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"El" Amando, profesor de saberes y sobre todo de talante

Empezar así, el Amando, no supone desdoro para con el que se recuerda. Todo lo contrario, es señal de afecto. Apearle el don y no destacar la categoría de catedrático que reclamó al dejar su condición de profesor es reconocimiento amable. Lo de el Amando es señal que avisa que quien lo utiliza con semejante galanura pertenece al círculo de elegidos. Sí, así nos consideramos los que echamos horas sin cuento en el Despacho de Serrano 19.

El Despacho fue una institución en el sentido exacto y preciso del término. Amando ejerció de maestro. Se trabajó en una actividad entonces desconocida para las estadísticas que medían las profesiones. La de sociólogo no aparecía y creaba confusión cuando se escuchaba por primera vez. Lo de sociólogo fue otra provocación. Lo puso en la puerta, debajo de su nombre.

Como en tiempos de gremios en el Despacho nos juntamos aprendices, es el caso, junto con los que ejercían de oficiales. Por la mañana nos sentábamos en los bancos de la Facultad de Económicas de la Universidad Autónoma madrileña. En las clases de la facultad, don Amando, mantenía la cortesía académica, daba cuenta de lo que estaba investigando. En aquel primer curso explicó lo que terminó siendo el FOESSA 70, incluyendo el capítulo V censurado. Por cierto, la multicopista se levantó un número importante de ejemplares, claro está, clandestinos. Los de la primera promoción de Económicas tuvimos la suerte de pocos: Juan José Linz Storch de Gracia, maestro de Amando, fue nuestro profesor de Sociología. En sus clases entendimos que había que ver detrás de los números, tener la visión de Linceo permítaseme la onomatopeya. Y lo de Storch nos exigía analizar de manera pausada como el vuelo de las cigüeñas y desde lo alto. Es la única manera de ver las relaciones entre las partes. La suma de semejantes recomendaciones y estímulos garantizaban el rigor. Se rechazaba lo excesivo en unos tiempos donde abundaba desde todas las posiciones.

El día a día en el Despacho de Serrano

Los aprendices compartíamos el espacio de Serrano 19 con oficiales, recién licenciados que preparaban sus tesis doctorales. Se usaba lápiz, goma de borrar y pocos bolígrafos. Los errores e imprecisiones había que eliminarlos de inmediato. Alguno se manejaba con pluma estilográfica lo que provocaba envidia. Se contaba con una máquina de cálculo que daba cuenta de los resultados de las cuatro reglas de la Aritmética, sin más. En algún momento se echó mano de la regla de cálculo. Con semejante sencillez se calcularon miles de tablas. Lo más sofisticado del Despacho eran las máquinas de escribir IBM que permitían cambiar las bolas para facilitar tipos de letra diferentes. Los escritos provocaban la admiración tipográfica de los lectores. Fueron tiempos de clichés y multicopista. Obtener ejemplares de un informe, o de un capítulo exigía a todos, sin distinción de categorías moverse uno detrás del otro alrededor de la mesa central del despacho añadiendo páginas hasta completar el ejemplar. Para los borradores y los cálculos se utilizaba la segunda cara del papel usado. Sin saberlo se trabajaba siguiendo el principio básico de la economía: no derrochar lo que no abunda. Para cualquier trabajo se leía mucho y variado. A los borradores todos añadían comentarios y sugerencias.

Aparecieron las fichas perforadas. Se trabajaban en el primer ordenador de uso universitario con el que contó la Complutense. Puede que fuera el único de toda la universidad española. Estaba en un sótano de la Escuela de Arquitectura. Había que apuntarse y pedir cita para obtener resultados en forma de tablas. A lo más que se llegaba era a los porcentajes, la distribución de frecuencias y a elaborar tipologías. Era mucho con tan poco. Se disfrutaba de los resultados tras la espera y se comentaban con los que esperaban turno, aunque no fueran del oficio.

En Serrano 19 lo cuantitativo no extrañaba lo cualitativo. También se aprendió a interpretar los silencios de los discursos. Las declaraciones, las entrevistas, ensayos y editoriales se leían con tiralíneas para desentrañar lo que no se decía. Se aprendió a leer en diagonal, pero sobre todo a leer entre líneas. Eran tiempos donde sin decir se decía mucho. Con semejante capital y en semejante ambiente se publicaron cientos, miles de páginas que sentaron las bases de la sociología empírica en España. España comenzó a conocerse de otra manera.

