde, hoy en día, ¿Valdría la pena llamar a que la gente vote masivamente, cuando ya vimos que a la Asamblea Nacional se le impidió ejercer sus funciones, sus competencias; cuando se quiere impedir que la candidata que ganó en buena lid las primarias participe en la elección presidencial? Lo que hemos visto a partir de 2015 es que las posibilidades del juego político son cada vez menores. Quizás mi visión, en este momento, pudiera ser más crítica sobre la ruta pacífica y electoral, pero nada de eso había pasado en 2014.

La pregunta que subyace, luego de las protestas de 2014 y 2017, es si todo ese esfuerzo valió la pena.

Yo creo que no. Todo el sufrimiento causado por los cientos de personas asesinadas, por los miles de detenidos, por las personas torturadas y no se ganó nada. A menos que tu evaluación de lo que se ganó, por ejemplo, sea que ahora la gente crea que Nicolás Maduro es un dictador, después de 2014 o 2017. ¿Qué ganas logrando que esa sea la etiqueta? Por eso en el libro uso, en varias ocasiones, la metáfora de la instrumentalización de la gente en las protestas. Al final, de verdad me cuesta creer, que un líder político haya pensado que podía tumbar el gobierno con las protestas. Quizás en un principio, pero con el paso de los días era evidente que no.

Sobre todo, en 2017.

En 2017 la oposición logró el reconocimiento internacional que había perdido, a raíz del golpe de Carmona Estanga (2002). Entonces, esto es una dictadura, nos estamos oponiendo y miren como nos reprimen y nos matan. Eso fue lo único que se logró. ¿Para eso impulsaste unas manifestaciones que no tenían ninguna posibilidad de lograr un cambio político? A mí me parece que no es correcto, que no es ético.

Yo creo que en Venezuela hay una necesidad de descalificar al otro. Aclaro, no estoy hablando solo del chavismo, sino de la cultura política de los venezolanos. Hubo personas que se manifestaron opuestas a las protestas en las calles, eso significó para ellas el ostracismo. Entonces, ¿Tenemos aprecio por las opiniones distintas? ¿Por el que piensa diferente? ¿Por eso que llaman la pluralidad?

Yo creo que no, en este contexto polarizado —aunque haya gente que afirme que tal cosa se acabó—, la crítica se percibe como una amenaza, como una sospecha… porque alguien te pagó, esa mirada siempre ha estado presente y lo he vivido en carne propia. En el debate de la oposición, por ejemplo, manifesté mis críticas en tuiter, porque las preguntas eran, una vez más, ¿Cómo catalogaría usted este régimen? Ninguno de los candidatos que estaban allí, tampoco Capriles o Rosales, han calificado al gobierno de Maduro como una democracia, nunca lo han hecho. Entonces, ¿Por qué la duda? ¿Por qué esa obsesión en la opinión pública? ¿Por qué necesitamos consenso alrededor de ese tema cuando hay cosas, en mi opinión, de mayor interés, digamos, la crisis de la educación pública o cómo vamos a recuperar el poder de compra de los salarios para que la gente no viva en la pobreza? A mí ese debate no me ayudó a discernir por quién iba a votar.

Me queda claro cuál era su posición política y cuáles eran las divergencias que tenía con su padre. Vamos al capítulo cuando a él lo detienen. Lo encabeza con una cita de El Proceso, la novela de Kafka. No es otra cosa que el preámbulo de lo que viene, un laberinto en el sistema de justicia, el peso que significa la ausencia del estado de derecho, la crueldad con la que puede actuar el poder. Un silencio abrumador. Sí, también es La Metamorfosis, la otra novela de Kafka. El individuo constreñido por la telaraña de una vida sumergida.

