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Dos años de invasión rusa de Ucrania, ¿hacia la guerra interminable?

Un 24 de febrero de 2022, hace exactamente dos años, Rusia comenzó su segunda invasión de Ucrania. Las columnas militares del Ejército ruso entraron de forma coordinada por hasta cinco puntos diferentes del territorio soberano ucraniano. La guerra volvía a Europa dos décadas y media después de que los Balcanes recordasen al continente que, pese a los intentos políticos, los conflictos bélicos podían seguir asolando la zona.

Los estrategas del Kremlín habían dejado pasar casi una década desde que hicieran su primer movimiento de agresión a Ucrania: la anexión de la península de Crimea y el levantamiento armado en las regiones del Donbás (Donetsk y Lugansk). Esta última acción no la hicieron a cara descubierta, sino empleando hombrecillos verdes plagados de armamento y sin identificación militar que delatase su procedencia rusa.

Nadie, o casi nadie, pudo presagiar hace dos años que el heroísmo y estrategia de Ucrania pudieran estar a la altura como para aguantar el envite de la segunda potencia militar del mundo en el campo de batalla. O de que incluso pudiese reconquistar grande zonas de territorio que el Ejército de Moscú les consiguió ocupar durante los tres primeros meses de la invasión, como fueron las áreas de Jarkov o Jersón.

Una resistencia al invasor que actualmente tiene un pilar fundamental en el apoyo que el Gobierno de Kiev recibe en lo económico y en lo militar de la Unión Europea y, sobre todo, de Estados Unidos, su principal suministrador. En el plano militar Ucrania es un enfermo con respiración asistida y esa respiración asistida es la ayuda Occidental, que es la que sustenta su Ejército ante los arsenales de reserva militar rusos, el mayor de mundo.

La guerra cumple dos años en una situación de absoluto estancamiento. Los frentes de batalla han permanecido prácticamente inamovibles desde la llegada del invierno en 2022. La gran contraofensiva ucraniana de la primavera de 2023 terminó en un fracaso rotundo, con tímidos y costosos avances en el área de Jersón y Zaporiyia, y los rusos han tenido pocos éxitos sobre el terreno desde hace demasiado tiempo.

El único éxito real que puede vender Moscú es la reciente toma de Avdiivka, que a semejanza de la conseguida en Soledar en enero de 2023, se ha fraguado a costa de perder un número muy elevado de efectivos y de vehículos militares. Una ciudad que ni siquiera es estratégica, aunque sí simbólica, pues fue uno de últimas localidades recuperadas por Ucrania en el Donbás antes del inicio de la segunda invasión.

No hay cifras oficiales sobre esas pérdidas rusas en Avdiivka, aunque un conocido blogero militar ruso –Andrei Morozov, alias Murz– las cuantificó hace unos días en 16.000 militares y más de 300 piezas de armamento (blindados, carros de combate, artillería…). Tras ser obligado por las fuerzas rusas en el Donbás a borrar su post en la aplicación Telegram, fue hallado esta semana muerto en su casa con un tiro en la cabeza. Las autoridades rusas de ocupación de Donetsk han dicho que se suicidó. Murz era crítico con el Kremlín porque pensaba que no se esforzaban lo suficiente en la guerra.

Algo tiene que pasar para que la situación cambie en la guerra de Ucrania y eso pasa, casi de forma necesaria, por que varían dos factores. El primero es el equilibro de fuerzas. Los dos países tienen la necesidad de refrescar a su personal en los frentes de batalla o, por lo menos, cubrir las altísimas bajas que suponen los frentes. Y eso pasa necesariamente por los procesos de reclutamiento de efectivos.

En este punto, Rusia tiene una ventaja fundamental. Tiene un población de 145 millones de habitantes, por los 45 millones que tiene Ucrania, lo que le permite acceder a más varones en edad militar que poder llevar al combate, aunque no es menor cierto que la disposición de los ucranianos para luchar en defensa de su propio país es mucho mayor que la de los varones rusos.

El otro punto fundamental es el armamento. Ucrania tiene una mayor necesidad de recuperar su territorio para comenzar un nuevo futuro en paz y en ese escenario es vital la ayuda de sus aliados exteriores. En los próximos meses deberían de entrar en acción –aunque todavía no se sabe cuándo– los cazas F16 donados por varios países europeos, que por sí solos no variarán de forma importante el escenario bélico, aunque tal vez unidos con otro tipo de armamento pueden desnivelar algún sector del frente que cree un efecto de bola de nieve.

Rusia, mientras tanto, tiene la capacidad de seguir enviando hombres y material gracias a su enorme población y a sus reservas estratégicas de armamento, las más grandes del mundo, aunque eso le suponga también trabajar en poner operativos equipos que ya están obsoletos, pero que le permiten seguir manteniendo sus posiciones e, incluso, seguir avanzando, en una guerra de desgaste y de larga duración.

Pese a que es imposible pronosticar qué pasará a futuro, sí parece claro que el enquistamiento de la guerra favorece a Rusia, sabedora de que Ucrania depende de la ayuda occidental y que a las sociedades ricas les cuesta mucho mantener la tensión en el tiempo por la presión que ejercen sus ciudadanos. Tiene muy reciente el ejemplo de Afganistán y la catastrófica huida de Occidente del país asiático.

Moscú se encuentra muy lejos actualmente del objetivo inicial que se marcó en la guerra, que era la de quedarse toda la Ucrania al Este del río Dniéper y dejar un Gobierno títere en Kiev, pero una vez readaptó sus objetivos a la realidad, está muy cerca de anexionarse los oblast o regiones ucranianas que le permiten tener un corredor terrestre entre su territorio y la península de Crimea, además de convertir el Mar de Azov en un mar ruso. Algo que se hará efectivo si Occidente pierde la paciencia en Ucrania y para eso solo hace falta convertir la guerra en algo inacabable.

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Fuente: Libertad Digital