Uno salió del Despacho aprendiendo algo que resultó fundamental. Para hacer cosas bien hechas y que resultaran fundamentales no se necesitaba mucho en lo material. Lo que resultaba necesario era contar con algo básico, intangible y barato: ganas de aprender y disfrutar con el trabajo. En el aprendizaje se contó con el estímulo de todos. El maestro llevaba al oficial, también al aprendiz allí donde se iba a conocer a un personaje central, para participar en un debate en igualdad de condiciones, o recabar información sutil para lo que se estaba haciendo.

Aunque se cobraba por lo que se hacía, cuando había fondos en la caja, nunca se protestó por el trabajo sin remunerar. Quedó claro que ya se cobraría en otro momento y de otra forma. No hubo quejas por el tiempo que se echaba para terminar lo comprometido. Entre oficiales y aprendices hubo competencia, pero nunca fue destructiva. Cada uno fijó sus metas y supo aprovechar los recursos casi ilimitados con los que se contaba. No faltó algo tan fundamental como la motivación de logro para alcanzar el futuro que cada cual se fijó. El conocimiento de la Facultad, junto con las habilidades aprendidas y aprovechadas en el Despacho permitieron llegar con satisfacción a donde se ha llegado. Pasando lista a la nómina del Despacho lo conseguido por todos y cada uno de los que pasamos por allí en ningún caso ha sido poco, ni pequeño.

En el Despacho comenzó la larga lista de publicaciones que presenta la bibliografía del Amando. Podría haber sido más. Amando aplicó un principio al que nunca renunció. Lo que se había investigado tenía que ser conocido por todos y si se podía debía ser editado en forma de libro, de artículo, o presentarlo a la primera oportunidad en una conferencia, o en las clases. La exigencia era mayor si la investigación se había realizado con dinero público.

Los trabajos no publicados o “secuestrados”

Se trataba del análisis de los textos escolares que comenzaba en 1900. Había que ver cómo se había explicado y cómo se explicaba España y su historia en los libros que aparecían en los primeros cursos escolares. La investigación se completó con una encuesta para saber cómo vivían profesores y alumnos los cambios recientes y cómo anticipaban la España que estaba por venir. El trabajo se paralizó. Amando comenzaba su penar por culpa de un Consejo de Guerra. Cuando se visitaba la biblioteca donde vivió Amando no se sabe cómo, siempre se terminaba delante de los estantes donde se almacenaban los libros escolares y los catones. La frase de despedida era la misma: “aquí quedan y habrá que terminar lo que se comenzó”. El mandato sigue en pie y puede que con más exigencia que la de entonces.

Otro libro que habría sido. Desde la RENFE se financió una investigación que terminó siendo destruida por su promotor. Se trataba de estimar futuros demográficos y urbanísticos para proponer inversiones ferroviarias. El trabajo cuantitativo se aprovechó para incluir preguntas sobre el futuro político de la España que llegaba. Hubo aciertos y algunas desviaciones en los cálculos estimados. Lo que justificó el secuestro fue que las élites entrevistadas anticipaban una España deseable que al tiempo era posible y probable. En esa probabilidad no aparecía la revolución, tampoco la defensa a ultranza de lo que comenzaba a desaparecer. Semejante normalidad no fue aceptada. La conclusión tan desconcertante para quien pensaba lo contrario fue contundente: hallazgo semejante no podía ser conocido por la gente del común. Había que ocultarlo para que unos pocos siguieran imponiendo imágenes pasadas que comenzaban a disolverse y sin añoranza, lo que era más grave según el censor.

La exigencia de dar a conocer lo que se hacía en el Despacho supuso una frustración a quien estaba pasando de aprendiz a oficial. Acompañé a Amando a una reunión donde se proponía un proyecto que en el camino consideramos de interés y mayor oportunidad. Había que analizar declaraciones, discursos, editoriales de los poderes fácticos, civiles… del momento. En el análisis había que prestar mayor atención a los que se movían en la oposición consentida. El acuerdo fue total al proponer el plan de la investigación. Los ánimos de la propuesta comenzaron a desaparecer cuando se supo que se estaba hablando con un intermediario. En un momento planteó una exigencia que fue rechazada de plano: los resultados solo los conocería quien proponía la investigación. Terminó la conversación cuando se insistió en no decir quién encargaba el trabajo. Regresamos al Despacho haciendo cábalas sobre quién podría ser personalidad tan anónima y de tanta capacidad. No muchos meses después comenzamos a estimar que el personaje anónimo pudo ser quien comenzaba a asumir altas responsabilidades. Lógicamente no se pudo entonces, tampoco ahora confirmar lo que imaginamos. Al cabo de un tiempo y por otras fuentes nos afirmaron que no andábamos lejos de imaginado. Como las dudas permanecen, que el anonimato siga en el mismo sitio.