Quizás en el 2017 fue distinto. En 2014 no había Comité de Defensa de los presos políticos. Aún hoy, no nos hemos organizado para luchar contra condiciones de reclusión tan severas o de procesos judiciales viciados. Cada quien lo ha ido enfrentando como ha podido. Otros con apoyo de organizaciones de Derechos Humanos, —Cofavic, Justicia Encuentro y Perdón o el Foro Penal, entre otros—, pero en general ha sido todo muy solitario. En el caso de mi papá, pudiera ser comprensible. Él no era miembro de un sindicato, ni militante de un partido político. No tenía el respaldo de ninguna organización. Pero tampoco lo vi, en 2014, entre los jóvenes que cayeron presos y luego fueron electos diputados. No había —ni hay, agregaría quien esto escribe— dispositivos de seguridad para ellos. Es una situación muy difícil de juzgar. Pero sí. Siento que muchos enfrentaron la represión muy solos.

La inmersión en el sistema de justicia marca un recorrido que realmente es tenebroso. Tan tenebroso como puede resultarnos la imagen del Helicoide, el lugar de detención de su padre. Creo que nunca lo llevaron a juicio.

No. El juicio no había empezado cuando él murió. A pesar de que estuvo preso casi un año.

¿Por qué uno no termina de salir de ese laberinto? ¿Cuál sería la razón que explicaría esa ausencia de justicia?

Nuestro sistema de justicia ya era malo antes de que Hugo Chávez llegara al poder. Ya conocíamos el retardo procesal. Personas detenidas que no fueron llevadas a juicio seguían en la cárcel, sin sentencia. Mi conclusión era que nuestro sistema penal era una catástrofe. Pero que a nadie le importaba especialmente. Total, son los malandros, son los pobres, son delincuentes los que sufren eso. No nos importó como sociedad. Los Derechos Humanos de la población carcelaria se violaban masivamente. ¿Qué creo yo? Que hay todo un dispositivo del maltrato al preso y a la familia que ya existía y funcionaba aceitadamente bien. Entonces, un gobierno autoritario encontró el camino despejado. Ya el dispositivo de represión y maltrato no se aplicaría solamente a los malandros, asesinos, drogadictos y ladrones, sino a la gente opositora. No había que inventar nada. Salvo, quizás, extenderlo a otra población. Y tener otros centros de detención, como la DGCIM y el SEBIN, donde no hay presos comunes.

No comparto esa opinión. Cuando leí Retén de Catia, un libro que se escribió en los años 70, me causó pavor, una imagen violenta, muy injusta, pero la de tu libro no palidece. Se acentúa. Y, además, tiene otra connotación, de la cual nos habla el epígrafe de Kafka.

Claro, el asunto es la parcialización del sistema judicial. Eso es lo nuevo. Que un presidente, un presidente de la Asamblea Nacional o un fiscal anuncie… vamos a meter preso a Federico de los Palotes y lo acusen de lo que sea. Es decir, usar el sistema de justicia como herramienta política. Judicializar la política. Pero una vez que te hacen preso, entras a la realidad carcelaria y a la incapacidad del sistema judicial de llevar adelante ningún juicio o fiscales suficientes que investiguen los supuestos delitos que te atribuyen. Ahí conoces las penurias que viven los presos en Venezuela. La lentitud. Los maltratos. Las violaciones a tus derechos. Lo nuevo es que el poder puede decir: vamos a meter preso a Rodolfo González o a Leopoldo López o a Fernando Albán o Rocío San Miguel. Para hablar de un caso más reciente.

Lissette Gónzalez retratada por Alfredo Lasry | RMTF

La herramienta de aterrorizar a una persona, al ofrecerle por cárcel El Rodeo —no las celdas que vimos recientemente en un video, sino los pabellones de los presos comunes—, y conforme ustedes van constatando que no hay fiscales, que los tribunales no deciden, que las audiencias se suspenden, en tu libro o más bien en tu testimonio, hay una sensación de impotencia tan profunda, que además es la impotencia de Rodolfo González, misma que lo llevó a tomar la decisión que tomó. ¿Qué reflexión harías alrededor de la etapa final de lo que podríamos llamar El Proceso, de la certeza de que no va a haber justicia?

