Chile. La insostenibilidad de la deuda de los hogares

por Claudio Lara Cortés

Recientes tendencias globales evidencian altos niveles de endeudamiento de los hogares en diversos países, y Chile no es la excepción. En este breve trabajo, si bien abordamos la expansión de este tipo de deuda en el país, colocamos el acento en su conexión con el circuito crediticio que, después de todo, son dos caras de un mismo fenómeno. Concluiremos que tal conexión, comprendida en un espacio más amplio de acumulación, está adquiriendo ribetes de insostenibilidad en los últimos años, afectando los resultados agregados y distributivos de la economía, a pesar del discurso de “inclusión financiera”. Para aproximarnos al tema propuesto, tal vez convenga comenzar señalando algunos antecedentes históricos a modo de contexto.

En medio de la denominada crisis de la deuda de 1982-83, la banca chilena tuvo que ser intervenida por la dictadura después de su espectacular colapso. Siguió una reforma a la ley de bancos (1986) y una estricta regulación que prohibió su vinculación con las empresas relacionadas (grupos económicos). Al mismo tiempo, los Chicago Boys impulsaron el mercado de capitales en base a empresas encargadas de administrar el ahorro “forzoso” de los trabajadores asalariados. Desde entonces se desató la competencia entre la banca y los inversionistas institucionales, obligando a los primeros a reorientar su principal actividad prestamista, alejándose rápidamente de las grandes empresas y del sector público; para dirigirse de manera paulatina hacia los créditos a las personas (consumo e hipotecaria). Esta tendencia recibió otro impulso a principios del 2000 con la aprobación de una nueva reforma al sector y se vio reforzada por las medidas monetarias adoptadas por los mayores bancos centrales tras el estallido de la crisis financiera en Estados Unidos en el año 2008.

La reorientación y transformación de la banca

Las medidas monetarias aplicadas por la Reserva Federal y el Banco Central Europeo, en respuesta a la crisis señalada, propiciaron una inundación de dólares (euros) baratos en nuestras economías. Su resultado: las tasas de interés caen y la actividad crediticia se dispara.

En el caso de Chile, las colocaciones crediticias totales aumentaron más de tres veces desde enero de 2008 hasta fines de 2021. Ellas pueden explicarse en gran medida por las destinadas a vivienda que crecieron más de cuatro veces, elevando su participación en el total de colocaciones desde un 21,7 % a 31,24 % en ese mismo lapso. Cabe
destacar que solo cuatro bancos (Banco del Estado de Chile, Banco Santander, Scotiabank Chile y Banco de Chile), de diecinueve que hay en el país, concentran gran parte de este tipo de colocaciones (72,4 %) en el último año.

Ahora bien, de sumarse los créditos hipotecarios a los de consumo, queda claro que el 44,5 % del total de colocaciones en 2021 tiene como destino a los hogares, superando al 34,2 % de 2008. Este proceso ascendente que apunta a los hogares está siendo acompañado por una notable expansión innovadora en los medios
de pago como las cuentas corrientes, los cheques, las tarjetas de crédito y débito, y las transferencias electrónicas de fondos. En su provisión destaca el rápido avance de los medios digitales en desmedro de los medios tradicionales como el cheque y el efectivo; y la emergencia de nuevos proveedores provenientes del ámbito de las empresas Fintech (o tecno-financieras). Para resaltar tales cambios, a modo de ejemplo, la Asociación de Bancos [ABIF] señala que el 86 % de los hogares posee cuentas bancarias y hay más de 32 millones de ellas vigentes al año 2021 (el país tiene casi 19 millones de habitantes).

También este proceso está siendo complementado desde 1986 por negocios distintos al giro bancario tradicional: las filiales dedicadas a la intermediación de valores y la prestación de servicios financieros como las sociedades de cobranzas y redes de transferencia electrónica. Dentro del primer grupo destaca desde entonces la empresa Transbank —de propiedad de los grandes bancos— que monopoliza la administración de tarjetas de crédito y que se ha convertido en uno de los mayores negocios de la banca. En definitiva, la explosión de las colocaciones crediticias acompañadas tanto por la innovación de los medios de pago como por diversas filiales y sociedades, posibilitaron la creciente bancarización de las personas asalariadas que se tradujo en su endeudamiento progresivo bajo la retórica de “inclusión financiera”.

El (sobre)endeudamiento progresivo de las personas

Los crecientes préstamos a las personas han situado el endeudamiento en niveles récord en el país, creciendo desde 2010 a una tasa real cercana al 7 % anual. Sin embargo, según el Informe de Endeudamiento 2021 de la Comisión de Mercados Financieros [CMF], ese ascenso de la deuda se detuvo el año pasado debido sobre todo a las políticas implementadas para enfrentar los efectos de la pandemia (transferencias y retiros de los fondos de pensiones), permitiendo a las personas contener la deuda y reducir sus elevados niveles de morosidad.

Si bien esos datos agregados importan, poco ayudan a distinguir entre deudores hipotecarios y de consumo en cuanto a niveles de carga financiera y su vinculación con los ingresos. En efecto, el número de ambos tipos de deudores pareciera ser casi similar a fines de 2021 (1,2 millones y 1,3 millones, respectivamente), pero la diferencia relativa a montos totales adeudados es notable: 80 mil millones de dólares contra 30 mil millones de dólares. Ahora desde una perspectiva de ingreso, quienes pertenecen al quinto quintil de mayores recursos explican gran parte de la deuda hipotecaria (80 %); mientras los pertenecientes a los otros cuatro quintiles recurren en su gran mayoría a créditos de consumo (Banco Central, Informe de Estabilidad Financiera, 2022, Primer Semestre).

