6 poemas de «Andares de Luthería» de Laurencio Zambrano Labrador

LUTERÍA DEL CORAZÓN

a Guillermo Jiménez Leal

Doquiera que lo lleve la rosa de los vientos, el mortal
nunca cesa de horadar en su acorde: silba algo de sí,
¿Efímero? ¿Eterno?
—Partituras del otro fraseadas en el viento—
Solfea lo que ignora, incluso, tararea, lo que apenas comprende
para fundar memorias.

A pesar de las máculas, su vanagloria es óntica.
No es pecado emular las biotas de un arpegio, ni mucho menos,
ser testigo del hormonal coloquio entre gredas y vientos.
¿Y por qué no? ganarse la gloria, lidiando en la epopeya
de los pájaros que trabajan remozando
la perpetua lutería del corazón.

Inexorablemente, prólogo y epílogo tienen música:
cada quien será músico de miedos y corajes,
lutier de opacidades y destellos.
Sabemos que el alma tendrá ecos,
si — ad honorem—azuza el contrapunto
de lo que yace silente en los caminos.
Si, ad libitum, vendimias lo cantable
en coplas de octosílabos andares.

Por fa mayor afina dios
los clavicordios del tiempo en los collados.
Por la natural lo humano canta:
letra y músicas de sí, ¿del otro? ¿tuyas?
—pero jamás de nadie—
!Oh! filarmónico logos de las almas!
Omnisciencia que expande el diapasón
de todos los espejos y los ecos.

Por la mayor, ampara el canto, afina el albedrio.
Al silencio le arranca pasiones y avatares,
cantatas y decires que la mudez codicia. Tal vez por eso,
se nos vaya la vida buscando los adagios,
la melodía que ahuyente la agonía
de vivir asemio y sordomudo…
Lejos, muy lejos y evadiendo
la semiótica percusión de las mortajas.


LA BELLA

No sólo porque es antelación y zaga
de lo que está por crearse o es memoria,
ni porque profese mancias o devele
los alfabetos que inventa el sol en cada rayo;
en justicia, ser ungido por la Bella
es el máximo honor —y desagravio—
de quien elige a La Belleza por oficio.

Cada quien tiene su historia con La Bella:
a cada cual le da su merecido.
De mis encuentros —y desencuentros— con su enigma,
atesoro un fabulario de insólitas improntas:
cuando no artilugia— con vida— cuanto miro,
se antoja de escribirme — y me ficciona—
con tinta laudes y de espejos.

La Bella le quita la soledad al más pintado:
lo va duplicando en cada sílaba,
y es probable que lo escarmiente —como a mí—
exigiéndole que ausculte — de por vida—
la fastuosidad de los acordes
que tañen las vocales en el párrafo.

Existen impostores a granel. Envanecidos
que usurpan —y adulteran—
su tersa transparencia en criptogramas… ¡Pero qué va!
ella, sólo devela su hermenéutica
a quien ame — como a sí mismo —
su magnánima caligrafía de selva y ríos.

De tanto sentirla señorear en la existencia,
me crece —como dogma— la certeza
de que la Bella es:
la estética ubicuidad que ejerce el tiempo
para que haya maravilla en cada cosa;
la polifónica compasión que esparce el viento
para que a nadie le falte la mitad del canto en cada ruido;
de manera que, quien la invoca tenga a mano,
la metáfora redentora que exorciza
los viacrucis de habla y escritura.

Como anfitriona, La Bella se las trae. Sin reposo,
hace turismo con el alma. Por efímeras geografías
—como a un niño— te lleva de la mano
a buscar la voz del espejismo;
para que los ojos ensayando vayan viendo —según ella—
las artes que profesa el diccionario para ser
—y seguir siendo—
el ventrílocuo — más amado — de las huellas.

Dicen —los que de eso saben—
que La Bella reina en mis adverbios,
sin embargo, persisten desacuerdos
en cómo subyuga a mis sentidos.
Para unos, La Bella es mi chamana. Otros,
la presumen, mi nodriza, al extremo de que,
muchos juran, (me incluyo)
que me obliga a beber leche de mitos,
aguardiente gramatical de cuanto escribo.

Nadie sabe quién la manda
a ponerle bandadas a mis pasos,
o a cantarle nanas a las piedras…
Sólo sé, que en mí, de súbito se anuncia,
como garua de letras, semántica llovizna
que anega y reverdece
la barroca escorrentía de mis palabras.


