El político y el soldado, por Ángel R. Lombardi Boscán

Cuando el entramado institucional es claro y solido tanto el político como el soldado entienden que su deber es con la Patria.

Patria es un concepto decimonónico anclado en el siglo XX y bandera del nacionalismo más recalcitrante que empujo las veleidades colonialistas e imperialistas a extremos inconfesables. La Primera Guerra Mundial (1914-1918) y Segunda Guerra Mundial (1939-1945) con sus 60 millones de víctimas fueron un derivado de la exaltación patriótica.

Dice Ambrose Bierce que el patriota es el integrante de una facción cuyos intereses particulares le parecen ser superiores y mejores que los del resto. Aquí en Venezuela la facción dominante lleva siempre por nombre el de Simón Bolívar.

El político es protagonista en los tiempos de la paz. Solo en la guerra cede el protagonismo a los militares. Cuando este pacto no es respetado la guerra civil es una constante, ya sea abierta o silenciosa. Y los roles del político y del militar se confunden e intercambian generando un inmenso malestar en la sociedad.

En las sociedades latinoamericanas es usual que el partido dominante, de cualquier causa nacionalista, sea el partido militar que abandona los preceptos institucionales que le retienen como valedor de la soberanía territorial para convertirse en guardia pretoriana de la facción de turno que conquisto el poder. Y que pretende perpetuarse en el mismo.

Nuestro texto constitucional vigente es meridianamente claro en esto cuando establece en su Artículo 328. “La Fuerza Armada Nacional constituye una institución esencialmente profesional, sin militancia política, organizada por el Estado para garantizar la independencia y soberanía de la Nación y asegurar la integridad del espacio geográfico, mediante la defensa militar, la cooperación en el mantenimiento del orden interno y la participación activa en el desarrollo nacional, de acuerdo con esta Constitución y con la ley. En el cumplimiento de sus funciones, está al servicio exclusivo de la Nación y en ningún caso al de persona o parcialidad política alguna. Sus pilares fundamentales son la disciplina, la obediencia y la subordinación”.

Cuando los militares incursionan en los ámbitos públicos asumiendo responsabilidades de Estado que son de exclusiva competencia de los políticos y civiles hay un inevitable cortocircuito. La ley quedaría rota y a merced de la voluntad despótica de unos pocos.

Sobre esto reflexionó mucho el general Charles de Gaulle (1890-1970), el líder indiscutido de la “Francia Libre”. El militar que al igual que Winston Churchill se creció ante la adversidad y confió siempre, aunque con todas las evidencias en contra, en la victoria final.

“Es conveniente que la política no se mezcle con el ejército. Todo lo que caracteriza a los partidos –pasiones ostentosas, rivalidades de doctrinas, selección o exclusión de los hombres, de acuerdo con sus opiniones-, ha degenerado pronto en corrupción del cuerpo militar cuya fortaleza depende ante todo de su virtud”.

Aunque acota. “Y sin embargo, es imprescindible que logren entenderse. Políticos y soldados deben colaborar”.

José Correa https://josecorreasoy.blogspot.com

Periodista Zuliano egresado como Comunicador Social, mención Desarrollo Social en la Universidad Católica Cecilio Acosta en el año 2015

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