Lógicamente, la carga financiera según ingresos también difiere. El mismo Informe del Banco Central reconoce que, a fines del año pasado, los deudores de los quintiles 1 al 4 “aumentaron casi cuatro puntos la carga total, manteniéndose su composición (casi un tercio por deuda hipotecaria); mientras que el Q5 tiene una menor carga financiera en relación a los grupos anteriores, pero con mayor peso la carga relativa a deuda hipotecaria”. Estos datos preocupan, ya que las Encuestas Financieras de Hogares de la misma institución (del año 2007 al 2017, la última realizada) evidencian que la carga financiera de los hogares de los quintiles más pobres venía creciendo.

Además de la deuda bancaria, debe tenerse en cuenta que muchas personas de ingresos bajos y medios tienen deudas de consumo con supermercados y casas comerciales a un mayor costo. Por lo cual, aunque todavía no existen cifras consolidadas, el Fondo Monetario Internacional (2019) estima que en términos globales un 65 % de los hogares chilenos posee algún tipo de deuda, siendo los de mayor endeudamiento en Latinoamérica, equivalente a un 44 % del Producto Interno Bruto. Son justamente estas familias las más expuestas al
sobrendeudamiento. Un estudio reciente de la CMF (2021) observa que “la proporción de hogares sobrendeudados es mayor entre aquellos sin deuda hipotecaria, en comparación a aquellos con deuda hipotecaria” (51,2 % versus 30,6 %). Durante la crisis de la pandemia muchas de las familias sobrendeudadas afrontan severas dificultades para abonar la carga de su deuda a pesar de los retiros y de las ayudas gubernamentales, afectando así la sostenibilidad de la deuda en general.

Insostenibilidad del endeudamiento bancario y prolongación del estancamiento económico

El (sobre)endeudamiento de los hogares no es un fenómeno aislado ni nuevo. La deuda es una relación social donde los asalariados confrontan a los banqueros que buscan maximizar sus beneficios. Las altas rentabilidades acumuladas permiten a la banca subsumir realmente a nuevos estratos sociales distintos al quinto quintil,
a menudo mediante ofertas agresivas de préstamos al consumo e hipotecarios, aumentando con ello aún más los niveles de endeudamiento. Este hecho elevó el endeudamiento hasta una cifra récord en el tercer trimestre del 2019 al llegar al 75 % del ingreso disponible.

El crecimiento del endeudamiento ha impuesto a las familias asalariadas mayores costos por servicio de la deuda, acrecentados cada vez más producto de las elevadas comisiones extraídas por los negocios de las filiales bancarias y por la misma banca que resultan de los servicios relacionados a su actividad de intermediación (líneas de crédito, atrasos, sobregiros, uso de cajeros, etcétera), incluyendo las temidas cobranzas. La mayor carga de deuda viene manifestándose en una creciente participación de los salarios en los ingresos y beneficios para los bancos. Con la particularidad que tales beneficios provienen cada vez menos de los intereses (dado el descenso de las tasas hasta hace poco) y cada vez más de las comisiones. Estos desarrollos pueden ser entendidos como expresión de
un cambio importante en las fuentes de los beneficios bancarios y que ellas dependen sobre todo de las comisiones cobradas a las rentas salariales.

Por otra parte, parecieran no existir razones teóricas para explicar por qué la economía chilena ha estado sumida en un largo período de estancamiento desde 2014, a pesar del enorme tamaño que ostenta el sistema bancario y financiero en el país. Desde nuestra perspectiva, en este período predominan bajísimos salarios y una mayor precarización laboral como también una creciente desigualdad y avance de la mercantilización de las necesidades básicas. Todos ellos han forzado a los asalariados a acudir a los bancos (y a otros intermediarios financieros) para cubrir sus necesidades básicas y obtener cierta protección frente a los riesgos que ahora asumen por su cuenta.

Los niveles excesivos de préstamo y el endeudamiento masivo son precisamente las fuentes de la fragilidad e insostenibilidad de este proceso, pero también de sus límites. Podría ser cierto que los préstamos a las personas asalariadas hacen una contribución comparativamente más fuerte a la rentabilidad agregada de los bancos que los préstamos comerciales, pero no hay duda en cuanto a que los primeros crean tendencias endógenas distintivas con respecto a los segundos. El mismo estancamiento que vive el país ha puesto en movimiento una serie de procesos que deterioran la posición financiera de las familias asalariadas. La actual reducción de los salarios reales (de 0 % en 2021), esperando que ello sustente una eventual recuperación, está sumergiendo a
las familias sobrendeudadas en graves apuros, creando mayores problemas financieros y limitando, aún más si cabe, la demanda familiar. En ausencia de una intervención estatal importante en los ámbitos laboral y financiero, y en medio de un estancamiento de larga duración hoy agravado (estanflación), aún pareciera no vislumbrase una luz al final del túnel.

Bibliografía

Asociación de Bancos. (2022). La banca: 10 años en perspectiva. ABIF Informa (179).
Banco Central de Chile. (2022). Colocaciones totales por tipo de crédito. [Página web].
Banco Central de Chile. (2022). Informe de Estabilidad Financiera, Primer Semestre.

Fuente: La deuda en América Latina y el Caribe

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