Opinión

Lea acá “Comunicarse cuesta 6 milésimas de oro”, un capítulo de “Canaima de carne y huesos”, el más reciente libro de Jesús Piñero y Valeria Pedicini

A continuación publicamos un capítulo del más reciente libro de Jesús Piñero y Valeria Pedicini, titulado «Canaima de carne y huesos» y editado por Editorial Dahbar.

Sentada bajo un pequeño árbol de limón en el patio de su casa, vestigio de aquel conuco que tuvo que improvisar con su familia durante la pandemia para poder subsistir a la falta de turistas, Diana Bigott atiende a la mayoría de sus clientes, los vecinos de Canaima que desean por diferentes razones conectarse a Internet.

“Me das una hora, por favor” —dice uno de ellos, mientras saca un paquetico de papel que envuelve unos granos valiosos y diminutos: son seis milésimas de oro.

Diana se los acerca a sus ojos, los revisa, y cuando corrobora que son reales, le ordena a alguien de la casa que habilite un usuario y una clave por una hora.

Ella es una de las pocas proveedoras de Internet en Canaima, donde dos de las tres líneas telefónicas de Venezuela no tienen señal y la única manera de mantenerse comunicado es a través de la conexión satelital, gracias a unos enormes paneles solares que Diana tiene en el techo de su casa, su mayor inversión en esta época. Gracias a eso, cuando se va la luz, es de las pocas que puede seguir trabajando con normalidad.

La idea se le ocurrió mientras trabajaba en uno de los campamentos y tenía que estar encargada de las comunicaciones cuando había alguna emergencia, como por ejemplo la mordedura de una serpiente y la urgente búsqueda de suero antiofídico como le pasó una vez. Esa necesidad

de mantenerse conectada y pendiente de lo que pasaba la llevó no solo a comprender la importancia de estar en contacto con el mundo exterior, sino también a conocer a las empresas proveedoras del servicio de Internet contratadas por los diferentes campamentos.

La inversión le ha permitido surfear la asfixia económica de los últimos años, pues la gente siempre necesita comunicarse con personas fuera de Canaima y requieren de sus servicios. El valor mínimo de ese contacto es de 6 milésimas de oro, equivalentes a 2 dólares estadounidenses, ya que el gramo redondea los 40.

“Vivo de eso, no tan bien como quisiera, pero sí mejor que en aquellos años de 2017 y 2018, cuando no había nada y teníamos que improvisar con el conuco. Esos años sí fueron horribles, mucha gente se vio obligada a irse a trabajar en las minas, pero ese es un trabajo peligroso, muy arriesgado, y más para nosotras las mujeres. Lo mejor para mí era quedarse tranquila y ver cómo resolvíamos aquí. Yo tengo un niño, que en unos años será adolescente y quiero estar pendiente de su crecimiento, ahorita está aprendiendo inglés y estudiando”, dice.

La vida en el pueblo también tenía sus riesgos. Que tú y los tuyos pasen hambre, por ejemplo. Que no puedas mantenerlos.

El resuelve de Diana fue el conuco. No había muchas más opciones, el turismo también se redujo en aquellos años. Sembraban poco pero suficiente como para cambiarlo por más comida: si le llevaban casabe, ella daba un kilo de arroz. Si era bastante casabe, daba un pollo.

También hubo caza indiscriminada de animales y pesca, pero eso era selva adentro, Carrao arriba, porque en el pueblo no hay. Las bolsas del CLAP que entregaba el gobierno más nunca llegaron; tampoco preguntaron por ellas. Y así se las ingeniaron para salir adelante. Juntos, poco a poco. ¿Suena difícil? Una cosa es decirlo y otra es vivirlo, asegura Diana.

Aun así, Diana se sentía bien. No tan bien como ella quería, pero bien. Estudió y no salió embarazada siendo joven. Una rareza, porque sus paisanas, como las llama, salen con una barriga a los 12, 13 o 14 años. Cuando llegan a los 20 ya tienen más hijos. Ella no quiso eso. Ella salió de Canaima, trabajó, ahorró. Entendió que no le hacía falta un hombre para salir adelante. Ella, cuando quiso, se enamoró y salió embarazada. Ella tiene 34 años y su hijo tiene 6. Es madre soltera, pero no le hace falta nada. A su hijo tampoco, dice. A Dios gracias.

Fotografía de Christian Lazo

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Al oro llegaron empujados por la crisis económica: el bolívar empezó a perder valor, a volverse sal y agua. Así que, convencidos de que el oro no tiene fronteras, la misma gente lo adoptó como su moneda. Como sucede con cualquier cambio drástico, al principio la adaptación no fue fácil, por más que, directa o indirectamente, muchos estuvieran vinculados con la minería.

A Diana, por ejemplo, le costó entender que hay varios tipos de oro, que no todos son amarillos y brillantes como uno cree. Ahora lo explica con aires de veteranía: “Uno tiene que ver bien el oro, porque dependiendo del color se sabe su tipo, el verdecito es el que vale menos”. Dice haberlo aprendido de una persona que trabaja con ella, quien además le enseñó a pesarlo y a conocer su equivalencia, porque en la ciudad vale más.

Es por eso que ahora sabe que en Canaima las reglas del mercado son distintas: no es la oferta y la demanda, sino unos turcos a los que Diana prefiere no ponerles nombres, los que deciden a su conveniencia cuánto vale el oro. Cuando les interesa, suben el precio; cuando no, baja. De todas maneras, solo hay algo seguro: en la ciudad, en Puerto Ordaz, en Caracas, por allá, vale más.

