Los premios Goya y el problema del cine español: volvemos a Lenin

Lenin sostenía que el arte era un medio de agitación social, una forma eficaz de dirigir a las masas hacia la revolución. Desde la perspectiva del Diamat soviético, en efecto, el arte no debía ser otra cosa más que una plataforma de propagación del sistema de ideologías que justificaba el orden práctico del marxismo-leninismo. Pero sucedió algo parecido en EEUU, pues también desde allí se otorgó a las artes —al cine en particular— un papel fundamental en la importante labor de difusión del ideal nacional y cultural de la nación useña, sobre todo durante el período de entreguerras y de forma particular durante la Guerra Fría. Desde sus inicios, en suma, el cine fue utilizado como una eficaz herramienta de cara a lograr la cohesión social dentro de cada Estado y como una potente arma propagandística de cara al exterior. Y el problema es que en España sucede justo lo contrario.

La mayoría de los agentes que se dedican al cine en España ejercen con brío su función como comisarios políticos y árbitros de la moral pública. Muchos de ellos han asimilado gozosamente la idea de que el cine es una plataforma para la arenga política, como dejan ver nuestras espantosas galas de los Premios Goya que, año tras año, se convierten en continuas algaradas puestas en marcha para exacerbar el odio contra una presunta malvada derecha. La idea que late de fondo en la mayoría de los discursos ideológico-políticos de nuestras gentes del cine —salvo honrosas excepciones— es que los “materiales de la Cultura” tienen que darse como propaganda en el contexto de un conflicto objetivo entre la progresista y luminosa “Izquierda” y la retrógrada y reaccionaria “Derecha” porque, entre otras razones, la “Derecha” impediría el desarrollo de la libertad de los artistas o, dicho en otras palabras, porque la “Derecha” ni siquiera podría producir “Cultura”. Desde este esquema metafísico, simplista y maniqueo, se da a entender que la “Izquierda” cumple la misión histórica de frenar los desvaríos de la “Derecha” y que para ello cuenta con la “Cultura”, territorio exclusivo suyo.

Pero ¿cuáles son los componentes de la arenga política que predican las gentes del cine español? Este año ha tocado apoyar a Palestina, pero ni una palabra a propósito de los agricultores y ganaderos españoles. Alegato en favor de los cuerpos no normativos, pero ni una sola mención a los cuerpos de los guardias civiles asesinados en Cádiz. Carga contra las “políticas de la extrema derecha”, pero callando como meretrices ante los pactos del PSOE con ciertas oligarquías supremacistas antiespañolas que, desde hace décadas, depredan al resto de los españoles privatizando territorios y asimilando funciones estatales, mientras avanzan hacia la configuración definitiva de sus respectivos Estados propios.

La cosa empieza a ponerse simpática cuando fijamos la atención en la parte pecuniaria de la cuestión, pues resulta que en España es el Estado (español) el que financia la mayoría de las producciones cinematográficas y es en este proceso de concesión de subvenciones donde se elige qué películas se hacen y cuáles no, qué posicionamientos críticos pueden recibir financiación y cuáles no, qué discursos son admitidos y cuáles son rechazados. Y como la corrección política en España está dirigida desde hace décadas por los telepredicadores de la PSOE state of mind, los españoles estamos condenados a aguantar las insufribles regañinas de las élites llamadas progresistas (nuestras anabelenes y victormanueles) que, cuando pontifican, tienden a reñirnos a todos, pues para los progres megaconcienciados y supercomprometidos, todos somos culpables. Todos menos ellos, porque ellos son la conciencia de la “Humanidad”.

La anomalía del cine español es que gran parte de sus productos están pensados objetivamente contra España y contra muchas de sus principales instituciones: el ejército, la Guardia Civil, la Historia de España, la Lengua española, la propia Nación española, etc. El director de cine Vicente Aranda, por ejemplo, llegó a eliminar el yugo y las flechas del escudo de los Reyes Católicos en su película Juana la Loca, no fuera a ser que los espectadores se dieran cuenta de que dichos símbolos no tenían un origen franquista. En su discurso tras recibir el Premio Nacional de Cinematografía, Fernando Trueba manifestó:

“Nunca me he sentido español, ni cinco minutos de mi vida (…) A mí, la palabra que más me gusta del diccionario es “nada” y luego “desertor” (…) Nunca he tenido un sentimiento nacional. Siempre he pensado que, en caso de guerra, yo iría con el enemigo. Qué pena que España ganara la Guerra de Independencia”.

Y todo esto lo soltó este centollo mientras recibía un premio nacional en España, de parte de españoles, siendo él mismo español. Un par de años después, el lumbreras intentó justificarse: “Lo que intentaba decir ahí es que el nacionalismo es malo, pero todos los nacionalismos”. Son muchos los que intentan ecualizar el patriotismo español con los etnonacionalismos separatistas, como si defender lo común —la patria, la tierra de los padres— y la igualdad jurídica entre españoles fuera lo mismo que privatizar partes de este territorio común y de sus riquezas para beneficio de unos pocos.

Mi crítica, insisto, no consiste en denunciar que la preceptiva ideológica que domina las artes en España priorice unos contenidos y censure otros, pues también operaban preceptivas ideológicas muy fuertes en las artes resultantes del Concilio de Trento o en las elaboraciones artísticas de la URSS o de EEUU. Dichas normativas ideológicas eran prudentes desde el punto de vista político, pues tenían como fin preservar al Estado soviético frente al empuje del bloque capitalista o viceversa. La actual preceptiva ideológica en las artes españolas resulta, sin embargo, imprudente desde el punto de vista político pues no favorece la cohesión social dentro de España, sino la fragmentación y el sectarismo; no fomenta la identidad nacional, sino los particularismos; y no persigue la conservación de España, sino su disolución. Dicho de otro modo, muchas de las instituciones públicas y privadas vinculadas con la “cultura” en España propagan activamente ideas que atentan contra los principios superiores de la política —conservación de la Polis— cosa que no sucedía ni en la URSS ni en EEUU.

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Fuente: Libertad Digital

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