Henry Kissinger, la máquina sin alma más eficiente de la diplomacia internacional

Henry Kissinger, judío alemán que llegó a ser Secretario de Estado de los EE. UU. (con Richard Nixon y Gerald Ford, entre 1969 y 1977), ha muerto a los 100 años convertido en un emblema viviente de lo que significa ser un estadista, un hombre de Estado. Tenemos que recordar que el Estado fue definido por Nietzsche como el más frío de todos los monstruos. Así que no es de extrañar que Kissinger haya sido considerado como la máquina sin alma más eficiente de la diplomacia internacional, sin que escrúpulos morales ni sentimientos empáticos hayan nublado o matizado su aplicación de una política pragmática, instrumental, utilitaria al servicio de lo que él entendía que eran los intereses de los norteamericanos e incluso cierta utopía universal de paz.

¿Cuál es el precio que se está dispuesto a pagar por la paz?

Henry Kissinger pertenecía al grupo de los que están dispuestos a sacrificar su ethos y sueños nacionales para resolver un conflicto. También estaba dispuesto a sacrificar el ethos y los sueños de los demás. Pongamos que hablamos de alguien a la altura de un Bismarck, un Metternich o un Castlereagh. Esta táctica amoral con una estrategia ética conduce a ganar el Premio Nobel, pero también enemigos mortales que no olvidan la sangre con la que se han manchado las manos de quien estrecha la mano del rey de Suecia. Lord Byron, un romántico sin piedad que terminó muriendo defendiendo lo que creía que era la causa justa de los griegos contra los turcos, le dedicó un poema a Castlereagh, el diplomático que defendió los intereses de Inglaterra y Europa frente al imperialismo napoleónico, en el que el homenaje se combinaba con el desprecio.

«La posteridad nunca estudiará

una tumba más noble que esta:

Aquí yacen los huesos de Castlereagh:

Detente, viajero, y mea»

Qué significa ser Kissinger lo revela una anécdota que contaba el dirigente colombiano Juan Manuel Santos cuando recibió el Premio Nobel de la Paz en Oslo. Allí estaba también Kissinger y Santos le comentó que su país iba a reconocer a Palestina como Estado. El norteamericano le respondió: “¿para qué?”. Seguramente lo que pretendían los colombianos, como ahora Pedro Sánchez, sería darle un impulso moral a la causa palestina, pero a alguien como Kissinger los gestos morales pueden ser, no solo inútiles, sino contraproducentes. Si Kant sostuvo que “hágase la Justicia y perezca el mundo”, Kissinger defendería más que si hace falta pactar con el Diablo, no importa firmar el contrato con sangre (ni siquiera si es sangre inocente).

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Margaret Thatcher yHenry Kissinger en 1975

Por supuesto, cabe objetarle este realismo político a expensas de cualquier principio moral a Kissinger. Pero hay que tener en cuenta que personajes que presumen de principios morales, digamos un Pep Guardiola, a la hora de la verdad, condenar regímenes espantosos en términos de derechos humanos, se venden por un puñado de millones de euros. O que muchos de los que criticarían a Kissinger por su maquiavelismo político luego no tienen ningún problema de conciencia en disfrutar de un Mundial de fútbol que se celebra en lugares como Catar y Marruecos.

La repugnante política “realista” de las hienas del poder

Kissinger ha encarnado como nadie la perspectiva de la realidad geopolítica frente al punto de vista que podríamos denominar “el campo de la paz”. Estos últimos están representados intelectualmente por Christopher Hitchens, que escribió un libro titulado Juicio a Kissinger en el que lo acusaba de crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad y por delitos contra el derecho consuetudinario o internacional, entre ellos el de conspiración para cometer asesinato, secuestro y tortura. Hitchens acusa a Kissinger de traicionar a los kurdos iraquíes, que fueron exterminados por Saddam Hussein; de promover el apartheid en Sudáfrica y desestabilizar Angola; de encubrir los escuadrones de la muerte en Centroamérica y a la maquinaria de represión del sha en Irán. Al lado de todo esto que convenciese a Gerald Ford de no recibir a Alexander Solzhenitsin porque resultaba un personaje incómodo (demasiado sincero, demasiado moralista, demasiado, por tanto, idealista) es casi una broma simpática.