Aunque se trata de una zona donde el turismo representa la principal fuente de trabajo, y por consiguiente en el pasado proliferaron pagos en distintas divisas, el aumento de las transacciones en dólares dentro de la comunidad empezó a normalizarse en 2018, al mismo tiempo que ocurría en el resto del país. Hasta entonces, el oro era la moneda predilecta en las actividades económicas diarias.

Fotografía de Christian Lazo

Diana cuenta que inicialmente muchos se resistían al uso de los dólares, por la desconfianza acerca del origen de los billetes, su valor real y el estado de deterioro en el que se encontraban. Ella misma era una de las que exigía sus pagos en oro. Sin embargo, eso también les complicaba la vida, no todos tenían acceso al oro y además había que estar pendiente de que los gramos no se extraviaran. Aunque se aseguraba de cuidarlos bien, un día su perro se los tragó.

“Mi perro una vez se comió dos gramas, 80 dólares. Las teníamos envueltas en una bolsita de galletas y el perro se las comió. Tuvimos que buscarlas en su pupú y las recuperamos. Luego empezamos a tener más cuidado con eso, las guardábamos en estas bolsitas transparentes, tipo Ziploc, bien lejos del perro”, cuenta.

Hablar de transferencias, por otra parte, es como hablar en otro idioma: esas son en bolívares y en Canaima eso prácticamente ya no existe. La única sede del Banco de Venezuela, cerca del Campamento Canaima, está abandonada, llena de polvo y monte porque ya nadie recibe bolívares. No siempre fue así. Diana todavía recuerda que hubo una época en la que el cajero automático daba efectivo y había señal Movilnet para realizar transferencias y pago por puntos de venta. Eso fue antes de que llegara el oro y los dólares en efectivo.

Los vecinos pagan en oro, los turistas en dólares.

Fotografía de Christian Lazo

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Además de su hijo, actualmente Diana vive con su papá y sus hermanos. No hace mucho tiempo eran más: su mamá falleció a principios de 2022 por Covid-19, poco después de que llegaran los turistas y regaran el virus.

Diana también se contagió. De hecho, todos en Canaima se contagiaron. O al menos eso cree ella. Por eso cuando propusieron abrirle las puertas al turismo nuevamente en 2021, Diana y su familia se opusieron. Su mamá, sin embargo, no murió en Canaima. Cuando se contagió la llevaron al ambulatorio del pueblo, pero apenas tenían equipos para atenderla, luego de unos días debieron sacarla de emergencia.

“A ese ambulatorio le falta mucho, deberían equipar más porque vivimos aislados del país. Y esto no lo digo por lo de mi mamá, porque nosotros tenemos a familiares afuera, en Puerto Ordaz o mis abuelos viven en Ciudad Bolívar, lo digo porque aquí vive mucha gente que no tiene esa suerte y cuando los mandan con algún familiar enfermo, les toca dormir en el hospital. Y para una persona que vive prácticamente aislada en Canaima se le hace difícil manejarse en la ciudad”, asegura.

Porque a diferencia de los turistas que entran y salen con facilidad, a los habitantes de Canaima salir se ha convertido en un lujo. La mayoría solo puede hacerlo una vez al año, en el mes de noviembre, cuando se acerca Navidad, para comprar la ropa y los regalos a los niños. No es una tradición local, pero con el paso de los años la han ido haciendo suya. Diana entre ellos.

Como pagar los fletes sale muy costoso y vendedores usureros hay en todos lados, la gente se organiza para salir, comprar, y regresar. Pero incluso eso se hace cada vez más cuesta arriba, dice Diana: “Conviasa, la aerolínea del Estado, la única que llega a Canaima, solo está viajando a Caracas y no a Ciudad Bolívar o a Puerto Ordaz, donde la mayoría tiene a sus familiares”.

La última vez que tomó uno de esos vuelos, pagó 150 dólares y su hijo la mitad, ida y vuelta. Conviasa les dice que son precios especiales por ser de la comunidad. A un turista le sale en 180 dólares el mismo pasaje.

Y al Hércules, el avión que el Estado puso a disposición del pueblo, solo lo habilitan en casos de emergencia o cuando alguien paga un flete para buscar alguna carga. “Y eso tampoco es que cuando queramos vamos a ir y a salir en él como si fuera nuestro. Primero te tienes que anotar y hacer el trámite para volar”, cuenta.

En Canaima también hay burocracia.

Fotografía de Christian Lazo

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Ahora Diana y sus hermanos son la cabeza de la casa. Son dos. Uno es guía turístico de Canaima y el otro tiene 15 años. Diana siente esa misma responsabilidad que sienten todos los hermanos mayores de estar pendiente de todo, de asegurarse de que todo funcione como un reloj, porque no tienen a nadie más.

Ellos, su familia, son la segunda razón que todavía la atan a Canaima.

La primera es su hijo: quiere que crezca en libertad y eso en la ciudad, dice, es difícil de hallar. Por eso de momento prefiere tenerlo junto a ella, para poder orientar sus pasos. Y cuando esté listo, dejarlo volar. Que vaya a la ciudad y que, como hizo ella en Puerto Ordaz, estudie y se prepare para el futuro. Entonces ahí decidirá si irse o quedarse en Canaima.

Por ahora siente que su negocio del Internet ha valido la pena.

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