Amando y sus oficiales y aprendices

Otro rasgo del Despacho fue responsabilizar líneas de trabajo a los que sin el título académico se les reconocía mérito suficiente para llevar a cabo una investigación. Amando daba un paso atrás y otorgaba capacidad a los oficiales, incluso a los aprendices. Con el Salcedo, es fácil adivinar que pertenecía al Despacho, llevamos a cabo la primera y última encuesta política en el Portugal de Marcelo Caetano. Algunas fuerzas y grupos liberales se preparaban para la transición que tendría que llegar. Bajo la tapadera de una empresa dedicada a las encuestas de consumo se propuso conocer el ambiente político, los deseos y recelos ante el final del Estado Novo. Se redactó un cuestionario que fue sometido a la consideración de la autoridad correspondiente. Fue devuelto con algunas correcciones de estilo con letras en rojo. Se nos dijo que el propio Caetano había visto el cuestionario. No hubo censura alguna a ninguna pregunta. Cierto que no incluimos ninguna que fuera capciosa, tampoco malintencionada, polémica, o con doble sentido. No era esa la intención. Al final se publicó la investigación tal como la redactamos, sin merma alguna por parte de la censura. Fue poco antes de la Revolución de los Claveles. El desarrollo del trabajo permitió conocer un dato que no suele ser destacado. Se tuvo la suerte de escuchar algunas conversaciones de manera presencial que resultaron claves para lo que llegó poco después. Hablaban los capitanes. Había una clara confrontación entre los militares que se movían en la comodidad de los despachos y cuarteles en el continente lo que les garantizaba ascensos y recompensas. Enfrente las incomodidades y bajas de los militares que combatían en las colonias a los que no se le reconocían los méritos ganados. Hubo un enfrentamiento corporativo que se sumó y fue aprovechado para poner fin a los años de dictadura.

El Consejo de Guerra

La dinámica del Despacho y la vida profesional de propio Amando quedaron quebradas por un suceso impensable. El paisano Amando de Miguel Rodríguez fue sometido a un Consejo de Guerra. Había alcanzado el grado de alférez de milicias, pero se le rebajó la condición. Todo empezó con un artículo donde planteó con visión crítica, faltaría más, la insistencia oficiosa en mantener que la guerra civil había sido una forma nueva cruzada. El comentario surgió a propósito de una homilía castrense que se imprimió y distribuyó con profusión en el acuartelamiento de Talarn, Lérida. La razón de la homilía era la conmemoración del Alzamiento Nacional. El artículo de Amando estaba pensado para el periódico Madrid. No se consideró oportuno publicarlo pues la coyuntura, mejor coyundura, no aconsejaba abrir un nuevo frente de problemas con una parte del entonces poder fáctico por excelencia: el ejército, los militares. Al final se publicó en la revista Temas. Construcciones Colomina y su Grupo de difusión interna y reducida a los miembros de la compañía. Lo que se pensó limitado en su distribución llegó a ser motivo de escándalo y aviso ante el peligro imaginado por parte del pensamiento ortodoxo. Los enemigos de una España que además eran profesores aumentaban su fortaleza. Había que evitarlo. Lo que empezó como aviso pasó a ser motivo de denuncia, después detención y terminó en juicio militar de un Consejo de Guerra. En tiempos de confrontación como fueron los del momento se sabe que lo esencial queda superado por el escándalo de lo anecdótico. Fue el caso. Amando terminaba su artículo insistiendo que no se podían malgastar los dineros públicos y menos si beneficiaban a cargos representativos. Un capitán general se dio por aludido pues no quedó clara la razón de su abultado convoy de regreso a Madrid al concluir su mando en la región militar de Cataluña. La acusación ideológica era más fácil de mantener contra el paisano. La figura de Amando cobraba cada vez más influencia en la prensa y en las aulas. Sería mayor si alcanzaba la cátedra a la que aspiraba con méritos sobrados. Se hizo lo posible por cortar esa carrera. El tribunal de la cátedra mantuvo el reconocimiento de los méritos, pero la administración retrasó su toma de posesión.

Para otros la experiencia vivida en el Consejo de Guerra, el arresto domiciliario y los meses efectivos de cárcel en la Modelo de Barcelona habrían sido motivo más que suficiente para considerar al ejército y a los militares culpables de todos sus males. Podría haber explotado en su beneficio la condición de perseguido por el régimen. Como otros pudo crearse la aureola de proto mártir de los últimos tiempos de la dictadura. Le sobraban razones y hechos. Pudo hacerlo, pero no hizo ni lo uno, ni lo otro.

Cuando fue llamado por el ejército, por militares peculiares para que echara su cuarto a espadas con el fin de ayudar al cambio, no lo dudó. Amando, aunque alférez de Infantería tenía algo que es propio del espíritu legionario: cuando se requiera su esfuerzo de apoyo y colaboración se acudirá al llamamiento sin miramiento alguno. Así fue y acudió a la llamada en más de una ocasión. El que fuera condenado por militares del corazón, terminó siendo condecorado por militares del cerebro.

