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Deporte: cultura o negocio

El beso no consentido del expresidente de la RFEF a una jugadora de la selección tras el campeonato del mundo ha sido la gota que desbordó el vaso de una situación, que ya había sido denunciada por varias de ellas hace más de un año; una situación que no se ciñe al machismo en la RFEF, sino que destapa un verdadero nido de corrupción en un organismo que maneja cerca 400 millones de euros al año.

Solo dos hechos para que ver el alcance de esta corrupción en el futbol: uno, fueron la Federación Española de Fútbol (RFEF), presidida por Luis Rubiales, y la empresa Kosmos del exjugador del Barcelona Gerard Piqué, los que apostaron por llevar la final de la Copa a Arabia Saudí -un país conocido por el respeto a los derechos humanos en general y de las mujeres en concreto-, con el objetivo de generar nuevos ingresos tanto para los equipos en liza como para el ente deportivo: “todo por la pasta”.

Dos, el estado (todos y todas) han (hemos) avalado las deudas de los clubs de futbol por 347,8 millones a través del ICO, y especialmente con el 78% de esa cantidad a los tres grandes (Real Madrid, FC Barcelona y Atlético de Madrid), para “salvar” al fútbol de la “dramática” situación en que está; según defendía el “capo mayor del reino”, Florentino Pérez.

Mientras, el endeudamiento total de las dos competiciones profesionales de futbol en el ejercicio 2020/21 ha ascendido a 5.630.563.409 €, siendo de 5.176.639.924 € en Primera División y de 453.923.485 € en Segunda División. Y luego dicen que no hay dinero para pensiones o servicios públicos.

La punta de este iceberg fue el beso no consentido de la final de la Copa del Mundo, donde se manifestó toda la prepotencia, soberbia y machismo de unos dirigentes que se consideran intocables; pero, ¿cómo y por qué se ha llegado a esta situación?

La mercantilización del deporte: el neoliberalismo

A partir de los años 70, el mundo del deporte evolucionó tanto que el ideal de amateurismo que el barón Pierre de Coubertain había querido dar a los JJOO tuvo que quedarse en una mera anécdota. A finales de los ochenta, para mantener los Juegos en el centro del calendario deportivo, el COI se doblegó y admitió lo que ya era una realidad: unas Olimpiadas completamente profesionales.

No es que antes no se hiciera de manera disimulada a través de becas deportivas y demás en los países capitalistas, o transformando a los deportistas en militares en el caso del bloque soviético. Sin embargo, en ambos casos se mantenía la forma del “amateurismo”, concordante con el principio de que “lo principal es participar”.

La misma crisis del capitalismo que en los 70 y los 80 abrió las puertas al desmantelamiento de los servicios públicos en todo el mundo, a la privatización y/o destrucción de la industria estatal y su deslocalización, al retroceso en los derechos de la clase obrera con la individualización de las relaciones laborales y a la financierización de las relaciones entre los estados (la conversión del mercado de la deuda pública en fuente de toda especulación), fue la que impuso la “profesionalización” del deporte y mercantilización. Aparecía un nuevo sector de la economía, el deporte en general, y en especial el futbol, por el carácter universal que ha adquirido, a los que los capitales se dirigen con la esperanza de maximizar las inversiones que en otros sectores no son tan rentables.

El consumo de masas que supone un acontecimiento deportivo, con la compra de los abonos y entradas junto con toda la industria de herramientas deportivas (desde el calzado hasta los instrumentos del juego) hace de ellos un sector muy rentable; si a ello le sumamos los productos financieros como los derechos de emisión, publicidad, compra venta de jugadores (son seres humanos, por cierto; es la cosificación de la persona elevada a la enésima potencia) y demás se convierte en un pingüe negocio. Para la consultora Deloitte, solo el futbol mueve alrededor de 28.000 millones de dólares anual a nivel mundial y el deporte en general, 170 mil millones.

Es mucho dinero como para no generar unas estructuras (COI, Federaciones Internacionales y nacionales, etc.) cuyo objetivo central sean apropiarse de la parte del león de esos 170 mil millones de euros (el 15% del PIB español). Por lo que hace al futbol español, en cifras, además de contribuir en un 0,75% al PIB del país, el fútbol profesional supone un yacimiento de empleo para la población española, generando más de 140.000 empleos a tiempo completo cuando se tienen en cuenta los efectos directos, los indirectos y los inducidos.

Por ello, cuando se habla de futbol, o de deporte en general, debemos olvidar que es una actividad creativa del ser humano, si no un negocio de primer orden como puede serlo cualquier otro, y así se deben encarar los análisis. En síntesis, hoy el deporte en general, y el futbol especialmente, es un sector de la economía con sus derechos de TV, sus productos derivados, sus empresarios y sus gerentes, sus clubs convertidos en Sociedades Anónimas, a los que hay que enfrentar como tales; como parte, y no menor, de la burguesía.

Deporte y cultura

El deporte, como cualquier actividad del ser humano, es parte de su cultura, de sus tradiciones que se construyen a lo largo de los siglos. De alguna manera, el deporte moderno bajo el capitalismo es una manifestación desvirtuada de viejos trabajos que se realizaban sobre la fuerza tractora del ser humano y que fue sustituida por la mecanización (el remo es el ejemplo paradigmático de esta relación), de antiguos ritos religiosos transformados en juegos (algunos juegos de pelota), además de una manera básica de conservar la salud manteniéndose en forma bajo el principio grecorromano de “mens sana in corpore sano”.

