Opinión

Arte París: la distopía de Dana Schutz en el MAM

Boat Group. 2020. Dana Schutz

Con la excepción de Wilhelm De Kooning, nadie, en la agitada escena del arte norteamericano de 1970, intuyó el alcance y la influencia que habría de tener la muestra de Philip Guston presentada por la galería Malborough en junio de ese año. Menos que nadie Hilton Kramer, el intransigente crítico de arte del New York Times. Hasta ese momento, el pintor, nacido en 1913 en Montreal, era considerado una de las joyas de la corona del expresionismo abstracto. Para Kramer, heredero de la ideología abstraccionista de Clement Greenberg, era inaceptable (para el Departamento de Estado también) la vuelta a la figuración. Especialmente a una figuración tan crítica como la que exponía Guston. En su reseña, Kramer acuñó una línea que se haría famosa, primero por su crueldad y, ahora, cincuenta años después, por su ceguera: “El caso de un sofisticado mandarín que quiere aparecer como un artista torpe”. En realidad, lo que se propuso Guston fue hacer nuevas las imágenes de su época pre-abstracta, cuando era un hombre de izquierda y activo colaborador, como todos sus contemporáneos, de las políticas culturales de Franklin Roosevelt. Lo que en verdad impresiona, no es tanto que Guston haya dejado el expresionismo abstracto, sino que alguna vez haya formado parte de un movimiento secretamente financiado por la CIA, para evitar el riesgo de una figuración politizada como la del muralismo mexicano, con el cual, por lo demás, Guston, desde sus dos años en México, y su amistad con Orozco, siempre sintió grandes afinidades. De todos sus compañeros abstraccionistas, muchos de los cuales lo veían como una suerte de traidor, fue De Kooning el único en entender la radical movida de Guston, “La libertad es la primera tarea del artista”, le dijo al concluir su visita a la galería.

Self Eater 3. Dana Schutz

La libertad que le reconoció Klein es uno de los legados más permanentes de Guston, y uno de los más aprovechados por artistas de generaciones recientes, como Dana Schutz. Nacida en Nueva York en 1976, Schutz, en medio de un arte cada vez más alienado por la tecnología, optó por el viejo oficio del lienzo y el acrílico. El medio más idóneo, por lo demás, para desplegar su visión del mundo y expresarlo a través de una iconografía de clara filiación expresionista. Una tradición de realismo crítico iniciada, en tiempos modernos, por Courbet, uno de los maestros más admirados por Schutz, y continuada por una variedad de artistas que van desde Ensor a Soutine, y desde Kirchner a Baselitz. La libertad propiciada por Guston se manifiesta en Schutz por la amplia variedad de sus modelos. El primero de los cuales, es el mismo Guston, como recuerda Jarret Earnest en uno de los ensayos del catálogo de la muestra: “Philip Guston es el maestro de la escenas de taller en el siglo XX. Este artista ha forjado dramas existenciales a partir de simples imágenes simbólicas de su ambiente de trabajo. El interés de Schutz por la obra de Guston está presente en todas partes. La pequeña cabeza de marioneta ahumada a la derecha de “Boat Group” constituye un claro homenaje”. Tal vez donde se aprecia mejor la ascendencia de Guston en la obra de Schutz sea en su insistencia en lo grotesco. Un término de procedencia griega, que alude a lo rídículo y extravagante, pero también designa lo grosero y de mal gusto. No son pocos los artistas modernos que se han dedicado a una exploración de lo grotesco, pero en el arte contemporáneo pocas veces se ha justificado tanto como en el arte de Dana Schutz. Su mundo no puede ser expresado de otra manera. Se trata de una realidad distópica, post-apocalíptica. Aunque no como la de Cormac McCarthy, despoblada, solitaria, en blanco y negro, la propia tierra baldía. La de Schutz es lo contrario: superpoblada, llena de colorido y animada. Este universo de “the day after” no acabó con la vida en el planeta, de acuerdo con Schutz. Simplemente la cambió. Los seres humanos que circulan en su iconografía, para llamarlos de alguna manera, son distintos a los que hemos conocido en el arte convencional. Se trata de una humanidad sin humanismo. Una condición perdida después de la catástrofe, y reemplazada por una condición humana impensada e impensable. Hombres y mujeres (“Self Eaters”) que se devoran a sí mismos en una auto-homofagia desesperada, como si no existiera otra razón para la existencia como no fuera la tarea “sisífica” de auto-devorarse de manera constante. Esta es una intuición que comparto con el mismo Jarret Earnest quien, en el mismo ensayo del catálogo, “escribió: “La mayoría de los personajes de Schutz habita en simpáticos desiertos, vestigios de una tragedia endemoniada que había erradicado la civilización y los había obligado a reinventarse al mismo tiempo que reinventaban su mundo”. En efecto, se trata de una humanidad degenerada, contra-darwiniana, que ha evolucionado hacia atrás, “à rebours”, transformándola en una raza intolerable, que de humana solo guarda algunos rasgos deformados. Son los tiempos más arcaicos del mito, los de Saturno devorándose a sí mismo mientras devoraba a sus hijos.

The Arts. 2021. Dana Schutz

Schutz es de lo más objetiva en la presentación de sus personajes. No empatiza con ellos, no hay el menor rasgo de Enfühlung. No siente por ellos ni compasión, ni simpatía ni rechazo. Los retrata tal como los vio en su viaje al mundo imaginario de su distopía. No nos dice, sin embargo, en qué idioma hablaban. Tal vez no sea necesario. Son, al fin y al cabo, dramatis personae de una pieza de teatro expresionista. Algo así como un Wozzeck épico donde la gestualidad es más que suficiente. De sus bizarras alegrías, nos enteramos en obras de gran escala, como The Public Progress. Y sus angustias y miserias están por todas partes. Un mundo mutilante y automutilante. Una gran alucinación que Scuhtz ha convertido en realidad, la realidad de un post-apocalipsis más terrible de lo que sabíamos de otras expresiones literarias y plásticas. Al terminar el recorrido por las impecables salas del museo, no pudimos dejar de recordad la expresión de Kurz en Heart of Darkness, donde el Joseph Conrad nos da cuenta de otro apocalipsis. Antes de morir, el protagonista exclama, “The horror, the horror”. La exposición del MAM termina con una selección de las esculturas de Schutz. Se trata de un expresionismo extremado en su expresión tridimensional. Todas las proporciones y convenciones han sido desplazadas por un lenguaje de formas grotescas, cuya inmediatez resulta más inquietante que la versión en el lienzo. Son más convincentes e inmediatas. Al abandonar la sala con las esculturas volteamos para cerciorarnos de que no nos están siguiendo. No quisiéramos formar parte de la distopía de Dana Schutz. Nos contentamos con mirarla y admirarla.

Swimming, Smoking, Crying. 2009. Dana Schutz

Con esta muestra el venerable Museo de Arte Moderno de París reitera su vocación de ser, más que moderno, actual, contemporáneo. Una sugerencia sería extender el nombre a Museo de Arte Moderno y Contemporáneo de Paris, el MAMCO.

Fuente