Lo insinuó muy de pasada en uno de sus libros. Queda por escribir con detalle su participación en la contraofensiva que se desarrolló en el peculiar y nuevo campo de batalla de los Arapiles. Se cumplió la promesa de Calvo Sotelo: los militares y el civil que provocaron la asonada del 23 de febrero serían juzgados y la última sentencia sería civil. Así fue. De paso se resolvió el problema militar de España en los términos planteados por Dionisio Ridruejo. Pero el juicio de Campamento contra los golpistas se estimó por militares del silencio que no sería fácil y crearía situaciones de riesgo que había que evitar. Se creó un grupo peculiar encargado de anticipar situaciones de riesgo que estimarían escenarios probables desde el menos deseable, hasta el menos malo. A partir de esos escenarios se tenían que proponer acciones concretas que contrarrestaran las acciones de ataque y apoyo a los que se estaba juzgando. Las propuestas de contramedidas exigía buscar apoyo en medios de comunicación dispuestos a reforzar el proceso de cambio que se había puesto en peligro. Se redactaron artículos y declaraciones para que líderes de opinión creíbles los emitieran en radio y televisión. Mensajes donde se desmontaban los argumentos de los defensores que actuaban en el juicio paralelo. Algunos textos y declaraciones se hicieron públicos de manera solemne. Ahí estuvo Amando. Un Amando que había sido condenando por alguno de los afines que se sentaron en los sillones aterciopelados de los acusados.

El último encuentro, “la levedad de su mano”

Se podría contar más. Habrá que dejarlo para otra ocasión. Quede este recuerdo emocionado de quien considera a Amando de Miguel, al Amando como profesor de saberes y sobre todo de talante. Que haya sabido llevar a la práctica lo que me enseñó es otra cosa. Queda el afecto que me demostró desde el primer día de clase, allá por el comienzo del curso de 1968. Afecto mantenido hasta los penúltimos días que tuve la triste satisfacción de percibir la levedad de su mano. El uno y el otro sabíamos que podría ser la última vez que teníamos ese encuentro. Así fue y bien que lo siento, que lo sentimos todos como ha quedado demostrado. Lo avisó, faltaría más: “Todas las horas hieren; la última mata”. Así fue.

Amando de Miguel retratado por José Carralero

El saber y el talante del Amando quedan reflejados en el cuadro de José Carralero que preside la sala de Camelot, su residencia y la de sus libros en la montaña. Casa a modo de faro para los que le hemos seguido. Amando se reconocía en el cuadro y los que lo contemplábamos no dudamos en afirmar que era él. Si se observa con detalle se ve a un Amando en disposición a escuchar sin cuento, exigiendo precisión en lo que se dice, en un ambiente donde el análisis le lleva a mantener un cierto pesimismo razonado por la mucha información que manejaba. Puso título al cuadro: “Solitud“. Lo explicó al decir que es “un retrato de un escritor solitario que escucha”. Al Amando no le faltaba la sonrisa con la que ha sido recordado, pero sin olvidar que el alma, su personalidad y carácter quedan reflejados en la radiografía que trasluce en el cuadro de Corralero.

Del Despacho de Serrano 19 salió algo más de un centenar de libros. Podrían ser más si las circunstancias hubieran sido más permisivas. De los artículos la cuenta no resulta fácil por el número. El prestigio y el valor frente a los hunos y a los otros, más que demostrado. Su saber, reconocido en centros universitarios de lugares lejanos. Del Despacho y de los otros lugares por donde fue impartiendo docencia e influencia han salido un buen número de profesores. Nos reconocemos sin dudar que somos de su escuela y que en alguna y buena medida somos lo que somos gracias a su maestría.

Por cierto. Todas estas características son exigencias que se reclaman para que Centro de Investigaciones Sociológicas otorgue el Premio Nacional de Sociología y Ciencia Política. Amando de Miguel, el Amando no lo consiguió a pesar de que fue propuesto en más de una ocasión. De un colega sociólogo en ejercicio (¿?) dejó sentado con pasmosa rotundidad: “No conozco a Amando, pero mi voto es no”. Ya se sabe que el camino de la evolución también es regresivo. En el caso de vetar una y otra y otra vez a que se concediera a Amando este reconocimiento es ejemplo de que la ley se cumple.

Para los del Despacho de Serrano 19 y los otros despachos que ocupó a lo largo de su trayectoria quedará la condición de maestro de la Sociología. Hay para mucho más, pero: vale.

Fuente: Libertad Digital

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