Fresa, mantecado y chocolate. Esos son los tres sabores básicos que ofrece la maestra Gypsy Murillo desde su casa en La Cumaca, municipio San Diego, para llevar el pan a la mesa que comparte con sus dos hijas adolescentes.
A veces, cuando la jornada es lenta y el negocio no prospera, se pasa las horas recordando ese día de 2003, cuando ganó el concurso para ser docente titular en la Unidad Educativa Ricardo Urriera. Allí conoció que la magia habita en las aulas de clases atiborradas de niños, en la etapa cumbre de la curiosidad.
Murillo tiene 51 años y pasó los primeros nueve años de su vida en San Cristóbal, Táchira. Terminó de crecer en Carabobo y siempre supo que quería enseñar. Estudió Educación y ejerció durante más de 20 años, aunque con algunos periodos interrumpidos por problemas de salud.
Primero fue la aparición de un pequeño tumor en su hipófisis. El Instituto Nacional de Seguros Sociales admitió su reposo. Luego, quedó encinta y los doctores advirtieron que se trataba de un embarazo de alto riesgo, una situación que se repitió con su segunda hija. “Me dieron todos mis reposos y después de los permisos postparto me reintegré sin complicaciones”.
Ella sabía que no era sencillo criar a dos niñas trabajando a 27,6 kilómetros de distancia de su hogar. A las 5:30 de la mañana estaba en la parada de autobuses. “A veces agarraba cuatro camionetas. Una hasta El Remanso, de allí otra hasta el Big Low, después hasta el puente El Boquete y finalmente la de Ricardo Urriera”.

Al mediodía salía del colegio y en el trayecto de regreso sumaba ocho unidades de transporte por día: 40 a la semana. A las 3:30 de la tarde abría la puerta de su casa. “Todas las veces que solicité el traslado de plantel, me lo negaron. Pero igual yo iba a la escuela porque uno tiene un sentido de responsabilidad y una vocación muy grande”.
Salud mental quebrada por la violencia
Durante una década y media, a bordo de un autobús, Murillo no solo evidenció la decadencia de un país, sino que la experimentó.
La crisis económica y política tomaba fuerza en 2017 y su esposo se fue del país para formar parte de los 7,9 millones de migrantes venezolanos que registró el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur).
Meses después, la muerte de su madre la dejó con un sentimiento ineludible de soledad.
La separación familiar no fue lo único que cambió su rutina. Afuera, en la calle, la delincuencia no daba tregua y perdió la cuenta de las veces que la robaron en el autobús, de camino a la escuela. “Evitaba agarrar los de Tocuyito porque esos los vivían secuestrando. A veces eran los carteristas quienes nos sacaban los teléfonos, pero en otras ocasiones fue a mano armada”.
Los trayectos marcados por la inseguridad alcanzaron la cúspide de la violencia en 2018.
Murillo bajaba de una camioneta en la avenida Lara de Valencia, donde tenía que hacer trasbordo para San Diego. No supo de dónde apareció el hombre con un pico de botella en la mano. Lo clavó en el estómago del señor que iba enfrente de ella. Tampoco entendió las razones.
Recuerda algunas imágenes: el cuerpo herido que se derrumbó sobre ella en medio de gritos. Las miradas aterrorizadas de los pasajeros. Su camisa teñida de sangre. Y el silencio que la acompañó de vuelta a casa. Estaba en shock.
Un psiquiatra del Ivss le diagnosticó un trastorno mixto de ansiedad y depresión. Luego tuvo otro episodio depresivo. En ese periodo le recetó quetiapina, alprazolam y sertralina.
Sin justificación
Cuando intentaba rescatar la estabilidad de su salud mental, llegó la pandemia por Covid-19. El virus casi la despide de este plano. “Estuve a punto de morir. Me dio muy fuerte y permanecí en recuperación alrededor de nueve meses”.
Al regresar a la escuela, se enteró de que la habían sacado de la nómina sin previo aviso.
Murillo ahora pasaba a engrosar la lista de cientos de maestros en Carabobo que han sufrido despidos indirectos. “Me abrieron un expediente administrativo, pero no hubo amonestaciones orales ni escritas. Me violentaron mis derechos porque nunca vi el expediente ni supe lo que decía de mí”.

Al mediodía salía del colegio y en el trayecto de regreso sumaba ocho unidades de transporte por día: 40 a la semana. A las 3:30 de la tarde abría la puerta de su casa. “Todas las veces que solicité el traslado de plantel, me lo negaron. Pero igual yo iba a la escuela porque uno tiene un sentido de responsabilidad y una vocación muy grande”.
Salud mental quebrada por la violencia
Durante una década y media, a bordo de un autobús, Murillo no solo evidenció la decadencia de un país, sino que la experimentó.
La crisis económica y política tomaba fuerza en 2017 y su esposo se fue del país para formar parte de los 7,9 millones de migrantes venezolanos que registró el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur).
Meses después, la muerte de su madre la dejó con un sentimiento ineludible de soledad.
La separación familiar no fue lo único que cambió su rutina. Afuera, en la calle, la delincuencia no daba tregua y perdió la cuenta de las veces que la robaron en el autobús, de camino a la escuela. “Evitaba agarrar los de Tocuyito porque esos los vivían secuestrando. A veces eran los carteristas quienes nos sacaban los teléfonos, pero en otras ocasiones fue a mano armada”.
Los trayectos marcados por la inseguridad alcanzaron la cúspide de la violencia en 2018.
Murillo bajaba de una camioneta en la avenida Lara de Valencia, donde tenía que hacer trasbordo para San Diego. No supo de dónde apareció el hombre con un pico de botella en la mano. Lo clavó en el estómago del señor que iba enfrente de ella. Tampoco entendió las razones.
Recuerda algunas imágenes: el cuerpo herido que se derrumbó sobre ella en medio de gritos. Las miradas aterrorizadas de los pasajeros. Su camisa teñida de sangre. Y el silencio que la acompañó de vuelta a casa. Estaba en shock.
Un psiquiatra del Ivss le diagnosticó un trastorno mixto de ansiedad y depresión. Luego tuvo otro episodio depresivo. En ese periodo le recetó quetiapina, alprazolam y sertralina.
Sin justificación
Cuando intentaba rescatar la estabilidad de su salud mental, llegó la pandemia por Covid-19. El virus casi la despide de este plano. “Estuve a punto de morir. Me dio muy fuerte y permanecí en recuperación alrededor de nueve meses”.
Al regresar a la escuela, se enteró de que la habían sacado de la nómina sin previo aviso.
Murillo ahora pasaba a engrosar la lista de cientos de maestros en Carabobo que han sufrido despidos indirectos. “Me abrieron un expediente administrativo, pero no hubo amonestaciones orales ni escritas. Me violentaron mis derechos porque nunca vi el expediente ni supe lo que decía de mí”.
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La entrada La despidieron sin aviso y sueña con volver: Maestra vende helados para sobrevivir se publicó primero en AlbertoNews – Periodismo sin censura.













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