ILUSO

a Miguel Veyrat

Doy por concluida la contienda,
ya pueden botarme del trabajo:
entre artefacto y ciencia me quedo con el tótem.
Con la bola de cristal —y el altarcito—
que cargan las metáforas en el lomo,
donde ilusos como yo, somos presa del estético genoma
que hermana a tus ojos y los míos. Después de todo,
a nadie injurio cuando leo los oráculos
del que remoja sus sentidos en lo altruista
o se hunde en el tremedal de lo perverso
para horadar la realidad con poesía.
Por el contrario, me doy por bien pagado,
si mi memoria alberga el canto y el silencio
que dejan los indigentes dobles de la gente
cuando retocan su esperanza en los espejos públicos.

Esta adicción no da tregua.
En mis ojos garuan ajenos espejismos.
Vivo para reconocerme en los cristales de los charcos,
donde lo transeúnte y yo, remozamos las sandalias
—vestimos el alma— con las huellas del otro.

No pierdan su tiempo: Jamás renegaré del sortilegio
que me asigna mi impertinente refranero:
A quién lo curte lo eterno no lo asustan los relojes.
El que escudriña distancias en horizontes cabalga.
Al que bebe lo inasible la maravilla lo embriaga.
Suyo serán los poemas—las escindidas partituras —
que otros magos dejaron en sus varitas mágicas,
para que tú y yo nos guarezcamos:
escribiendo y releyendo el libro eterno
que prescribe la belleza como cura .


EL OTRO

Retiré los pronombres del asunto
para ocultarme del otro que en mi vive…
¿Y qué pasó? ¡Nada!
Resulté siendo Nadie.
Un pronombre dejado al azar
en el efímero espejo
del río que somos todos.

Un pronombre que prosigue a la deriva, sin mi rostro,
como si alguien escindiera los diptongos
que unen mi corazón y lo impalpable…

Alguien, que me roba el albedrio
y deviene sinónimo de mí, disfrazado de mí
— ¿a lo mejor de ti? — o viceversa.

Alguien que, sin mi anuencia,
se erige vicario de mi alma;
como si fuese un diácono perpetuo
que descifra — y oficia— el dialecto
de la siamesa sombra que voy siendo:
adverbios de greda y viento,
para quienes, yo no soy una abstracción,
sino el mismo corazón del habla,
el hígado de la escritura,
la sonora sangre
del silencio..


BALA PERDIDA

Con el cuidado extremo
del que no tiene otra cosa que a sí mismo,
reúno mis fragmentos,
como quien reconstruye lo que fue
armando el rompecabezas de su alma.

¡Quieto todo el mundo! Esta faena es sólo mía;
nada de escobas, ni palitas de basura:
déjenme solito, yo sabré encontrarme
en los fragmentos.

Ahora me percato que yo no me diferencio mucho
del diseminado desastre que en el suelo yace:
la mirada aquí, una oreja allá, y más acá,
retazos de mi bigote, y una ceja — ¡ay!, qué alivio—
y los labios intactos…
La muerte entró por la ventana,
rozó los cabellos de mi sien:
una bala perdida de un Kalashniskov
volvió añicos mi espejo —¡ay! ¡ay! —
y conmigo adentro.


DOMINIO

Con el aval previo de una conjetura
las palabras ejercen su dominio:
¡mántico magisterio del que nombrando vive!

Sin el eco íntimo del otro,
sin el terciopelo del pronombre posesivo,
sin las indumentarias del abrazo
sólo viven la piedra
o el silencio.


Laurencio Zambrano Labrador (La Grita, Venezuela. 1.949 – Maracaibo, Venezuela. 2022) Estudió Teatro y Antropología en la Universidad de Chile. Ha escrito numerosos poemas, ensayos y artículos publicados en antologías (algunas en idiomas: árabe, portugués y alemán), revistas y periódicos nacionales e internacionales. Ha publicado “Gerundios del Olvido” (INBCYBA, Barinas 2009). “Esquejes de canto y piedra “(Monte Ávila Editores , Caracas 2014), título con el que se publicó “Palimpsestos de Seducción y Olvido” libro ganador del 1er. Premio municipal, Estadal y Nacional de Poesía del Certamen Mayor de Las Letras y las Artes (2012- 2013) del Ministerio del Poder Popular para la Cultura de Venezuela (Municipio Obispos 2012 // Estado Barinas 2013// y Caracas 2014). Ha participó en más de 500 eventos poéticos musicales como cantautor y músico profesional.

Fuente: https://sultanadellago.com/2022/05/24/laurencio/