De hecho, todo lo anterior forma parte de la habitual repugnante política “realista” de las hienas del poder (que se contemplan a sí mismos, entre el onanismo y la megalomanía, como “halcones”), pero Kissinger, según Hitchens, va mucho más allá. Porque lo que caracterizaría a Kissinger sería pasar la delgada línea roja que separa la política sucia de la política criminal.

1. La deliberada matanza de poblaciones civiles en Indochina.

2. La deliberada connivencia en matanzas, y más tarde en asesinato, en

Bangladés.

3. El soborno personal y el plan de asesinar a un alto funcionario constitucional de

un país democrático, Chile con el que Estados Unidos no estaba en guerra.

4. La participación personal en un plan para asesinar al jefe del Estado en la nación

democrática de Chipre.

5. El hecho de instigar y facilitar el genocidio en Timor Oriental.

6. La participación personal en un plan de secuestro y asesinato de un periodista

residente en Washington, D.C.

Todo ello encaminado a apuntalar sus tres objetivos fundamentales: la apertura a la China comunista, la relación casi armoniosa con la Unión Soviética y la suavización del conflicto entre Israel y los musulmanes. Podemos imaginarlo sonriendo satisfecho mientras le explicasen en China el famoso refrán que luego importó Felipe González a nuestras latitudes de que da igual el color del gato mientras que cace ratones.

En su libro Diplomacia, Kissinger describe una visión diplomática completamente opuesta a la suya: la de Reagan.

“Para lograr esta inversión de papeles utilizó como vehículo ideológico la cuestión de los derechos humanos, que Reagan y sus asesores invocaron para tratar de socavar el sistema soviético.”

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Henry Kissinger y Richard Nixon en 1973

Es decir, Kissinger considera los derechos humanos como si únicamente tuviesen un valor instrumental, no teniendo un valor en sí mismos. ¡Qué bien se hubiese entendido con ese otro gran realista que era Lenin, que preguntaba que para qué servía eso de “libertad” que tanto invocaban los críticos del comunismo! Kissinger reconoce a Reagan que en aras de ese “vehículo ideológico” de los derechos humanos consiguió que Pinochet celebrase un referéndum democrático para que la dictadura se hiciera un harakiri electoral. Es revelador esa relativización de la política basada en cierto modo en los derechos humanos en alguien como Kissinger que dio su apoyo al golpe militar que dio paso a la dictadura de Pinochet.

La muerte de Kissinger puede significar también la muerte de su vocación hacia el imperialismo estadounidense. Consejero de 12 presidentes estadounidenses, Kissinger ha vivido lo suficiente para convertirse en un abuelito respetado por su prestigio y reconocido por su conocimiento. Aunque también ha hecho que su longeva vida al servicio de una hegemonía norteamericana le haya llevado a contemplar como su utilitarismo diplomático a despecho de cualquier consideración ética está siendo copiado con éxito con sus enemigos que tienen menos frenos institucionales, como en el caso de China, para discutir sus postulados. Por no hablar de Putin, con el que se reunió Kissinger en 2017 en el Kremlin, que ha firmado un pacto de amor con Xi Jinping a cuyo lado el encuentro kissingeriano de Nixon con Mao Zedong fue casi una broma. Sin duda, hoy será en el cada vez más depredador gigante asiático, agresivo y expansionista con nula consideración de la democracia y los derechos humanos, donde más se recordará la figura de Henry Kissinger. Lo que no es una buena noticia como previsión para el siglo XXI. En cualquier caso, descanse en paz en su muerte junto a aquellos a los que no dejó disfrutar la paz en vida.

Fuente: Libertad Digital