Yo creo que esa certeza la tuve cuando se acabó la audiencia preliminar. Nos habían recomendado quedarnos callados, mantener el bajo perfil para no armar escándalos, para que no fuera tan costoso para un juez declarar casa por cárcel o una medida menos gravosa. Ahora puedo decir que seguir esa recomendación fue un error y no se la daría a ningún familiar de ningún preso político. Mi sugerencia es: No hagan lo que yo hice. Denuncien siempre desde el principio. Pasamos unos meses en silencio. Tampoco es que los medios nos buscaron y yo me escondí. Yo me aprendí el proceso penal. Primero es la audiencia de presentación, que debe realizarse antes de 48 horas de la detención. Ahí te formulan los cargos y te dicen si continúas detenido o no. Esos cargos los tiene que ratificar el tribunal de control en la audiencia preliminar. Ahí el juez determina si hay evidencia suficiente para que el caso pase a juicio o se archiva la causa o se sobreseen los cargos. En esa audiencia preliminar, que ha debido ocurrir a los 45 días, pero ocurrió a los seis meses, ahí es cuando llego a la conclusión de que no va a pasar otra cosa sino lo que está pasando. En ese momento pensé: No va a haber justicia. Ahí, tardíamente, empecé a escribir sobre el caso. En general, te diría que antes y después de la audiencia preliminar uno estaba como en automático. Las visitas, las comidas, las medicinas, las audiencias, no hay capacidad para elaborar lo que te está pasando. Tienes que resolver lo que tu familiar preso necesita y tú seguir viviendo.

¿No radica ahí la impotencia frente al poder?

Sí, claro. No tienes otra salida, no te queda más remedio, que ver cómo sobrevives ahí. O decidir morirte, que fue lo que hizo mi papá.

El problema para el Estado venezolano es que una vez que las autoridades detienen a una persona, es el Estado el responsable de la vida de esa persona. Sin embargo, pasó lo que pasó y seguimos esperando. Es decir, esto continúa.

Ha habido muertes de otros presos políticos. Casos como el de Fernando Albán, que a mí me sobrecoge. A los dos o tres días de estar preso, ahí mismo se suicidó —según la primera versión del Ministerio Público—. Otro caso que me conmovió profundamente fue la muerte del general Raúl Isaías Baduel. Enfermo, presuntamente operado con negligencia y que muera en los brazos de su hijo. Las muertes de presos políticos no han dejado de ocurrir. Y eso es lo que quiero enfatizar. El Estado no asume su responsabilidad y tampoco investiga.

Esto continua. ¿De qué manera?

Una vez que se publicó el libro, me contactó la que fue fiscal de la causa. Me tuve que preparar para esa conversación, porque de lo que podía enterarme quizás fuera más dramático de lo que ya yo sabía. Esa fiscal está hoy en el exilio. Un poco su relato fue de cómo fue obstruida en sus intentos de investigar, o cómo las diligencias que ella hizo para recabar evidencias, por ejemplo, los videos en el Sebin, no se los hacían llegar. Finalmente, a ella la retiran de ese caso y el fiscal siguiente lo archivó.

En la presentación de su libro planteó un dilema ¿Qué hacer para que esta terrible pérdida no alimente el rencor o la venganza?

Lo que me ha servido para no quedarme enganchada en el resentimiento o la venganza es tener como meta central la no repetición, la justicia y la reparación a las víctimas de todos los presos políticos. De lo contrario corres el riesgo de no ser víctima sino victimario. De convertirte en un futuro verdugo. Entonces, la defensa de los Derechos Humanos y la posibilidad de generar garantías para que esto no se repita es el camino que a mí me sirvió.

***

*Licenciada en Sociología por la Universidad Católica Andrés Bello (Caracas, Venezuela) y Doctora en Sociología (Universidad de Deusto, Bilbao, España). Encargada de proyectos de la ONG Provea.

Fuente