El desarrollo del capitalismo y las fuerzas productivas, con el aumento del tiempo de ocio, hace que este “juego” se socialice y generalice. Pero la mercantilización ha transformado el principio amateur del “juego”, “lo principal es participar”, para pasar al principio básico del capitalismo, “la importante es ganar” exacerbando la competitividad hasta la locura actual que lleva a un verdadero drama físico -dopaje- y sicológico -depresión por perder, etc.- en las personas que hacen deporte.

El deporte, como toda construcción social, incorpora toda la carga ideológica de la formación en la que se desarrolla, el capitalismo, desde el nacionalismo hasta el machismo, pasando por el racismo. Los JJOO surgen como instrumentos de paz, siguiendo la tradición griega de las “treguas olímpicas”, pero en realidad no hacen más que atizar “el patriotismo como refugio de los canallas” (Kubrick, Senderos de Gloria) alrededor de las selecciones nacionales: las naciones compiten entre sí como en una guerra incruenta, para demostrar su superioridad sobre las demás.

En ellos se manifiestan todos los males que aquejan al capitalismo; es de todos conocido el papel de Jesse Owens desmantelando el mito de la “superioridad de la raza aria” en los Juegos Nazis del 36. Como también es manifiesta la hipocresía de las democracias occidentales, la estadounidense en este caso, pues mientras jaleaban a Owens como el desafío a los nazis, no tenía ningún derecho en su propio estado; era un ciudadano de segunda.

Atizando el fanatismo alrededor de los “colores” del club o del país como vía de manifestación del nacionalismo, el deporte se convierte en una herramienta de división y, de esta manera, de control social. Los “choques” entre aficiones son verdaderas batallas campales que sectores de la extrema derecha aprovecha para formarse en el enfrentamiento físico, como sucedió con el asesinato de Jimmy, el hincha del Deportivo de A Coruña, muerto a manos del Frente Atlético y que se ha resuelto sin ningún culpable. Este es, quizás, un ejemplo de cómo una afición “amateur” (los Riazor Blues) chocan con una estructura paramilitar, el Frente Atlético, plagado de ex soldados polacos y españoles que se entrenaba para objetivos superiores (intervención en la lucha de clases) con tácticas militares. El resultado fue la muerte de Jimmy.

El deporte es parte de la cultura humana y como tal es inseparable del devenir de la sociedad. Si esta entra en una profunda decadencia como es palmario que estamos viviendo, el deporte la acompaña. Las manifestaciones de esta decadencia son claras; la cosificación inaudita de seres humanos convertidos en mercancías para la compraventa, en el caso de los que son parte una empresa llamada “equipo”, en los deportes colectivos (futbol, rugby, baloncesto, etc.), o un forzarse hasta límites inhumanos cuando el deporte es individual (algún día se conocerán las barbaridades que atletas y tenistas hacen con su cuerpo, pero el caso de Amstrong puede darnos una pista).

El “todo por la victoria” tiene una traducción bien prosaica: más dinero en premios, sponsors y propaganda publicitaria. “Todo por la pasta”, vamos y la cultura reducida a una operación contable.

Reintegrar el deporte y la cultura en la creatividad del ser humano

Las jugadoras de futbol femenino tienen toda la razón al exigir igualdad de trato con sus “compañeros” (así, entre comillas, porque con “compañeros” así para qué queremos enemigos; solo en honrosas excepciones se solidarizaron con ellas); pero esa no es la solución a un problema que tiene que ver con las estructuras deportivas que no lo fomentan como juego ni como manera de mantenerse sano; sino como un negocio igual que la fabricación de coches o de armas.

Muchos afirman que la desigualdad entre los y las jugadoras es fruto de la rentabilidad de cada una de las secciones, masculina y femenina. Es cierto; desde el punto de vista económico/contable tienen razón; pero esto no lo es si le damos la vuelta al argumento: ¿el deporte qué es?, un criterio contable de enriquecimiento de los “florentinosperez” del mundo, ¿o un juego con el que las personas se relacionan para construirse como tales?

Este es el núcleo de la discusión que determina las medidas a adoptar; la igualdad entre hombres y mujeres no puede ser a costa de crear un nuevo sector de enriquecimiento individual, ahora en femenino, con los mismos males de cosificación de las personas, “ídolos” de una religión laica que se venden y compran en el mercado como en la Edad Media se compraban reliquias de los “santos”; sino de acabar con esas estructuras que cosifican a las personas, sean del género de que sean.

La reintegración del deporte, como la cultura en general, que está igualmente afectada por la mercantilización de la creatividad -lo que vale para el futbol, vale para el cine o cualquier otra manifestación cultural como ponen de manifiesto las huelgas que atraviesan Hollywood estos días, no se puede hacer por decreto; sino que es parte de una lucha más amplia, por acabar con las relaciones sociales sobre las que se construye la mercantilización de la sociedad en todos los ámbitos, el capitalismo. “La desvalorización del mundo humano crece en relación directa de la valorización del mundo de las cosas” dijo Marx, y no le faltaba razón.

Un primer paso, no el definitivo, no es muy diferente del que se propone para cualquier sector de la economía, es que el estado se haga cargo de la gestión directa de las estructuras deportivas, tanto las de gestión (Federaciones) como los propios clubes/sociedades anónimas, nacionalizándolas y garantizando condiciones salariales dignas.

Sacar las garras del mercado, con todas sus consecuencias de mercantilización / cosificación de las personas, especulación, etc., de las estructuras deportivas, es condición previa para que la práctica deportiva sea resultado de la actividad humana sin el criterio de la rentabilidad económica que la corrompe. El deporte tiene que ser un juego a través del que las personas se relacionen y se enriquezcan como individuos -construyan cultura-, y esto solo será posible bajo otras condiciones sociales opuestas por el vértice a las capitalistas, el socialismo.

Roberto Laxe

Corriente Roja

Fuente

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