Los Hijos del Goni

¿Porque los hijos de Goni?

Tendríamos que comenzar explicando quien fue Goni. Gonzalo Sánchez de Lozada fue presidente de Bolivia dos veces, en su segunda gestión se dieron las jornadas de octubre, la crisis social y política que comenzó cuando el gobierno tenía la intención de exportar gas natural a Estados Unidos y México por medio de un puerto chileno, el movimiento social intento frenar eso y terminó desembocando en la masacre del pueblo alteño, Goni renuncio y escapo del país.

Para la escritora Quya Reyna en su libro “Los hijos de Goni” de la editorial Sobras Selectas, nos cuenta que en su casa había una serie de reglas, una de las más graves era dejar comida en el plato, era visto como una ofensa a la “tradición de pobreza”, había que dejar los platos limpios, un día que dejaron algunos restos en el plato, su papá furiosos grito ¡qué se creen ustedes para sobrar comida!  ¿se creen los hijos de Goni?…

¿Qué significaba ser hijo de Goni?

Pues Gonzalo Sánchez de Lozada era uno de los más millonarios del país, con una descendencia minera, de las familias más oligarcas del país, además de haber vivido mucho tiempo en Estados Unidos que hizo que se le quedo un acento de Gringo extranjero de la calle Sagarnaga, con una pronunciación entre inglés y español, como explica Quya, para su papá era la representación de los q’ara del país, por lo tanto sus hijos recibían muchos privilegios que muchas familias bolivianas no podían tener, por la condición de clases, económica y social.

En Bolivia se constituye en su mayoría por la indianitud, en sus diferentes espacios, siendo obreros, dependientes, trabajadoras del hogar, cargadores en las calles, vendedoras en los mercados, estudiantes, docentes, entonces Goni significaba lo colonial, lo extranjero, lo ajeno.

El libro de Quya tiene una particular muy interesante, es que resalta la literatura alteña, en realidad una literatura regional, eso tiene muchas implicancias una de ellas es poder reconocer el lenguaje del lugar, geográfico, con sus muletillas y metáforas escondidas que marcan un imaginario, la literatura regional marca una sensibilidad propia, una estética social, es un sentido de identidad.

La identidad es clave, es un valor referencial, entonces Quya nos va mostrando en sus nueve cuentos su propia subjetividad con su entorno, para poder llegar al mundo, mostrando un reflejo de lo autóctono, patrimonio de la alteñitud y simbología comunitaria, por dar un ejemplo, en su cuento “un fiambre”, la autora nos dice “Pienso que por eso los alteños y alteñas no necesitan tener mucho para recibir más de esta ciudad. Es que no hay receta para ser como somos, no estamos determinados, somos lo que somos y ya, para luego con todo nuestro ser (desde fideo con tortilla, desde un pollo frito, hasta huevo con chúñu) pasar a formar parte de un apthapi, de algo más grande, de donde compartimos y nos alimentamos.

Dentro de la identidad alteña está el comercio ambulante y comercio minoristas que es una fuente laboral muy importante, este fenómeno surge por las características culturales, económicas, políticas, demográficas y territoriales que ha expresado el proceso de urbanización de esta joven ciudad, al margen de la gran feria de la 16 de Julio, es una tarea donde los jefes de hogar se encargan de llevar el sustento económico a sus familias, en otros casos estas actividades autogeneradas ocupan al conjunto de una familia nuclear en un oficio, para producir y comercializar bienes o servicios.

Quya dentro del libro nos cuenta sus propias experiencias sobre el comercio, nos dice “de mi papá aprendí que en la vida o vendes o compras, y en mi familia siempre fuimos los que aprovechamos cualquier fecha conmemorativa o evento social para vender” el cuento se llama El Arte del Khamaneo, nuestra escritora nos cuenta que iba a la zona de Villa Dolores gritando ¡Llévese, caserrro, caseerrra!.

Muchos otros cuentos alegres como tristes, todos y cada uno de ellos contando una vivencia, locación la hermosa joven ciudad de El Alto.

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